lunes, 26 de diciembre de 2011

EXTRAVÍO EN VENECIA


Los Renegados presentan:

Los Misterios de Harris Burdick

EXTRAVÍO EN VENECIA

Escrito por George Valencia (Calavera)
Basado en una ilustración de Chris Van Allsburg




Aun con sus potentes motores en reversa, el trasatlántico fue arrastrado más y más en el canal.



1

Mi abuelo Rocco siempre estaba pronto a contar esa extraña historia sobre el trasatlántico a todo aquel que estuviera dispuesto a escucharlo. O aunque no lo estuviera, todo hay que decirlo. Bastaba con que le dieran una pequeña puntada, que mencionaran de paso cualquier tema remotamente relacionado, para que él se enzarzara en su insólita historia.
La recuerdo palabra por palabra.
—Ocurrió en agosto de 1913 —decía—, poco más de un año después del tristemente célebre hundimiento del Titanic, y un año antes de que comenzara la Primera Gran Guerra. Yo había nacido con el centenario, así que por esos días contaba con trece años. Era un ragazzo despierto y travieso en ese entonces. Algo hiperactivo, en realidad. Siempre estaba deambulando de aquí para allá, fisgoneando un poco en todas partes. Mi madre decía que yo era un “metomentodo” bastante insoportable, pero mi padre solía decir que yo había salido calcado a él, y eso le agradaba.
»A decir verdad, creo que lo que más agradaba a mi padre era que yo siempre estaba presto a acompañarle y echarle una mano cada vez que lo necesitaba. En temporada de pesca, por ejemplo, me llevaba con él y me encargaba todo tipo de tareas, que yo realizaba con gusto. “Ammiraglio Rocco”, me decía, y eso a mí me llenaba de orgullo. A mis hermanos les sacaba de quicio y decían que yo era el consentido de mi padre, que ellos siempre estaban en un segundo plano. Yo hacía oídos sordos a sus comentarios, y mi padre desmentía esas habladurías con un ademán indiferente, asegurando que todos eran sus hijos, y que a todos los quería por igual. Aun así, yo sabía que en el fondo sentía un aprecio especial por mí…
—El trasatlántico, abuelo —solía recordarle yo, o quien en ese momento hiciera las veces de canalizador de la historia. Era un trabajo engorroso, pero alguien tenía que hacerlo. A menos que quisiéramos que mi abuelo extendiera su historia por horas y horas, saltado de un evento sin relación a otro.
—A eso voy, a eso voy, Leo. ¡No me rompas las pelotas! —exclamaba él, simulando un enojo que no sentía. Creo que en el fondo él sabía que también eso era parte del juego—. Como venía diciendo, solía acompañarle en multitud de tareas, siempre y cuando no fueran demasiado pesadas para un chico de trece años. Era como una especie de escudero de mi padre, que nunca perdía oportunidad para recordarme la importancia de ganarse el propio sustento.
»A mi madre, por cierto, no le gustaba ni un poco. Decía que una partida de viejos apestosos no era compañía para un niño de mi edad, y amenazaba constantemente con ir por mí y traerme de vuelta a casa tirándome de las orejas. Yo hacía gala de una de las virtudes de mi padre: oídos sordos para palabras necias. Si mi madre, a quien yo tranquilizaba diciéndole que ya era lo suficientemente mayor como para cuidar de mí mismo, hubiera sabido lo que pensábamos, no solo me habría tirado de las orejas, sino que además me las habría arrancado de cuajo.
»El caso es que ese verano mi padre estaba trabajando en el Arsenale, un gran astillero ubicado en el barrio Castello, al sureste de Venecia…
—Sabemos dónde queda, abuelo. Vivimos aquí.
—El que está contando la historia soy yo, asino del demone, no tú, así que para de parlotear y déjame seguir. Además, aquél chico de la esquina viene de la capital y no sabe ni un ravanello de Venecia.
—Disculpa, abuelo.
—Como decía —proseguía él, incólume ante cualquier interrupción—, en ese inolvidable agosto de 1913 mi padre había sido contratado en el astillero por un tipo llamado Enrico Perotti, un siciliano que se había abierto camino en el negocio de la construcción de barcos. En ese entonces los sicilianos tenían las manos limpias, y Enrico era un buen tipo. Me estimaba y me trataba de tú a tú. Un gran hombre. Murió en la Segunda Gran Guerra, a comienzos de 1942.
»—Rocco —le gustaba decirme—, ¿cuántos barcos vas a construir hoy?
»—Cuatro —le decía yo; o cinco o seis—, como mínimo.
»Y cada vez Enrico Perotti se desternillaba de risa como si lo escuchara por primera vez.
»—Cuida a este chico —le aconsejaba entonces a mi padre—, le espera un gran futuro.
»Y mi padre asentía sonriendo.
»Creo que admiraba mucho a Enrico, y lamentó de verdad enterarse de su muerte…
»En todo caso, ese 12 de agosto estaba yo con papá en las cercanías del astillero. Habíamos ido al muelle a buscar a un tal Federico Totti, hombre de confianza de Enrico y encargado de la compra de insumos para el astillero. Era algo aficionado a la bebida, y nuestra misión era encontrarlo y llevarlo de vuelta. Ya lo habíamos hecho en anteriores ocasiones, y sabíamos más o menos donde encontrarlo.
»Anochecía. Eran ya casi las siete de la noche y el cielo estaba nublado. Gruesos nubarrones se alzaban en el oeste, amenazando lluvia para la noche. A pesar del verano, esa semana el clima había estado algo templado, y junto con los cúmulos de nubes algunos bancos de niebla se formaban aquí y allá en la superficie del golfo.
»—¿Iremos al bar o al cabaret? —pregunté yo, mientras descendíamos una de las numerosas escaleras del barrio. Mi padre tenía su propia embarcación, por supuesto, pero prefería andar a pie cuando trabajaba en el astillero o en el puerto. Decía que no era bueno permanecer demasiado tiempo en el agua. Yo creo que era más bien un agüero infundado. El caso es que ya casi habíamos llegado al muelle, y mi padre frenó en seco y me miró fijamente como pocas veces lo hacía.
»—Rocco —dijo, y su tono de voz me alarmó un poco.
»—¿Sí, padre?
»—Cuida mucho de no decir semejante cosa delante de tu madre. Si se entera de que te he traído a esta parte de la ciudad, me mata. Y no lo digo figurativamente.
»Yo le devolví la mirada con igual gravedad, y le respondí:
»—Por supuesto, padre. Lo prometo.
»Siempre fui muy fiel a mi padre, y esa fue una de las muchas promesas que nunca le incumplí.
»Ya más tranquilo, mi padre sonrió y, tomándome del hombro, me invitó a reanudar el camino.
»—Vamos a buscar a ese condenado borracho —dijo.
»Proseguimos la marcha. Bajamos los escalones, cruzamos un nuevo puente y llegamos al borde de ese extremo de la ciudad. El bar distaba solo un par de cuadras, pero entonces, justo al torcer por una esquina, lo vimos…
Mi abuelo sabía hacer su número a la perfección, así que en este punto de la narración siempre dirigía su mirada a una esquina de la habitación, preferiblemente vacía, con vacua consternación, como si estuviese reviviendo el momento.
—¿Viste qué? —decía yo, o alguno de los presentes, aunque ya todos, o al menos la mayoría, sabíamos a qué se refería.
—El transatlántico. Vimos el trasatlántico.


