lunes, 19 de noviembre de 2012

HAMBRE


Los Renegados presentan:





1

Era un hombre viejo. El cabello largo y la tupida barba que ocultaba su rostro impedían calcular su edad. Vestía unos pantalones de sarga gris que le quedaban grandes y permanecían colgando de sus caderas por un cordel que oficiaba de humilde cinturón. Un pullover deshilachado de color indeterminado se pegaba a sus costillas bajo un sobretodo largo y amarronado. Los zapatos se mantenían en su sitio gracias a la cinta aislante negra que los envolvía.  
Las causas de su ruina eran un misterio para todos. Había llegado a la ciudad hacía unos años. Al principio causó recelos, pero pronto quedó demostrado que no buscaba problemas, solo un lugar donde estar. Por las pocas palabras que cruzaba con la gente parecía un hombre culto, pero mayormente rehuía esos contactos. Sucede que la vida es un púgil complicado y siempre te mantiene contra las cuerdas. Y cuando menos te lo esperas, te manda a la lona.
Se le conocía como “El Viejo”. Todas las mañanas se acercaba hasta la estación de trenes, se sentaba en el suelo cerca del andén con la mano extendida, y esperaba. Si tenía suerte, lograba lo suficiente para un emparedado y una botella de vino barato; si no, volvía mascullando en voz baja y con el estómago rugiéndole de hambre.
Vivía en un baldío que se encontraba entre un edificio de ocho pisos y una ferretería. El frente se hallaba tapiado, pero en la esquina inferior izquierda había un agujero en la madera que permitía entrar arrastrándose. Era un terreno vasto de unos treinta metros de largo por quince de ancho con montañas de tierra y escombros aquí y allá. La maleza se desperdigaba entre ellas. La gente se había acostumbrado a lanzar bolsas de basura por sobre la empalizada de madera o desde las ventanas del edificio, lo que había convertido al lugar en un auténtico basurero. Ratas gordas y grises correteaban entre los desperdicios dándose un banquete.
Cuando el Viejo se coló por primera vez por el agujero y recorrió el lugar, las ratas le hicieron saber que no era bienvenido. Chillaron con furia y lo rodearon. El Viejo tomó una piedra de buen tamaño y se las arrojó. Las ratas retrocedieron y lo espiaron desde la hierba alta, atentas a los movimientos del hombre.
Recorrió el lugar y encontró dos chapas oxidadas y varios tablones. Tomando como sostén la pared del edificio, construyó un habitáculo de tres por dos. La estructura lucía endeble, pero el Viejo creía que el edificio la protegería de los vientos más fuertes.
Entre la basura recogió diarios viejos e improvisó un colchón dentro de aquel sucucho al que llamó “hogar”. Con la ayuda de un pedazo de hierro cavó un pozo de unos treinta centímetros de diámetro y encendió un fuego dentro de él. Eso lo mantendría caliente.


2

Los días dieron paso a los meses y los meses a los años, en una secuencia lógica e inevitable. El Viejo se acostumbró a las ratas y estas a él, conviviendo en una frágil armonía. El hambre se volvió un compañero más. Y lamentablemente, no era un compañero que se mantuviera callado.
¿Te acuerdas cuando comías sentado a una mesa? Eran buenos tiempos, ¿verdad? Recuerdo que te gustaban las pastas. ¿Sigues comiendo pastas? No, por supuesto. Tonto de mí. Lamento haberlo sacado a colación. Pero sin que te lo tomes a mal, ¿has olvidado la salsa que preparaba la cocinera? Siempre me pregunté qué le ponía. Tenía un sabor especial.
La voz lo perseguía hasta en sueños y lo despertaba hambriento e iracundo. El vino barato ya no la acallaba y las tripas le rugían como si un ser dantesco pugnara por salir para devorarse el mundo. Porque esa era la palabra: devorar.
Una noche, se sentó en la cama de diarios y fijó la vista en el fuego. La lluvia no tardó en llegar. El sonido del agua en las chapas era atronador. Las llamas dibujaban figuras saltarinas a su alrededor, traviesos diablillos de sonrisas enormes. Una rata empapada asomó la cabeza por el hueco de la puerta y el Viejo la observó sin moverse mientras el roedor olisqueaba y se adentraba cada vez más. Se acercó al fuego y los diablillos enloquecieron de gozo.
El Viejo se movió despacio y tomó entre sus manos el pedazo de hierro con el cual había cavado el pozo. Gateó lentamente hasta el centro del sucucho y lo levantó por encima de su cabeza. La rata se hallaba del otro lado de la hoguera y no daba muestras de notar la presencia amenazante. Parecía atontada por el calor.
El Viejo golpeó con todas sus fuerzas y alcanzó a la rata en la cabeza. No hubo chillido alguno.
Devorar era la palabra.
Devorar hasta no dejar nada.


