lunes, 21 de noviembre de 2011

DEBAJO DE LA ALFOMBRA


Los Renegados presentan:

Los Misterios de Harris Burdick

DEBAJO DE LA ALFOMBRA

Escrito por George Valencia (Calavera)
Basado en una ilustración de Chris Van Allsburg




Pasaron dos semanas y volvió a suceder.



1

Jeremías Uribe pensaba que asesinar y enterrar a su padre al mejor estilo del relato de Edgar Allan Poe sería la solución.
Estaba equivocado.
Lo planeó durante meses, hasta el más mínimo detalle. Desde la forma en que informaría de su desaparición a las autoridades, y las falsas pistas que dejaría días después en la región de los lagos, hasta el método que utilizaría para asesinarlo y posteriormente enterrarlo tras la pared tapiada del extremo norte del sótano.
Lo había planeado meticulosamente, y todo salió bien.
Todo.
Excepto por una cosa.


2

Jeremías era el bibliotecario de Roca del Castillo, un pequeño pueblo situado a medio día en auto de la capital, Nérida, y como tal era un personaje respetado del pueblo, a pesar de que nunca se había casado ni tenido descendencia.
Era hijo único y siempre había vivido con sus padres. Al menos hasta que su madre, una mujer inestable y depresiva, había muerto a causa de una úlcera crónica el año anterior. Todo había ocurrido de repente, y apenas habían comenzado a asimilar la sorpresa de su imprevista enfermedad cuando se vieron ante la dura prueba de sobrellevar su pérdida.
Tres meses, una corta quimioterapia y ¡zas! Adiós mundo cruel. Como suele suceder en estos casos, la rapidez, aunque dura, fue lo mejor.
Ahora, viéndolo en perspectiva, Jeremías había llegado a la conclusión de que la partida de su madre había desencadenado todo. De hecho, era cuestión de tiempo para que tomara la decisión; la enfermedad y posterior muerte de Dolores Uribe solo había sido el detonante.
Lo que no preveía era que aún después de todo su padre siguiera creándole inconvenientes.


Las autoridades se habían tragado todo.
A pesar de que la soltería de Jeremías era motivo de cotilleo de cuando en cuando, era tenido en estima por los habitantes de la Roca, entre ellos justamente los agentes del Departamento de Policía, que en no pocas ocasiones habían pedido su ayuda para el Fondo Benéfico del Departamento, o para alguna consulta especialmente difícil destinada al colegio de los chicos. Así que no había ningún motivo para sospechar, o tan siquiera considerar, que el viejo Jere tuviese algo entre manos.
¿El bibliotecario del pueblo? ¡Por favor! ¡Pero si es una mansa paloma!
Jeremías sabía lo que la gente pensaba de él. Después de vivir durante cuarenta y siete años en el mismo apartado pueblo era imposible resultar indemne al chismorreo. Aun así, había conseguido mantener una precaria privacidad, que a la larga había evitado que la gente se enterara de la tensa situación que vivía en su interior. Sabían que era un hombre solitario, que no se tomaba más de dos cervezas el sábado en la noche, y que coleccionaba estampillas. Un buen tipo, de calvicie pronunciada y gafas de aumento. Pero por lo demás, su vida era un secreto. Él mismo se había asegurado de que así fuera, lo que le había valido cierta ventaja en el momento decisivo.
Así que en la noche del 19 de agosto, casi diez meses después de la muerte de su madre, y con su padre enterrado dos metros bajo tierra y tras un muro de cemento, Jeremías se dispuso a colocar la penúltima y más delicada ficha de su pequeño y macabro plan.