2

En esta parte no faltaba quien emitiera un “Ohhh”, o un “Ahhh” cargado de sorpresa. Y es que si te parabas a pensarlo detenidamente resultaba bastante insólita la imagen de una embarcación de semejante magnitud en un golfo rodeado de islotes y puertos. Y también, claro está, estaba el hecho de que mi abuelo sabía ponerle ese toque de misterio digno de las buenas historias.
Por otra parte, su imagen de por sí era bastante curiosa. Mi abuelo Rocco parecía salido de una película ambientada en el siglo XIX, con su larga barba, su barriga prominente y sus mejillas sonrosadas. Había perdido un ojo en un accidente, lo que le daba un aspecto aún más exótico. Vestimentas de un estilo puramente veneciano, con botas de puntera, completaban su atuendo.
Rocco Martini era todo un personaje.
—Sé que diciéndolo así suena como una locura salida de la mente de un viejo loco —proseguía mi abuelo después de un silencio calculado—, pero juro por el ojo bueno que aún me queda que fue tal y como lo estoy contando. La imagen era simplemente abrumadora, y nos tuvo a mi padre y a mí estupefactos por varios minutos.
»El trasatlántico se acercaba con silenciosa lentitud, surcando las aguas del golfo como si se tratase de un simple paseo nocturno. Hilachas de niebla se cortaban a su paso, dejando una estela gris detrás. Las medias luces del barco, la ausencia de personas en cubierta y el aspecto general del mismo, le daban un aire lúgubre y fantasmal que ni a mi padre ni a mí nos pasó desapercibido.
»Recuerdo que en ese momento, notando justamente esos detalles que aún ahora me producen escalofríos, se me ocurrió una idea tan increíble como perturbadora.
»—Padre —susurré, con un escalofrío recorriendo mi espalda—, ¿es el fantasma del Titanic?
»Mi padre me miró, y vi en su mirada un temor inconfesable. Supongo que él también había pensado lo mismo, aunque no quisiera reconocerlo, por supuesto. Pasado un momento, quizá para no admitir lo que había pensado, o tal vez para tranquilizarse a sí mismo, dijo:
»—¡No seas stolto, Rocco! Sí que es una aparición extraña, pero no es ningún barco fantasma.
»Aun así, cuando dirigió su vista nuevamente al trasatlántico, pude ver el temor reverente que sentía. Mi padre era un hombre de mundo, y había visto miles de cosas en sus cuarenta y tres años, pero seguramente eso era nuevo para él.
»A mí me daba miedo mirar el barco. Presentía que algo no estaba bien, algo me daba muy mala espina, y no era precisamente lo que expuso mi padre a continuación con un grito que casi me provoca un paro cardiaco.
»—¡Santa virgen del agarradero! ¡Aquí va a ocurrir un terrible accidente!
»Y es que, en efecto, en ese momento me di cuenta de la dirección que llevaba el barco y de lo cerca que estaba del muelle. Si seguía su curso, bastarían unos cuantos minutos para que se internara en el canal principal de ese lado de la ciudad, destruyendo todo a su paso.
»Ahogué una exclamación, y las piernas comenzaron a temblarme.
»Mi padre también estaba hecho un manojo de nervios, no obstante lo cual tuvo la suficiente entereza para tomar cartas en el asunto.
»—Rocco, muchacho —dijo, asiéndome de los hombros y mirándome fijamente—, escúchame. Escúchame muy bien.
»—Sí, padre —asentí obedientemente.
»—Ve y busca a Don Enrico y dile que una embarcación de gran magnitud se dirige hacia el puerto. Dile que tardará unos… —mi padre echó un vistazo al trasatlántico y pareció hacer algunos cálculos mentales—, diez minutos. Doce a lo sumo. Ve y díselo. Él sabrá que hacer.
»—Sí, padre —respondí yo, y me quedé moviendo afirmativamente mi cabeza, consternado, sin moverme del mismo punto.
»Mi padre se quedó mirándome unos segundos, y después exclamó con fuerzas:
»—¡Muévete, stolto, mueve esas malditas zancas!
»No hizo falta que me lo repitiera.
»De inmediato eché a correr como alma que lleva el diablo, como si en ello se me fuera la vida. Corrí y corrí, y me enorgullezco de decir que hice mi parte para impedir la tragedia, a pesar de mis escasos trece años.
»Aun así, no pudimos evitarla…
  