3

Al Hambre, ese huésped indeseable de sus pensamientos, no le gustó nada el nuevo menú del Viejo.
Ratas, le susurraba, estás comiendo ratas.
El Viejo era consciente de ello, pero lo relegaba a un segundo plano de su mente. Cuando cazaba, desollaba y cocinaba a los sucios y desagradables roedores, lo hacía mecánicamente. Una parte de él se rebelaba, pero otra, la parte de él que no soportaba más los retortijones del estómago causados por el hambre y el frío, recibía esos bocados de carne tiesa y amarga con beneplácito.
A veces, cuando se acercaba a la estación de trenes en busca de una limosna, o mientras deambulaba por las calles esperando tener la suerte de encontrar una comida menos… rastrera…, experimentaba cierto dejo de culpabilidad, más aún cuando la gente lo miraba por encima del hombro, como si no solo le reprocharan el hecho de su simple existencia sucia y maloliente, sino que de alguna forma supieran lo que comía cada noche, a la luz de la hoguera, en su choza de latas y cartón.
Ratas, parecían decir esos rostros, uniéndose al coro del Hambre. No solo eres un hombre sucio y maloliente, sino que además comes… ratas…
No obstante, al llegar la noche y sentir cómo el estómago se le encogía de ansiedad, después de interminables horas sin probar bocado, esos pensamientos culpables dejaban de ser relevantes, y los pequeños roedores, con sus puntiagudos dientes, sus sucios bigotes y sus colas largas y correosas, adquirían el aspecto de un apetitoso banquete de Acción de Gracias.
Con el tiempo, el Viejo se sorprendió a sí mismo al descubrir que comenzaba a disfrutar de su comida.
Entonces, una noche fría de mediados de noviembre, apareció el gato.




4

Nunca supo si el minino llegó hasta él atraído por el fuego, o por la gran cantidad de ratas que poblaban el lugar. En todo caso, un día emergió ronroneando muy campante por uno de los agujeros de su improvisado albergue.
Al comienzo el Viejo lo observó, sorprendido, pero luego no pudo evitar sonreír un poco por lo inesperado de la visita.
Y es que ya había perdido la cuenta de los meses que llevaba sin ver en las cercanías nada que no fueran ratas y basura. Así que la presencia del gato no dejaba de ser agradable, máxime cuando el pequeño no parecía asustado o alarmado por su presencia. Quizá era el fuego el que lo había atraído, después de todo, pero no descartaba la posibilidad de que también buscara compañía.
El Viejo hizo un amago de maullido, tratando de atraer al minino, y cuando menos pensó se encontró acariciándolo y obsequiándole pequeños trozos de su cena. El gato los comía, complacido, y estiraba cada tanto la cabeza ante las contemplaciones del hombre. Su pelaje parduzco se erizaba por momentos y los ronroneos le hacían coro a los chisporroteos de la hoguera.
Esa noche, ambos durmieron juntos, pero cuando el Viejo despertó al día siguiente, no había rastro de su peludo amigo.
No le extrañó.
Los gatos eran animales independientes por naturaleza, y el Viejo no era lo que se dice el amo ideal.
Aun así, al caer la noche, el gato reapareció.
El Viejo lo atrajo de nuevo, conquistándolo con pequeños trozos de carne dura. El animal comió, gustoso, y no se percató de nada hasta que el Viejo le rebanó el buche con un trozo de vidrio.
—Lo siento —murmuró—. Se me ocurrió que no caería nada mal un cambio en el menú…
Pareció meditar un poco sus propias palabras, y luego prorrumpió en sonoras carcajadas que asustaron a las ratas.
Acto seguido, se dispuso a preparar el gato.
Comenzaba a hacérsele agua la boca.