3

Para Martín Henao la llamada de esa noche, aunque inesperada, no revistió mayor anormalidad.
El Jefe de policía estaba de licencia y Leo había ido a comprar algunos refrigerios. Por lo general eran unos cafés grandes con mucho azúcar y unos pasteles, pero cuando el Jefe no estaba, “refrigerios” significaba cervezas con mucho alcohol y unos pasteles.
Eran casi las diez de la noche y Martín comenzaba a adormecerse en la silla del Jefe, con los pies bien apoltronados en el escritorio (hecho que sin duda significaría su suspensión en caso de que el Jefe Estrada se enterara), cuando sonó el teléfono. Martín se espabiló de inmediato, y a punto estuvo de caerse.
—Departamento de Policía —contestó.
—Hola, Martín. Soy Jeremías.
—Hola, Jere, ¿cómo estás? —saludó el agente, quien no recordaba haber recibido un llamada del bibliotecario en los nueve años que llevaba de servicio.
—No muy bien, la verdad.
—¿Pasa algo?
—Es el viejo. No lo veo desde el miércoles.
—Ya veo. —Para Martín la noticia no era ninguna sorpresa. En la Roca no era un secreto la afición del viejo Euclides Uribe por la bebida—. Supongo que ya hiciste las averiguaciones de rutina.
—Nuestra familia es poca, Martín. Bastaron cinco minutos y un par de llamadas para cerciorarme. Nadie sabe nada.
—Ya veo —repitió el agente. Suspiró y se mesó los cabellos con aire meditabundo. Le exasperaba un poco lo inoportuno de la llamada. El plan de ese viernes era amenizar el partido de baloncesto con unas cuantas cervezas, y ahora Jere echaba al traste los planes. Comenzar con el procedimiento de rutina para los casos de desaparición de personas a esa hora de la noche, a esa altura de la semana, justo el día en que los Lakers jugaban con los Spurs, le exacerbaba un poco. Era su deber, sí, pero maldito si estaba de ánimo esa noche para cumplirlo.
Al otro lado de la línea se percibía un silencio paciente.
—No quiero incomodarte, Martín —dijo Jeremías como si leyese los pensamientos del agente—, pero supongo que lo adecuado era avisarles. Mi padre siempre ha sido amigo de la botella, no seré yo quien lo niegue, pero nunca ha faltado a casa. Al menos durante tanto tiempo.
—Descuida, Jere, no es molestia. Es solo que el Jefe no está —se excusó Martín en un arrebato de genialidad—, y no estoy muy acostumbrado a esta clase de procedimiento. —Pensó un poco, decidiendo que después de todo no tenía por qué perderse el partido ni las cervezas. Dejaría el caso pendiente para el día siguiente; Leo sin duda estaría de acuerdo—. Te diré lo que haremos, Jere: mañana, a primera hora, me pasaré por la biblioteca y me dirás si tienes alguna noticia. De lo contrario, iniciaremos la búsqueda. ¿Qué dices?
—Perfecto —aceptó Jeremías sin ningún reparo—. Me parece perfecto.
—Así será entonces.
—Que pases una buena noche, Martín.
—Tú también, Jere.
Martín colgó la bocina, sonriendo bobaliconamente, pensando que sin duda esa sería una buena noche.
En algún lugar del sótano de Jeremías Uribe, el viejo Euclides llevaba cinco días siendo pasto de los gusanos.


4

Jeremías no sonrió al colgar, pero sí se sintió satisfecho. Todo salía a pedir de boca.
El asesinato, el entierro, la llamada. Todo perfecto.
Jeremías tachó un ítem más en su lista mental, y centró sus pensamientos en el cuarto y último paso: las falsas pistas. Tampoco revestían mayores inconvenientes. Al día siguiente saldría con un par de horas de antelación, e iría a la región norte de los lagos, la más desolada y ubicada a unos tres kilómetros del pueblo, donde dejaría algunas pertenencias de su padre y rastros que sugirieran que había sido asesinado, probablemente con la intención de robarle, para después, quizá, arrojarlo al lago o algo parecido.
Sería cuestión de tiempo para que dieran con las pistas.
Después regresaría y se dirigiría a su trabajo como todos los días. Solía salir a caminar en las mañanas de cuando en cuando, así que sus movimientos no despertarían la menor sospecha.
Nadie sospechaba del bibliotecario.