3

Extraño a mi abuelo. Lo extraño muchísimo. Y aunque a veces nos cansaba con su repetida historia del trasatlántico, y en ocasiones mi padre se enojaba con él acusándolo de aburrir a sus comensales con una historia a todas luces ficticia y traída de los pelos, era agradable oírsela contar, aunque fuera solo por el hecho de escucharlo hablar. Verlo gesticular y expresarse con su inigualable carga emotiva, tan amena y entretenida, son recuerdos que me traen una nostalgia inmensa ahora que ya no está.
Muchas veces cometemos el error de no escuchar a nuestros abuelos. Los tachamos de aburridos y anticuados, no les prestamos la atención que se merecen, preferimos ver una película o algún programa de televisión en lugar escuchar sus historias de antaño. Y luego, cuando faltan, nos damos cuenta de lo que perdimos con ellos, de los momentos irrecuperables que dejamos pasar. Y el alma llora acongojada, llora cuando ya es demasiado tarde.
Yo, gracias al cielo, y a pesar de que en un par de ocasiones no le presté la suficiente atención por estar cansado o preocupado por algún problema personal, puedo decir que sí valoré a mi abuelo como se lo merecía. Tengo la conciencia tranquila en ese sentido.
Pero lo extraño montones…


4

—¿Y qué pasó entonces, abuelo Rocco? —le decía yo, tal como se esperaba—. ¿Qué fue lo que pasó?
Mi abuelo miraba a su pequeño auditorio con suma gravedad, cargando la narración de una emotividad difícil de describir.
—Mi padre dijo que Enrico Perotti sabría qué hacer —proseguía él—, y vaya si lo sabía. Pero también mi padre hizo todo lo que pudo. Recibió una mención por eso, aunque desgraciadamente nada pudo evitar lo que sucedió después.
»Yo corrí tan rápido como me permitieron mis piernas, y una vez hecho el recado, Enrico reunió una docena de hombres y partió con premura hacia el muelle. Yo iba con ellos, procurando a duras penas irles a la zaga. Cuando llegamos, mi padre ya se hallaba allí con otros tantos hombres. Apenas habrían pasado cinco o seis minutos, pero el trasatlántico ya se veía inquietantemente cerca y sin el más mínimo asomo de detenerse.
»Todo parecía indicar que se internaría con toda su inmensa mole por el canal principal, el Río de l’Arsenal.
»Rápidamente, la veintena de hombres que se había reunido, todos duchos en el arte de la navegación, se dividieron en media docena de embarcaciones que partieron con toda la rapidez de que fueron capaces en dirección al trasatlántico. Yo logré colarme en una de ellas, hecho que en otras circunstancias seguramente me habría valido unos buenos azotes. Hasta logré hacerme con un remo, y con todas mis fuerzas remé y remé, codo a codo con los hombres de Enrico, tratando de ganar todo el tiempo posible.
»Yo no sabía muy bien cómo nos las arreglaríamos para ascender al barco, pero aquellos hombres estaban excelentemente adiestrados para tales menesteres. Una vez estuvimos cerca del trasatlántico, con su mole acercándose inexorablemente, nos detuvimos, dimos media vuelta y comenzamos a navegar procurando ponernos a la par de su movimiento. Cuando la inmensa embarcación se puso a nuestra altura, vi cómo una docena de cuerdas con sendos ganchos de amarradera ascendían en la noche para incrustarse en algunos de los balconcillos de cubierta. Ni uno solo falló en su lanzamiento, y muy pronto estuvimos trepando ágilmente por las gruesas cuerdas.
—¿Y cómo hiciste para subir a semejante altura, Rocco? —preguntaba uno de los comensales.
—Bueno, mi padre me había enseñado muchas cosas, y esa era una de ellas. Y supongo que en ese momento o bien estaba demasiado trastornado para impedirme el ingreso al barco, o bien no quería dejarme solo en el pequeño bote, solitario en medio del golfo.
»Como decía, muy pronto subimos a cubierta, yo el último. Cabe anotar aquí que todo esto había sucedido en apenas cuatro o cinco minutos, por lo que nuestro tiempo se reducía a otros tantos. En ese momento ya Enrico se había encargado de distribuir a los hombres e impartir instrucciones. Un poco más de la mitad de ellos partieron con rapidez hacia la sala de máquinas, y otros tantos, entre ellos él, mi padre y yo, partimos hacia la sala de control. Todos parecían conocer muy bien la ubicación de las respectivas cámaras. Yo apenas lograba irles a la zaga, y cuando ascendí finalmente a la mencionada sala de control ya todos estaban en sus puestos, apagando los mandos y comunicándose con los hombres de la sala de máquinas, tratando de detener el trasatlántico a toda costa.
»Yo lo observaba todo, extasiado.
»Nunca había estado en un lugar así. La vista desde el inmenso ventanal de la sala de control era impresionante, pero más aún lo era ver mi querida cuidad allí abajo, completamente vulnerable ante lo que le esperaba. Alcancé a divisar un pequeño grupo en el lado del muelle del que habíamos partido, y que muy pronto se fue convirtiendo en una multitud atónita y asustada. Algunas góndolas también se habían estacionado en la costa, con sus gondolieri de pie sosteniendo sus largos remos con muda expectación.
»La ciudad, con sus tranquilas luces y sus casitas arracimadas, se veía peligrosamente cerca.
»La sala de control era todo gritos, órdenes e improperios. Se había hecho todo lo humanamente posible para detener el barco, y ahora solo nos quedaba rogar a Dios por un poco de piedad. A través de los interfonos llegaban las voces del grupo de la sala de máquinas, que decían haber hecho ya todo lo que estaba a su alcance. Yo mismo noté que la velocidad había mermado considerablemente.
»—Paolo, dame lecturas de velocidad —dijo Enrico dirigiéndose a mi padre.
»—Diez nudos, señor, y descendiendo a nueve —respondió mi padre observando los controles.
»Un murmullo se esparció por los presentes, en los que solo se veían rostros de preocupación. Apenas restaban un par de minutos para la colisión y el desastre ya se tornaba inminente.
»Enrico Perotti se masajeaba las sienes. Caminaba de aquí para allá, ansioso. De pronto, una idea pareció cruzar su mente, iluminándole el rostro. Accionó un interruptor y se oyó un zumbido de estática.
»—Marcelo, ¿me escuchas? Cambio.
»—Fuerte y claro, señor —habló una voz con sonido metálico.
»—Escúchame bien. Pon todos los motores en reversa. Repito: ¡Pon todos los motores en reversa! Quizá aún podamos evitar la tragedia. Cambio.
»Un silencio siguió a estas palabras, y por un momento pensamos que la comunicación se había estropeado. Los segundos pasaban con una incertidumbre insoportable.
»—Marcelo, ¿me escuchas? Cambio.
»Más silencio.
»—Por el amor de Dios, Marcelo —exclamó Enrico, desesperado—, ¡dime algo!
»En la sala de control la tensión era casi palpable. Yo mismo sentía el sudor bajando en riachuelos por mi espalda.
»—Ocho nudos —anunció mi padre.
»—¿Hay alguien ahí? —dijo nuevamente Enrico a través del intercomunicador.
»—Sí, señor —respondió alguien por fin. Reconocí la voz del tal Marcelo, aunque con una nota distinta en su voz—. Los motores… Señor, los motores…
»—¡¿Qué pasa con los malditos motores?!
»—Los motores ya están en reversa, señor. Los pusimos en reversa desde un comienzo.
»Enrico Perotti soltó el intercomunicador con aire abatido.
»—Entonces que Dios se apiade de nosotros —dijo.