5

La vida del Viejo se desgranaba en días monótonos y grises. El invierno, más crudo que en los últimos años, no ayudaba precisamente a hacer más llevadera su existencia. Pero ahora había un nuevo incentivo en su vida.
Tal vez no hubiera esperanza alguna en su futuro cercano, pero se había prometido a sí mismo que no volvería a probar una rata en su vida. El gato había sido solo el comienzo. Su carne no era mucho mejor que la de los roedores, pero sí era más blanda y menos desagradable. Después de probarla, el solo hecho de observarlas correteando entre la basura y mordisqueándolo  todo le producía nauseas.
Así que, desde ese día, se dio a la tarea de cazar gatos durante la tarde.
Mientras vagaba por la ciudad, en busca de un ciudadano caritativo que viera más allá de sus harapos y le obsequiara una moneda, permanecía ojo avizor en busca de algún felino callejero.
Por su menú nocturno habían pasado ya gatos negros, blancos, mezclados, parduscos, grises, moteados, rayados y hasta un gato pelón que, no obstante su singular parecido con las ratas y su momentáneo disgusto al comerlo, había resultado ser tan apetitoso como los demás.
Cuando no lograba hacerse con el animal, había descubierto que las palomas eran una buena alternativa rica en vitaminas y tan sabrosa como una perdiz o una gallina. El problema residía en cazarlas, ya que las malditas alzaban el vuelo apenas se acercaba. Pero había descubierto que atrayéndolas con migas de pan se volvían lo bastante estúpidas como para cogerlas del cogote y meterlas en una bolsa. Era una perfecta ironía: aplacaba su hambre usando la de ellas en su contra.
Una tarde de principios de diciembre, probó por primera vez un perro.
El sabor y la textura de la carne eran levemente diferentes a los de los gatos, y no le había agradado en demasía, pero más tarde pensaría que ello se debía quizá a la edad del can, un chucho gordo y senil que apenas había puesto resistencia cuando el Viejo lo alzó y se lo llevó consigo a la casucha.
Le duró dos días, y cuando al día siguiente salió en busca del sustento de la jornada, un movimiento entre la basura arrojada por las ventanas del edificio, que ya formaba una montaña interminable, llamó su atención.
Se acercó, curioso, pensando que a lo mejor encontraría una presa fácil y no tendría que deambular toda la tarde, aterido de hambre y frío, buscando algo para comer. Apartó lentamente los desechos, procurando no espantar al animal, fuera lo que fuese. Tuvo tiempo de pensar que sería el colmo que al final se tratara de una simple rata, a las que ya no podía ver sin sentir una mezcla de culpabilidad y repugnancia.
Retiró un trozo de madera y una bolsa llena de latas vacías, y fue entonces cuando descubrió al bebé.