Esa noche, después de la llamada, Jeremías se sentó en su sofá y se dispuso a ver el partido de los Lakers. A diferencia de los agentes, acompañaría la velada con una buena comida y una copa de vino. La tan ansiedad soledad merecía un brindis, aunque celebrase solo.
Mientras observaba cómo los dos equipos se sacaban chispas pero pocas ventajas, pensó en lo fácil que había sido deshacerse de su padre.
Los domingos el viejo Uribe solía ir a Nérida a visitar unos amigos (y a beber algunas copas, por supuesto), así que el día 14, finalmente, Jeremías había hecho todos los preparativos del caso. Luego de tantos meses de planeación, había llegado el día.
Bueno, en honor a la verdad, ese día fue poco lo que tuvo que hacer. El viejo nunca bajaba al sótano. Decía que no soportaba el dolor de las rodillas, aunque Jeremías sabía que en realidad le temía a esas traicioneras escaleras, a las cuales no dejaba de culpar por la caída sufrida años atrás y que le había valido una rotura de cadera. Por lo tanto, ya con antelación Jeremías había demolido una parte de la pared norte y excavado la fosa que sería la última morada del viejo. Había tardado casi un mes, pues lo había hecho poco a poco y sin prisas, por lo que en la noche del 14 de agosto los únicos preparativos que tuvo que hacer fueron un somnífero y una bolsa plástica.
No obstante, el viejo Euclides llegó como una cuba, así que el somnífero estuvo de más. Jeremías aguardó unos minutos, puso la bolsa sobre la cabeza del viejo, y aguantó con fuerzas las pocas e impotentes sacudidas que hizo. Dos minutos más tarde, se encontraba arrastrándolo escaleras abajo hacia el sótano, con sus botas golpeando lúgubremente los tablones de madera, como un espíritu llamando a la puerta desde el más allá.
El único inconveniente que tuvo fue la tierra. Por alguna razón, a pesar de que el cuerpo ocupaba un espacio considerable de la fosa, no hubo suficiente tierra para llenar el agujero. En ese momento recordó haber leído sobre ello en alguna parte, pero no lo había previsto. Aun así, el muro de piedra sellaría para siempre el nicho, y la malograda tumba quedaría fuera de la vista.
Levantar el muro fue más rápido de lo que pensaba. Bastó que nivelara y cimentara correctamente los primeros bloques, y el resto fue pan comido.
A la una de la mañana Jeremías Uribe dormía plácidamente.
En ningún momento del proceso, ni antes ni durante ni después, tuvo el más mínimo atisbo de remordimiento o culpabilidad.


5

Los días siguientes, no obstante, fueron para Jeremías inusitadamente extraños. Sentía que hasta que todo no estuviera terminado no podría disfrutar de la soledad que tanto añoraba. Experimentaba una mezcla de triunfo e incertidumbre, como de meta alcanzada más no disfrutada. A veces se quedaba con la mirada perdida, tratando de definir esa sensación indefinible, para al final decidir que no eran más que preocupaciones infundadas. El plan aún no finalizaba, eso era todo.
Fue justamente debido a eso que el día de la llamada al Departamento de Policía Jeremías sintió que se quitaba un peso de encima. Al día siguiente daría su paseo por los lagos, y solo restaría esperar.
Aguardar pacientemente.
La última losa de la tumba de su padre estaba por caer.