5

Invariablemente, a esta altura, mi abuelo tenía en su bolsillo a los oyentes. La historia tenía una singular carga emotiva que mi abuelo se encargaba de incrementar, acelerando la narración en los momentos claves, o añadiendo pausas donde debía haberlas.
Era un narrador nato, mi querido abuelo.
—Gracias a Dios —proseguía después de un ligero receso para recargar su pipa o para añadir un par de cubos de hielo a su copa—, no hubo víctimas mortales. Quiso la providencia que los imprudentes fisgones que estaban en el puerto se dieran cuenta de lo que se avecinaba y se pusieran a resguardo a tiempo. Hubo otros tantos que tuvieron el suficiente sentido común para prevenir a todos los habitantes que vivían en las viviendas que se hallaban en el curso del trasatlántico. Fue gracias a ellos, más que a nosotros, que la tragedia no cobró víctimas. La evacuación fue rápida y ordenada, y cuando la inmensa embarcación finalmente llegó al muelle, internándose en el canal principal arrasándolo todo, las viviendas y negocios estaban desocupados.
»El fuerte impacto inicial, que destruyó el puente que unía la Riva San Biagio con la Riva di Ca’ di Dio, hizo vibrar al barco en toda su extensión, haciéndonos zozobrar a todos los que estábamos en la sala de control. No obstante, nada impidió su avance. Aun con sus potentes motores en reversa, el trasatlántico fue arrastrado más y más en el canal. En ese momento los hombres que habían estado en la sala de máquinas se reunieron con nosotros y juntos vimos cómo casas, edificios, almacenes, puentes y aceras eran destruidos como si se tratase de construcciones de juguete.
»—Cinco nudos —dijo mi padre, que en todo momento había estado pendiente de la velocidad del barco.
»Más tarde pensé que tuvimos la suerte de que el barco se internara justamente por uno de los canales principales de Venecia, uno de los más grandes, de tal manera que solo destruyó, a cada lado del caudal, un pequeño porcentaje de lo que de otra manera habría sido una destrucción considerable.
»Los que nos hallábamos en la sala de control fuimos testigos preferenciales de uno de los más tristes desastres que han azotado a nuestra pequeña ciudad. Desde allí, lo quisiéramos o no, vimos los alcances de la devastación con lujo de detalles.
»—Cuatro nudos.
»En todas partes, las terrazas habían comenzado a llenarse de espectadores que veían con rostros demudados una escena que parecía salida de una película de ciencia ficción.
»—Tres nudos.
»El Río de l’Arsenal era un rastro de destrucción al paso del trasatlántico. Los puentes eran despezados como palillos y las paredes de los edificios más grandes no hacían mella en su avance.
»A ese paso muy pronto llegaríamos a las cercanías del Arsenale propiamente dicho, ubicado en la Darsena Nuova. En ese momento miré a Enrico Perotti y pude notar en su rostro desencajado que el mismo pensamiento había pasado por su mente.
»—Dos nudos.
La inmensa embarcación comenzaba a frenar su devastador avance, no obstante lo cual aún tuvo el suficiente impulso para arrastrar la Torri de l’Arsenale y un puente de piedra más.
»La Darsena Vecchia ya estaba a la vista.
»—Un nudo —anunció entonces mi padre, y menos de un minuto más tarde, el trasatlántico finalmente se detuvo, con su proa asomando a la Darsena Vecchia como un crío fisgón espiando por una ventana, y a solo unos cuantos metros del puente que lo separaba de ésta.
»Como dije, gracias al cielo no hubo víctimas mortales, pero el daño material fue invaluablemente cuantioso.
»Fue entonces, cuando ya todos comenzábamos a salir de nuestro estupor, y cuando suspirábamos tranquilos a pesar de todo, que un tipo bajo y enjuto llamado Aristo Solecio dijo en una voz baja que se esparció por el lugar como una maldición:
»—Y a todo esto, ¿a dónde se fue todo el mundo?