6

El miedo lo abrazó con sus tentáculos fríos y viscosos. Su primera reacción fue mirar hacia arriba, a los cientos de ventanas que se abrían en la fachada del edificio. ¿Lo habrían arrojado desde alguna de ellas? Lo dudaba. El golpe habría matado al recién nacido.
El bebé yacía desnudo y cubierto de una excrecencia que el Viejo dedujo serían rastros de la placenta. El cordón umbilical se enrollaba en una de sus piernitas, dándole un aspecto alienígeno. Un gemido quedo salía de sus labios, un hálito desahuciado que presagiaba el peor final.
El Viejo volvió a su casucha y se paseó nerviosamente frente a los rescoldos del fuego. Ya desechada la idea de que lo hubieran lanzado de una de las ventanas, la otra posibilidad era que alguien hubiera entrado al terreno en el transcurso de la noche. De ser así, habían violado su hogar, su intimidad, y eso no le gustaba nada. Gruñó y aporreó una de las paredes de la casilla. Esta chirrió y se desplazó unos centímetros.
Sin embargo, le restó importancia; luego se preocuparía por ello. Ahora lo importante era mantenerse enfocado y no perder los estribos. Si encontraban al bebé allí, lo culparían a él; lo acusarían y lo llevarían a la cárcel. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. En la cárcel no eran muy bien vistos los violadores ni los asesinos de niños. Debía hacer algo. Pero, ¿qué? ¿Llevarlo a un hospital? Por un instante se imaginó entrando como un héroe, llevando en brazos al pequeño. Los médicos y las enfermeras aplaudiendo, felicitándolo y palmeándole la espalda; la noticia llegando a los medios y cientos de periodistas rodeándolo con sus micrófonos, grabadoras y celulares.
La gente lo respetaría.
Pero vamos, seamos serios, con la pinta que llevaba no le confundirían con el héroe, sino con el villano. Apenas pusiera un pie en el hospital lo acusarían.
También podría dejarlo en la entrada y huir, ¿por qué no? Era una opción tan buena como cualquiera. Después de todo, la finalidad última era deshacerse de la prueba incriminatoria, sacar al chico de su terreno lo antes posible. ¿Qué otra cosa?
Devorarlo.
El Viejo se detuvo y ladeó la cabeza. El Hambre se había mantenido callada mucho tiempo luego de su pequeña discrepancia alimenticia. Escucharla nuevamente era una sorpresa. Y de verdad se encontraba locuaz esa mañana.
Le prestó atención.
Y el Hambre se tornó voraz.


7

Volvió junto al bebé. En su mano llevaba el hierro oxidado. Si existía un Dios, el crío ya estaría muerto; si no, él se encargaría de ello.
Una rata vieja con una cuenca vacía se hallaba sobre el pecho del pequeño. Sus garras habían abierto surcos en la piel del neonato y la sangre le bajaba en hilillos por los costados del cuerpo. La rata le mostró los dientes al Viejo.
El chiquillo es nuestro, le dijo la rata, alzándose en sus patas traseras. Tú te has alimentado con mis hermanas, ahora es nuestro turno de comer. Es un trato justo, ¿no crees?
El Viejo blandió el fierro y la rata saltó al suelo, buscando refugió entre los escombros.
—Eso es —dijo el Viejo arrodillándose junto al bebé—, corre y escóndete. Es lo mejor que saben hacer.
Observó al niño, que ahora lucía un tono azulado, víctima de la cianosis; en contraste, la sangre que manaba de sus heridas parecía brillar. Con la mano libre empujó al crío. Este gimió. Despacio, levantó el fierro.