6

Y así fue.
Tal y como esperaba, los rastros fueron hallados, por el mismísimo jefe Estrada de hecho, y plenamente identificados como pertenecientes a Euclides Uribe. Las pistas condujeron al lago más cercano, y las conclusiones sobre lo que pudo haber pasado no se hicieron esperar.
Jeremías se portó a la altura de las circunstancias, con una apesadumbrada calma que no levantó la menor brisa de sospecha. Por el contrario, y teniendo en cuenta que Doña Dolores había fallecido hacía menos de un año, Jeremías fue obsequiado con infinitos apoyo y consuelo por parte de los habitantes de la Roca.
El caso se cerró, e incluso se habló de llevar a cabo una ceremonia simbólica para honrar al viejo Euclides. Sin embargo, la propuesta quedó en veremos, y cuando con los días comenzó a quedar relegada, Jeremías no pudo menos que alegrarse.
Fue entonces cuando de verdad se sintió en paz, satisfecho y libre.
Aun así, una parte de él conservaba cierta inquietud, y cuando vio por primera vez el bulto debajo de la alfombra, a eso de finales de agosto, no eran pocas las veces en que Jeremías había pensado que todo había sido demasiado perfecto.


7

Fue un sábado en la noche. Hacía mucho frío, así que había decidido quedarse en casa viendo tele. Estaba a punto de irse a dormir cuando lo vio.
Se desplazaba pegado al zócalo, siempre bajo la alfombra, veloz.
De hecho, esa primera vez fue tan rápido que Jeremías lo atribuyó a una jugarreta de su mente adormilada. Aunque en un primer momento le heló la sangre y le hizo saltar el corazón, desbocado, más tarde le restó importancia, y al día siguiente ya había decidido que se trataba de un ratón (se negaba a creer que fuera una rata, más grande y desagradable) que se había colado en la casa en busca de un poco de calor.
Los días transcurrieron sin imprevistos, con Jeremías disfrutando cada vez más de su condición de hombre libre, y el pequeño suceso quedó olvidado. Pero en el fondo aguardaba, acechando en la profundidad de su mente inconsciente como una sombra informe dispuesta a esperar el momento oportuno para salir a flote.
Y ese momento llegó; pasaron dos semanas y volvió a suceder.
El bulto bajo la alfombra, desplazándose pegado al zócalo. Esta vez lo pudo ver con claridad, y ya no pudo engañarse a sí mismo diciéndose que se trataba de un ratón o algo parecido. Era un bulto, uno considerable. Jeremías no tuvo la suficiente fuerza de voluntad como para mover un dedo. Simplemente se quedo allí, sentado en el sofá, los ojos desorbitados, observando cómo el bulto se movía lentamente de aquí para allá, como si estuviese husmeando, fisgando, buscando…
Fueron los veinte minutos más largos que Jeremías recordaba, y una vez el bulto desapareció tras la esquina que conducía al recibidor, pasaron otros veinte hasta que atinó a moverse. Su mente semejaba un vidrio empañado por la lluvia: pensamientos y suposiciones que afloraban pero no tomaban forma, siluetas borrosas de ideas inverosímiles y descabelladas. Jeremías solo pudo llegar a una conclusión, no muy fundada a decir verdad: la cosa bajo la alfombra no era de este mundo. No quiso imaginar más nada a partir de aquella idea.
Le daba miedo, un miedo terrible.


8

Dos días después lo vio de nuevo, esta vez fugazmente.
Esa noche y las siguientes el hijo de Dolores y Euclides supo por primera vez en su vida lo que era el insomnio. Su vida cambió radicalmente luego de aquél segundo encuentro. En todo momento observaba por el rabillo del ojo, atisbando cada rincón de la casa, esperando ver surgir de nuevo aquella extraña aparición. Incluso en su trabajo miraba las estanterías, esperando ver algo entre los viejos volúmenes.
Cuando finalmente lo vio de nuevo, en la tercera semana de septiembre, casi se sintió desfallecer. El terror lo atenazó, inmovilizándolo, mirando impotente cómo el bulto se acercaba hacia el pasillo desde la sala de estar. Jeremías había estado preparando la cena, procurando alejar sus pensamientos de lo que lo atormentaba, y se dirigía ya hacia el sofá cuando vio aquella forma desplazándose despacio hacia él, provocando un susurro por el roce que le ponía la carne de gallina. Pero lo peor fue cuando comprendió que la alfombra terminaba justo donde comenzaba el pasillo. Si lo que fuera que se hallaba allí seguía su recorrido, no cabía duda de que se haría finalmente visible cuando llegara al piso de madera.
Poco faltó para que soltara el plato con la comida.
Se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración. El bulto seguía acercándose. Jeremías tuvo tiempo para pensar que era del tamaño de una cabeza humana, y por alguna razón pensó en su padre, enterrado dos metros bajo tierra en el sótano. Imaginó lo que pasaría si llegado el caso fuese su cabeza la que asomase al pasillo, observándolo con sus ojos muertos y acusadores, con una sonrisa sin dientes, exhalando el aroma pestilente de la muerte. Me mataste, le diría, tú me mataaaaaste, y vas a pagar por ello…
Pero entonces la forma bajo la alfombra frenó en seco y desapareció.