6

Esta era mi parte preferida, cuando mi abuelo cambiaba un poco su voz para remedar al tal Aristo pronunciando la frase que le daba un nuevo e inesperado giro a la narración. Y es que si aquella era una historia bastante extraña, esto la hacía aún más inverosímil.
—Tal vez no habíamos prestado la suficiente atención —decía mi abuelo—, o simplemente habíamos estado tratando de negarnos a nosotros mismos lo que en primera instancia resultaba evidente. El caso es que en ese momento todos miramos alrededor, como tratando de buscar una explicación que no íbamos a encontrar.
»Recuerdo de manera especialmente clara que en ese momento Enrico miró a Marcelo… Coratella, creo que era su apellido… con una mirada tan penetrante que no hubo necesidad de palabras. Marcelo le sostuvo la mirada por unos segundos, y después la apartó negando lentamente la cabeza, como si se sintiera culpable de algo.
»Acto seguido, Enrico impartió nuevas instrucciones. Nos dividimos en parejas y nos repartimos por todo el barco. Yo, por supuesto, me quedé con mi padre, y junto a él me dirigí a la popa del barco. No tardamos mucho en descubrir lo que ya todos sospechábamos.
»El trasatlántico, en toda su inmensa extensión, estaba vacío.
»Completamente vacío.
»La veintena de hombres que habían hecho todo lo posible por detenerlo, y conmigo entre ellos poniendo mi pequeño grano de arena, barrieron el barco de proa a popa y de babor a estribor, a todo lo largo y ancho del trasatlántico, sin ningún resultado. Misteriosamente, y por razones que aún hoy permanecen en la incógnita, no había ni el más mínimo rastro de personas en el barco. Todo lucía normal. Tanto recámaras, salones, cocinas, cubiertas, restaurantes y demás, como las zonas dedicadas a la tripulación, salas de maquinas, navegación, control, etc., lucían como si hasta apenas unas horas antes todo transcurriera con normalidad. En las cocinas y en las mesas de los restaurantes había platos sucios y sobras de comida, en los salones había copas aún medio llenas de vodka, por doquier había camas sin tender, toallas sin secar, luces prendidas, radios encendidas… Incluso había un orden del día en la recámara del capitán, con una lista específica de las labores que debían llevarse a cabo ese 12 de agosto de 1913.
»Todo estaba normal, pero no había nadie. Absolutamente nadie.
»Incluso ahora, de solo pensar en los pasillos vacíos en los que los ecos de los zapatos rebotaban lúgubremente, se me pone la carne de gallina.
»Más tarde, cuando el alcalde tomó medidas al respecto, tanto para la ayuda a los damnificados como para las gestiones pertinentes al barco en sí, entre las cuales estaba hallar una solución a su misterio, se buscaron rastros de violencia o pillaje. Sangre, cuerpos, por decirlo más claramente. Pero nada de eso se encontró. Fue mucho después cuando algunos hombres del ejército italiano encontraron niveles inusuales de radiación en algunas zonas del barco, pero eso solo hizo incrementar la duda y la consternación.
»Resultaba evidente que de alguna manera los pasajeros y tripulantes del barco habían desaparecido repentinamente, pero solo Dios sabía por qué o de qué manera.
—O adónde… —apuntaba yo, y todos me miraban con la boca abierta, su imaginación avivada por esa sencilla observación.
—Exacto, Leo. Y eso fue solo el comienzo de una cadena de hechos extraños que no quiero repetir aquí para no alargar demasiado la historia. Baste decir que por más averiguaciones que se hicieron, ninguna empresa naval, fuese oficial o no, como ningún ente gubernamental, dijo tener noticias de una embarcación secuestrada o extraviada. Todas las pesquisas llegaban a un callejón sin salida. Los documentos de identificación hallados en el trasatlántico daban cuenta de personas procedentes de Inglaterra y Gales, y tanto los dosieres oficiales como las cartas de navegación estaban en inglés, pero nunca nadie encontró reportes de personas perdidas que correspondieran a dichos documentos de identificación, ni tampoco se hallaron registros que coincidieran con los papeles del barco.