8

Un movimiento a su izquierda le sorprendió. La rata tuerta había regresado. Y no estaba sola. Tres roedores de menor tamaño la acompañaban.
—¿Has vuelto con refuerzos? —rio el Viejo.
Una de las ratas, que se hallaba sobre una bolsa plástica con el logo de un supermercado, chilló.
Actuando por instinto, el Viejo le lanzó el fierro, errándole, pero despanzurrando la bolsa, que desplegó su contenido en el suelo. Los bichos desaparecieron, huyendo en direcciones diferentes.
Tomando al bebé, se puso de pie. Haría el trabajo en la casilla. No era seguro ahí fuera con esa rata tuerta acechándolo como un maldito velocirráptor.
La casucha se notaba un poco más inestable que de costumbre, pero si años de ventiscas, tormentas e intemperie no habían podido con ella, menos un puñetazo de un indigente flaco y viejo.
Avivó la hoguera y se sentó frente a ella con el bebé en sus brazos. Estaba comenzado a considerar cómo cocinarlo, cuando el pequeño se removió y pareció acomodarse en su regazo, como si se sintiera confortable ahora que alguien lo acunaba y que iba entrando en calor gracias a la calidez del fuego.
Hizo gorgoritos y estiró las manitas.
Entonces Miguel Alberto Torres pareció regresar a la realidad luego de casi diez años de ausencia. Por un momento, el Viejo se sintió desplazado por su antigua y real personalidad, la del contador que había caído en la ruina tras una cadena de eventos desafortunados. La del hombre culto y de buenos modales que asistía cada semana al foro literario y participaba activamente en el Fondo de Beneficencia. La del hombre que había perdido a su esposa e hijo en un accidente automovilístico justo antes de que la montaña rusa de su vida dejara de ascender sin parar para abocarse en una caída libre sin retorno…
Miguel Alberto Torres tomó el mando del ser sucio y mugriento en que se había convertido, y se sintió horrorizado por lo que había estado a punto de hacer. En ese momento de lucidez, sintiéndose en una cuerda floja de cordura que se sostenía a duras penas sobre un abismo de demencia, a punto estuvo de perder la cabeza, y solo logró salvarlo el observar esa pequeña criatura, débil y vulnerable, dejada a las manos de Dios y el destino…
Cuando salió de esa especie de ensueño, y tomó consciencia real de donde estaba y lo que debía hacer, casi derribó la casucha en su partida apresurada. Sus harapos se enredaron en un alambre a ras de piso, y por un instante estuvo convencido de que se trataba de las ratas, aquellos desagradables bichejos que se negaban a dejarlo partir con su botín.
Cuando por fin se liberó y echó a andar a trote ligero hacia el centro de la ciudad, unos gruesos goterones comenzaban a anunciar un inminente aguacero.


9

Más tarde, cuando buscaba razones para justificar ante sí mismo y ante Dios lo que pasó, se consolaba pensando que hizo todo lo posible, pero a veces el destino, el maldito destino, quiere otras cosas.
         Quienes tuvieron oportunidad de verlo recorrer las calles, con los truenos como banda sonora de su carrera demencial, veían a un indigente que corría apretando contra sí un bulto indefinible, haciendo caso omiso de los relámpagos que iluminaban su rostro congestionado.
Al comienzo lo ignoraban como a cualquier otro habitante de la calle, pero entonces, al ver su cara, descubrían una determinación intimidante que hacía que se apartaran y le cedieran el paso, preguntándose qué objetivo podría reclamar la urgente atención de un individuo que lucía una mirada sabia y decidida nada acorde con sus sucios harapos y su barba hirsuta y enmarañada.
Las calles se sucedían en un borrón gris ante los ojos de Miguel, y en su mente solo veía la fachada del Centro Médico Nacional, como un aviso luminoso en una autopista solitaria.
Su mente iba tejiendo una línea de acción, e iba elaborando las respuestas ante las inevitables preguntas que le harían. De cuando en cuando observaba al bebé, comprobando su respiración y sus signos vitales, para luego arroparlo nuevamente, protegiéndolo del viento frío y cortante.
Los gruesos nubarrones oscurecían el cielo, haciendo lucir la tarde como si ya hubiese caído la noche. Aun así, pudo distinguir con claridad, cuando se hallaba a un centenar de metros, las grandes letras del Centro Médico.
Todavía había tiempo.


10

Miguel nunca supo si la noticia salió en los diarios. A lo mejor algo se filtró, pero el dinero, aunque nos digan lo contrario, todo lo puede, y la suficiente cantidad de pasta compra hasta al cristiano más aparentemente incorruptible.
         Es probable que alguien se percatara del anciano sucio y maloliente que exigía atención en la Sala de Urgencias número 3 del Centro Médico Nacional. Ese alguien pudo haber asegurado que el hombre, en efecto, llevaba un recién nacido arropado en trapos sucios y deshilachados, y que no se trataba de un loco como luego aseguraron los funcionarios de la entidad médica. Pudo haber dicho que el bulto de carne que los policías que sacaron a rastras al Viejo denominaron un truco casi creíble, era en realidad un bebé con tal vez apenas unas pocas horas de nacido.
Ese alguien pudo haber existido, pero, de ser así, otro alguien se encargó oportunamente de silenciarlo.
Miguel nunca logró su cometido, y otra cantidad de testigos, tal vez alguno de los cuales fuera uno de los tantos que más temprano viera al mismo hombre corriendo con férrea decisión, vio cómo un tipo ataviado con sucios andrajos caminaba por las calles mirando consternado a todas partes, solicitando silenciosamente un auxilio que nadie le quería dar, una petición de socorro ante la que todos se apartaban asqueados, mientras apretaba contra su pecho un bulto informe, bajo un torrencial aguacero que no dio tregua hasta bien pasada la medianoche…