9

Septiembre se acercaba a su fin con Jeremías hecho un manojo de nervios. La forma bajo la alfombra comenzaba a aparecer cada vez más seguido y en cada ocasión se quedaba petrificado, sin reacción.
La imagen de su padre volviendo del más allá para atormentarlo se hacía cada vez más fuerte en su mente, hasta el punto de hallarse completamente convencido de que era él quien lo perseguía. Solo en una ocasión de inesperada determinación había intentado atacar el bulto. Se había lanzado blandiendo una silla, decidido a atacar lo que fuese que hubiera debajo, pero lo único que consiguió fue romper la lámpara que descansaba en la mesilla de noche de la sala de estar. El bulto se había escabullido.
A principios de octubre comenzaron a suceder cosas aún más extrañas. Sombras en los espejos, objetos levitando, vajillas rotas, luces que se prendían y apagaban solas. Susurros que flotaban en el aire sin llegar a modular palabras.
Jeremías estaba al borde del colapso.
Entonces, el 4 de octubre, con tres noches sin dormir a sus espaldas y con la idea del suicidio rondando su mente como un huésped sin invitación, encontró la nota.
Había decidido darse una ducha de agua caliente con el fin de destensionar un poco sus músculos y tranquilizar su mente.
—Esto no puede estar pasando —se repetía una y otra vez como un mantra mientras el agua bajaba por su piel ajada en lentos riachuelos.
Cuando se disponía a salir hacia su habitación vio que en la película de vapor que cubría el espejo algo o alguien había trazado unas líneas. Eran más garabatos que letras, pero las entendió fácilmente. Y no solo eso. Al leerlas Jeremías comprendió quién había estado provocando los extraños fenómenos de las últimas semanas.
Era su madre.


10

No le extrañó que, dadas las circunstancias, su madre regresase.
Aunque para un observador cualquiera los actos cometidos por Jeremías Uribe en los últimos meses parecieran viles e inhumanos, dignos de un asesino de sangre fría y despiadada, la verdad es que el bibliotecario tenía razones de peso para haber hecho lo que hizo.
Euclides Uribe era un bastardo en toda la extensión de la palabra.
Nadie lo sabía, pero el viejo se había encargado de destruir la vida de su esposa y había hecho todo lo que estaba a su alcance para malograr la de su hijo. Casarse con Euclides era el peor error que Dolores había cometido. Tímida e insegura desde niña, se había dejado convencer por las falsas promesas de Euclides y había caído en las garras de sus engaños. Jeremías lo había odiado desde que tuvo uso de razón. El viejo lo sabía y por ello lo había tratado con más ensañado desprecio y humillación. Su madre siempre había sido su paño de lagrimas (de hecho, él lo había sido para ella también), de modo que solo gracias a su mutuo apoyo habían logrado sobrevivir durante tanto tiempo a la insensible tiranía del viejo.
Jeremías heredó la personalidad débil e insegura de su madre, y con el tiempo ambos se habían convertido en las marionetas del Euclides Uribe, un tipo que parecía ser engreído, odioso y manipulador a propósito, alguien por cuya cabeza solo pasaba el propio beneficio…
Cuando Dolores murió, a una avanzada edad que ni Jeremías ni Euclides hubieran podido imaginar, teniendo en cuenta la triste vida que llevaba, para ninguno de los dos fue un secreto que las cosas cambiarían radicalmente y que más pronto que tarde uno de los dos se marcharía. En su fuero interno, el viejo esperaba que su hijo se largara de una vez por todas, pero Jeremías pareció reunir una fuerza de voluntad nunca vista antes de la muerte de su madre. El viejo vio esto con una sorpresa divertida, sin imaginar que su hijo planeaba su muerte con calculada frialdad.
Sin lugar a dudas, Euclides Uribe, un hijo de perra como ninguno, se lo merecía.