»Además, por ese entonces no teníamos radar ni sonar. Después de la tragedia del Titanic se investigó mucho al respecto, y apenas un mes después un tipo llamado Lewis Richardson patentaba uno en la Oficina Británica de Patentes. Otro tipo, un alemán llamado Alexander Behm, o Berhm, no recuerdo bien, obtuvo otro a comienzos de 1913. Pero no fue hasta 1914, un año después de los hechos que les acabo de contar, en que un tal Reginald Fessenden, canadiense si mal no recuerdo, construyó un sistema experimental que de todas formas tenía más falencias que virtudes. Faltaban aún más de dos décadas para los increíbles avances de la Segunda Gran Guerra.
»Con todo esto quiero decir que en esa época no contábamos con la tecnología suficiente para rastrear embarcaciones, y menos aún para prevenir desastres de este tipo…
—Pero bueno, ¿qué pasó con el barco? —preguntaba yo, o alguno de mis primos, para ponerle en bandeja de plata, o abrirle las puertas si se quiere, la última parte de la historia.
—A eso voy, Leo, a eso voy.
»A decir verdad, el barco en sí mismo representó más problemas y quebraderos de cabeza que los destrozos que había causado. Cuando nos dimos cuenta de que era una pérdida de tiempo seguir buscando pistas sobre la procedencia del trasatlántico, fue un hecho que el mismo era un estorbo de dimensiones colosales en medio de nuestra pequeña ciudad. Tratar de sacarlo de nuevo hacia el golfo era poco práctico, y solo causaría más daños. Además, cuando el misterio que el barco llevaba a cuestas se extendió por toda la ciudad, ya nadie quiso internarse en él. Comenzaron a surgir todo tipo de historias. Se decía que estaba embrujado, que era un barco maldito. Algunos decían haber escuchado voces y lamentos en los pasillos, y había quien aseguraba haber visto siluetas en las ventanas, o una dama de blanco que deambulaba por cubierta en las noches de luna llena.
»Yo, en honor a la verdad, confieso que nunca vi ninguno de tales fenómenos, pero recuerden que desde un principio el barco me dio mala espina, y mientras estuve en él siempre tuve una extraña sensación de descolocación. No se me ocurre un término más adecuado. Descolocación. Algo no estaba bien en alguna parte. Nada bien. Y eso lo palpabas nada más ascender al barco. Por ese mismo motivo, también a mí, a pesar de no haber visto ni oído nada, me daba físico temor entrar en él. Me repelía, y creo que era una sensación compartida por todos los habitantes de la ciudad.
—¿Entonces qué pasó con él? —preguntaba yo.
—Lo destruimos. O mejor dicho, lo desarmamos poco a poco, pieza por pieza, en una labor maratónica que duró menos de dos semanas. En realidad, creo que fue lo mejor que pudimos haber hecho. Había en él muchísima materia prima reutilizable, desde hierro, bronce y aluminio, hasta roble y cedro en grandes proporciones. Por no mencionar el mármol, el oro y la plata que permitió no solo solventar los destrozos causados sino además invertir en nuevos proyectos de mejoras para la ciudad. Pocos lo saben, pero la Torri de l’Arsenale es en verdad una reconstrucción que data de 1916, y en la cual hay multitud de materiales procedentes del barco…
—¿Pero cómo es que nadie sabe de esto?
—Buena pregunta, ragazzo. Eso es porque la ciudad se encargó de poner una losa de desconocimiento sobre el hecho. No queríamos tener un montón de fisgones merodeando por la ciudad, y menos aún agentes de los gobiernos de Estados Unidos, Inglaterra o Francia, que siempre están dispuestos a meter las narices donde no los llaman. Tampoco en la capital se supo de esto. Se filtraron algunas cosas, por supuesto, pero las autoridades de Venecia actuaron con premura y achacaron los daños a un sismo de poca magnitud y a los endebles cimientos de esa zona de la ciudad.
»Con el tiempo la historia se convirtió en una leyenda urbana más. Luego vino el mito, y después el olvido…