11

Sorprendentemente, algunos rescoldos de la hoguera, pequeños carbones humeantes, permanecían con vida cuando Miguel se encontró de nuevo en su casucha, calado hasta los huesos, tiritando de frío, caminando apenas como un autómata.
Avivó, distraído, el fuego, mientras el aguacero caía a su alrededor sin compasión.
Estuvo algunos minutos observando la hoguera, hipnotizado, incrédulo todavía ante lo que había pasado, al cabo de los cuales finalmente desenvolvió el bulto y sacó al bebé.
Le sorprendió encontrarlo aún con vida, no obstante lo cual su pulso era ya irregular y había comenzando a adquirir un color levemente amoratado. Su respiración era casi imperceptible, y Miguel tuvo que acercar su oído a la diminuta boca para notarla.
Observó a la criatura, y unos gruesos lagrimones se deslizaron por sus mejillas, mezclándose con el agua de lluvia que todavía empapaba su rostro para luego perderse entre su barba canosa y enmarañada.
En el lapso de tiempo que hubo mientras Miguel cerraba los ojos y limpiaba sus lágrimas con el dorso de la mano, la vida del bebé se esfumó.




12

No supo cuánto tiempo estuvo así, balanceándose adelante y atrás, canturreando por lo bajo una canción de cuna que parecía haber regresado a su mente procedente de una infancia vivida hace mil años, llorando quedamente, por momentos adormecido. Solo el fuego menguante podría haberle dado una idea del tiempo transcurrido, pero la mente de Miguel Alberto Torres se encontraba en otra parte, cada vez más ausente, cada vez más lejana, errabunda…
Y fue en ese momento, ya con la medianoche encima, cuando el Viejo aprovechó la guardia baja para hacerse de nuevo con el mando.
Miguel desapareció de nuevo, quizá para siempre esta vez, y el desagradable hombre que había aprendido a comer ratas, palomas, gatos y perros, tiritó incontrolablemente y se incorporó a medias en su asiento de tierra y cartón. Parpadeó, y miró alrededor.
Tenía el recuerdo confuso de haber caminado mucho y de haberlo hecho bajo un diluvio sin precedentes. Sintió un ramalazo de dolor recorriendo sus piernas y fue vagamente consciente de que si no se quitaba las ropas mojadas y avivaba el fuego, y con el inclemente clima que se desataba a su alrededor, era posible que muriera de hipotermia esa misma noche.
Sin embargo, toda esa línea de pensamientos desapareció cuando vio al bebé, a continuación de lo cual una oleada de los recuerdos recientes lo embargó. Se quedó viéndolo unos instantes, e inesperadamente su estómago comenzó a gruñir, inquieto y persistente.
Esta vez no hubo necesidad de que el Hambre hablara en su cabeza.
A veces, el hambre lo llena todo y te nubla la mente, amenazándote con perder la razón.
El Viejo depositó la criatura en el suelo, frente a él, amontonó en la hoguera unos cuantos de los leños secos que mantenía a buen resguardo en su casucha con el fin de avivar el fuego, y comenzó a quitarse los harapos mojados… mientras su estómago seguía protestando y su boca comenzaba a hacérsele agua…






1 comentario:

Juanito dijo...

Un drama terrible que conmueve.
La transformación de Miguel en el Viejo, y viceversa, impecable.
El suspenso atrapa desde el inicio, y no te suelta hasta ese aplastante final.
Sin duda, una gran calidad en las letras de Calavera y Adrián. Como siempre. Y eso es muy, muy bueno
Me encantó.
¡Felicitaciones a ambos!
Saludos...

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