11

Jeremías no quiso postergar por más tiempo lo inevitable.
Esa misma noche fue de nuevo al sótano, por primera vez desde que asesinara y enterrara a su padre, y se dispuso a demoler la pared tapiada que ocultaba la tumba. A diferencia de lo que suele suceder, esta vez fue más difícil su destrucción. Había hecho un buen trabajo. No obstante, muy pronto los bloques comenzaron a caer con ruidos sordos que se esparcieron por el sótano en ecos inquietantes. Jeremías estaba tranquilo a pesar de todo, pero tenía los sentidos aguzados al máximo. Una vez el boquete estuvo lo suficientemente grande como para echar un vistazo, iluminó el nicho con la linterna y corroboró lo que suponía.
Sin embargo, no había de que preocuparse. Al menos todavía.
Con más calma, fue retirando poco a poco los bloques. El aire estaba viciado y tenía un tufillo a corrupción bastante fuerte. Tras asegurarse de que cabía fácilmente por el agujero y de que no había quedado ningún fragmento suelto en la parte superior (no quería terminar hecho un fiambre con la cabeza partida), se introdujo en el nicho, ahora mejor iluminado por las lámparas de neón del sótano.
Con la cabeza gacha, se puso en pie ante la tumba. Le sorprendía lo calmado que estaba, a pesar de que resultaba bastante perturbador ver la tierra removida y el foso abierto. Había cometido un error al cavar un agujero tan poco profundo (sin contar con el hecho de que evidentemente el entierro no era lo único que había salido mal) y no haberse asegurado de compactar debidamente la tierra. Pero eso ahora no importaba. Nunca era tarde para recomponer las cosas.
Desvió la vista a su derecha.
Su padre lo observaba con unos ojos propios de un cadáver, aunque hasta ahora no había llegado a serlo. Bastaba mirarlo para hacerse una somera idea de la pesadilla por la que había pasado. Su rostro estaba sumamente pálido y macilento, y apenas tenía fuerzas para moverse. A duras penas respiraba, de hecho. Jeremías pensó que en ese estado un simple movimiento de los párpados debía de exigirle un esfuerzo terrible. Sus ropas estaban sucias y deshilachadas, conjunto perfecto para su barba rala y sus profundas ojeras.
Su padre era un saco de huesos que se aferraba a la vida con espeluznante terquedad.
Jeremías observó a su alrededor y descubrió la respuesta a sus interrogantes. Un hilillo de agua se deslizaba por la pared de roca, lenta pero profusamente. Tomó nota de llamar al plomero cuando terminara con aquél asunto. Había un problema de humedad para resolver en la cocina. Mientras tanto, sonrió para sí al pensar en lo recursivo que había sido el viejo. Se había aferrado a este mundo a través de un hilillo de agua que bajaba proveniente de la cocina. Decían que con agua un hombre podía sobrevivir por mucho tiempo, y allí estaba la prueba fehaciente. Fehaciente y macilenta.
Observó de nuevo a su padre y la mirada de odio que éste le dirigió fue tan fuerte que se tambaleó un poco y a punto estuvo de caer en el agujero de tierra. El viejo Euclides respiraba débilmente y trataba en vano de hablar. Sus labios se movían temblorosos e impotentes, queriendo tal vez decir sus últimas palabras. Jeremías decidió que prefería prescindir de ellas. A pesar de que no sentía culpa ni remordimiento, no obstante ser consciente del infierno que debía haber vivido su padre en esos cincuenta días, no quería escuchar ni una palabra más del hombre que les había dispensado su propio infierno particular a él y a su madre.
Echándole una última mirada impertérrita, salió de nuevo al sótano y fue en busca de una bolsa plástica. Utilizaría el mismo método, y se aseguraría de hacerlo bien esta vez.