7

Debo confesar, aunque me duela admitirlo y suene mal después de haberla reproducido, que aunque siempre me sentí fascinado por la historia de mi abuelo Rocco y nunca me cansaba a pesar de escucharla docenas de veces, jamás creí ni una sola palabra. Es decir, ¿un trasatlántico en la ciudad de Venecia? ¿Un barco sin pasajeros ni tripulación? ¿La Torri de l’Arsenale una réplica reconstruida?
Mi abuelo tenía ciento un historias para contar, quizá más, y cada una era más sorprendente que la anterior. Como aquella que hablaba de un tesoro escondido en los canales de Venecia, o la que contaba la historia de hombre que había viajado solo al ártico y había regresado presa de la locura, asegurando haber descubierto una raza de hombrecillos de piel azulada y baja estatura que vivía casi en constante hibernación. O aquella que decía que la Atlántida estaba hundida en el Mediterráneo y que él conocía a un hombre que había estado allí y que había regresado con sorprendentes tesoros.
Tenía muchas historias para contar, repito, pero a mí siempre me había gustado especialmente la del trasatlántico, que a él le gustaba titular “Extravío en Venecia”.
Mi padre siempre decía que era una sarta de patrañas, que era una historia traída de los pelos que no se la creía ni el mismo Rocco. Yo, de alguna manera, pensaba igual, aunque no en los mismos términos. Y jamás me habría atrevido a decírselo a mi abuelo. Al menos no de esa forma. Me quería mucho, y yo siempre alentaba entusiasta sus historias, aportando mis preguntas cuando debía hacerlo, como si hiciera mi parte del número.
Pero, como digo, jamás pensé que su historia fuera real.
Hasta la semana pasada.


8

La soberbia es un arma de doble filo, y a veces tienes que cortarte con ella y admitir tu error. Yo debo ahora admitir que estaba equivocado, que pequé de soberbia y suficiencia, y que aunque nunca lo dije en voz alta era tan incrédulo y falso como mi padre.
Mi abuelo siempre tuvo razón. Su historia era real.
A comienzos de este mes, y después de dar por finalizada la restauración del Ponte dei Sospiri, el gobierno veneciano decidió restaurar otras partes de la ciudad, y aunque siempre se ha procurado hacer un mantenimiento frecuente a los canales, tanto por seguridad como por una debida salubridad, también tomó la determinación de hacer un barrido profundo y exhaustivo a toda la canalización que recorre Venecia. De paso, un grupo de estudio de la Facultad de Arquitectura de la Universitá Ca’Foscari solicitó un permiso para estudiar el fondo del canal y los cimientos de las construcciones que lindan con los mismos.
Pues bien, en apenas un par de semanas, han hecho una serie de descubrimientos que ha resultado un completo misterio para autoridades y catedráticos, pero que para mí han sido sumamente esclarecedores.
Se trata de un profundo surco en el fondo del canal que lleva desde los muelles del sureste hasta el Arsenale, a través del Río de l’Arsenal. Es un surco en “V”, bastante uniforme, cuyo origen hasta el momento no ha podido ser esclarecido. También se han hallado marcas y ranuras en las paredes de algunas de las construcciones que bordean ambos lados de dicho canal. Son brechas horizontales en sus cimientos, como si algo hubiera pasado rozando las bases de las construcciones. Pero lo más sorprendente son cientos, quizá miles de pequeños fragmentos de metal, madera y mármol que han sido encontrados en el lecho del río, a todo lo largo de la zona que lleva hasta la Darsena Vecchia. Las autoridades dicen estar estudiando los objetos para determinar su procedencia, hecho tal sobre el que aún no se ponen de acuerdo. Lo que sí está claro, y sobre lo cual se han pronunciado de manera unánime, es que al parecer dichos objetos pertenecieron alguna vez a una misma construcción, muy probablemente alguna embarcación cuyos restos de alguna manera fueron arrastrados al interior del canal provenientes del golfo.
Sobra decir que, a diferencia de ellos, yo sí sé qué hizo el surco en el canal y las brechas en las paredes, yo sí sé de dónde provienen los fragmentos encontrados en el lecho del Río de l’Arsenal: de un trasatlántico que en un día de agosto de 1913 se internó en las aguas de Venecia arrasando todo a su paso.


9

Cómo extraño a mi abuelo, y cuán culpable me siento ahora al descubrir que decía la verdad, que su historia era completamente verídica. Rocco Martini era un hombre íntegro y sincero, un hombre de palabra, y me pesa saber que yo dudé de ella. Aun así, me queda el consuelo de que nunca le expuse mis dudas, que siempre lo alenté a contar su historia. No como mi padre, que en paz descanse, que siempre estaba dispuesto a desmentirlo y desacreditarlo. Ojalá estuviera aquí para ver que su padre tenía razón.
En todo caso, nunca es tarde para resarcirse, y es por ello que he escrito estas líneas. Para dejar constancia de la historia, y del hombre que, en mayor o menor medida, fue protagonista de ella.
Un gran hombre, mi abuelo Rocco.
Ahora vuelve a mi memoria el rostro extasiado de las personas que hacían parte de su pequeño auditorio una vez finalizada la historia. Aunque algunos permanecían incrédulos, la mayoría se iba con la mirada perdida, soñadora, imaginando cómo se vería la gran embarcación en medio del canal. Recuerdo esa mirada en sus ojos, porque era la misma mirada de mi abuelo al narrar su historia, la misma que lucía yo al escucharla.
Entonces, al final de la velada, invariablemente había alguien que siempre hacía la última pregunta. La más importante, quizá. La que cerraba con broche de oro el relato de mi abuelo.
—¿Tenía algún nombre?
Mi abuelo ponía una fingida expresión de no saber de qué le hablaban, aunque yo lo conocía lo suficiente como para saber que lo sabía muy bien.
—¿A qué te refieres, ragazzo?
—Al barco —decía el interlocutor de turno—. ¿Tenía algún nombre el barco?
—Oh, por supuesto —decía mi abuelo—. Claro que lo tenía. Había olvidado ese detalle. Era el Alienus, y sobra decir que no se hallaron registros correspondientes a una embarcación con ese nombre, ni de ese tamaño ni de otro más pequeño.
—¿Y sabes qué significa, Rocco?
—Claro, ragazzo. En ese momento no lo supe, pero después de un tiempo lo busqué en la biblioteca. Es latín, y significa “extraño” o “desconocido”…


10

Ahora me queda la satisfacción de haber comprobado que su historia era real, y muchas de las cosas que decía, bajo esta nueva luz, cobran ahora un nuevo significado. Como el nombre del barco. Si había un nombre adecuado para el trasatlántico, era ése.
Alienus.
Alienus…
Qué bien suena esa palabra. Irreal. Exótica. La pronuncio en voz alta, y casi me parece estar escuchando a mi abuelo cuando comenzaba a contar su extraña historia con esa voz cadenciosa y amena, con esas palabras que siguen grabadas a fuego en mi mente:
—Ocurrió en agosto de 1913, poco más de un año después del tristemente célebre hundimiento del Titanic, y un año antes de que comenzara la Primera Gran Guerra…



  
La ilustración, el título y el epígrafe del presente relato son propiedad exclusiva de Chris Van Allsburg.

En ningún momento, ahora o en un futuro, el autor pretenderá lucrarse de alguna manera con la escritura del presente relato. El mismo ha sido escrito y publicado con fines lúdicos.



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