12

En efecto, en el interior del sótano de Jeremías Uribe su padre había vivido una experiencia extremadamente horrenda.
Su hijo no había terminado de tapiar el nicho cuando volvió en sí. Todo era negrura, una negrura asfixiante y en la que no podía mover un dedo. El terror más puro le atenazó el corazón hasta el punto de temer que antes de morir por asfixia sucumbiría a un infarto. Tanta fue su desesperación que Euclides comenzó a balancearse con las pocas fuerzas que tenía. Quiso la suerte, si es que a ello le podemos llamar suerte, que hubiera un pequeño vacío debajo de él que se desmoronó por sus movimientos y le permitió un poco más de maniobrabilidad. Más tarde, cuando el encierro, el hambre y la oscuridad minaban su razón lenta pero inexorablemente, pensó que hubiera sido mucho mejor haber muerto allí abajo.
Cuando finalmente se vio libre, luego de casi una hora de remover la tierra desesperado, ya el muro de piedra estaba lo suficientemente firme como para soportar sus más airados y desesperados intentos de echarlo abajo.
Entonces la realidad de lo sucedido y de su nueva situación cayeron como una sentencia irrevocable.
Y comenzó su infierno, un infierno que duró cincuenta eternos y horripilantes días. Cincuenta días en los que solo aquél fino hilillo de agua (y algo de carne que nunca imaginó comer) alejaba medianamente la sombra oscura e imperiosa de la inanición.
Pero eso es otra historia…


13

Jeremías sonrió divertido al descubrir que después de todo no se había deshecho de la bolsa con la que había llevado a cabo su primer intento de parricidio. Por cosas del destino, aquél sudario de plástico tendría su segunda oportunidad.
Se dirigió de nuevo al nicho, entró y sin mayores preámbulos se puso de rodillas al lado de su padre. No dijo un “lo siento”, ni tampoco un “te lo merecías”. No. Simplemente susurró un “adiós”, y pasó la bolsa sobre la cabeza del viejo Uribe, que seguía observándolo con aquella mirada sobrecogedora de odio y rencor. No tenía ni la más mínima energía para tratar de defenderse, y la impotencia de su situación se reflejaba en su cara.
Solo cuando Jeremías apretó con fuerza y el aire comenzó a faltarle, Euclides pegó un brinco repentino y asió a su hijo del cuello con una manos como garfios. Jeremías ahogó un grito, su pulso acelerado, su mente aterrada hasta lo indecible. No esperaba semejante reacción del viejo. Trató de alejarse, pero las garras se aferraban a su cuello como a la vida misma. Forcejeó y se retorció, tratando de librarse y al mismo tiempo procurando no soltar la bolsa que ahogaba a su padre. Éste atacó con renovados bríos, ambos se balancearon, y cayeron al foso. Al hacerlo, Euclides quedó sobre su hijo, como una mortaja de huesos y tela raída, su aliento pestilente inundando su cara en tibias bocanadas.
Jeremías sintió la asfixia del peso muerto sobre él y la tierra desmoronándose a su alrededor. De pronto imaginó estar enterrado allí, atrapado tras la pared tapiada, y el pánico se apoderó de él. Soltó la bolsa de plástico y se removió con todas sus fuerzas.
El viejo Euclides gemía y murmuraba palabras incomprensibles. Jeremías pensó que parecía un zombie enfurecido, y este pensamiento lo instó a moverse con más fuerza. Hizo a su padre a un lado, se incorporó y salió de la tumba, tropezando y trastabillando. Una vez fuera, se puso en pie, agarrando apresuradamente el bloque de piedra más grande que encontró. Rodeó el agujero y se situó frente a su padre, que había quedado boca arriba, respirando débilmente, casi inerme, y seguía mirándolo a través del plástico con aquellos ojos de pesadilla.
Aún en ese momento, con su padre implorándole piedad sin palabras, Jeremías siguió haciendo gala de la sangre fría que había estado anidando en su interior durante más de cuatro décadas.
Alzó la pesada piedra sobre él y la descargó con todas sus fuerzas sobre el cuerpo de Euclides, no sin antes ver con horror una herida irregular en la pierna de su padre que le sugirió las más macabras conjeturas.
El sonido fue inesperadamente desagradable y lo perseguiría en sus sueños hasta el fin de sus días, pero el fin, como suele decirse, justificaba los medios. Jeremías hizo sus sentimientos a un lado, y sin perder un solo instante comenzó a tapar el agujero, asegurándose esta vez de hacerlo bien.
Exhausto como estaba, levantar el muro le costó un trabajo increíble, pero no podía dejar el nicho al descubierto.
Tardó más de una hora, pero lo consiguió.
Y con cada bloque que ponía, una parte de su vida quedaba finalmente enterrada, tapiada, olvidada…


14

El bulto bajo la alfombra no volvió a aparecer.
Era evidente que su madre había estado todo ese tiempo tratando de hacerse sentir, aunque Jeremías pensaba que había tardado mucho en dejarle un mensaje lo suficientemente claro como para abrirle los ojos. Más tarde se le ocurrió que la intención del fantasma de su madre era hacerle pensar que era su padre el que producía los fenómenos e inducirlo así a bajar al sótano a echar un vistazo. A decir verdad, a pesar de que Jeremías sí había pensado en su padre al ver los extraños sucesos, no se le había pasado por la cabeza que revisar la tumba pudiera solucionar las cosas.
En todo caso, ahora lo estaban, y aunque no había día en que no pensara en todo lo que había tenido que hacer a cambio de su libertad, a cambio de su venganza, Jeremías se sentía tranquilo y en paz. Para todos seguía siendo simplemente el bibliotecario del pueblo, un buen tipo. Algo callado y poco sociable, pero una buena persona al fin y al cabo. Su secreto estaba a buen resguardo, más precisamente en una fosa oculta tras un muro de piedra en el interior del sótano.
Su vida cambiaría, vaya si lo haría, y como prueba de ello estaba el hecho de que el pueblo comenzaba a notar ciertos cambios en el temperamento del viejo Jere. Ahora era más alegre y simpático, y eran ya tres o cuatro, en lugar de dos, las cervezas que se tomaba el sábado en la noche. Hasta había invitado a salir a la maestra de quinto grado de la Escuela Primaria de la Roca…
Serían buenos tiempos de ahora en adelante, sin duda. Y la verdad es que se lo merecía. Jeremías Uribe se lo merecía. Eso pensaba el pueblo, y lo mismo había pensado su madre, aún después de fallecida y morando perpetuamente en el más allá.
Tanto era así, que había vuelto para asegurarse de que el trabajo quedara bien hecho, de que la causa de su martirio recibiera lo que merecía.
Tanto como para manifestarse en forma de un bulto bajo la alfombra y recorrer la casa como una sombra informe que quebraba los platos y encendía la luz.
Tanto como para dejarle una nota a su hijo en el espejo del baño con un mensaje que decía: “Está vivo”.



La ilustración, el título y el epígrafe del presente relato son propiedad exclusiva de Chris Van Allsburg.

En ningún momento, ahora o en un futuro, el autor pretenderá lucrarse de alguna manera con la escritura del presente relato. El mismo ha sido escrito y publicado con fines lúdicos.



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