viernes, 30 de septiembre de 2016

Revival, de Stephen King

“Octubre de 1962. En una pequeña localidad de Nueva Inglaterra la sombra de un hombre se cierne sobre un niño que juega ensimismado con sus soldaditos. Cuando Jamie Morton levanta la vista, ve una figura imponente. Se trata de Charles Jacobs, el nuevo pastor, con quien pronto establecerá un estrecho vínculo basado en su fascinación por los experimentos con electricidad.

Varias décadas más tarde, Jamie ha caído en las drogas y lleva una vida nómada tocando la guitarra para diferentes bandas por bares de todo el país. Entonces vuelve a cruzarse con Jacobs —dedicado ahora al espectáculo y a crear deslumbrantes «retratos de luz»—, y este encuentro tendrá importantes consecuencias para ambos. Su vínculo se convertirá en un pacto más allá incluso del ideado por el Diablo, y Jamie descubrirá que «renacer» puede tener más de un significado.

Esta inquietante novela, que se extiende a lo largo de varias décadas, muestra uno de los más terroríficos finales que Stephen King haya escrito jamás. Es una obra de arte del maestro de contar historias de nuestro tiempo, en la tradición de Hawthorne, Melville o Poe.”

En septiembre de 2015 salió a la venta en castellano la que hasta hace unos días era la novela más reciente de Stephen King en nuestro idioma (desde hace un par de semanas ese título lo ostenta Quien pierde paga). Y el lanzamiento llegaba con toda notoriedad acompañado de esta deslumbrante frase: “Prepárate para el final más oscuro, inquietante e inolvidable de cuantos ha escrito Stephen King”.

Esa afirmación no dejaba de ser bastante pretenciosa e incluso arriesgada teniendo en cuenta que a Stephen King se le conoce como el Maestro del Terror. Así que ¿la novela con el final más terrorífico del maestro de lo macabro? Eso era mucho decir. Como decimos por estos lares, eso era “tirar el chorro muy alto”. Sin embargo, en su momento decidí brindarle el beneficio de la duda. ¿Por qué no?, me dije. Stephen King lleva más de cuarenta años sorprendiéndonos. Cualquier cosa puede pasar…

Más adelante, cosa curiosa, comencé a ver los comentarios más dispares que he visto en mi vida relacionados con una obra de Stephen King. A unos les había gustado mucho, e incluso a algunos les había fascinado. Otros, incluyendo un querido amigo que siempre recuerdo en relación a Revival (Antonio Tomé, de España), despotricaron y renegaron a más no poder. En el caso de Antonio, que nos tuvo al tanto del desarrollo la lectura a través de sus publicaciones en Facebook, su descontento llegó a tal punto que en un momento determinado afirmó sentirse literalmente “indignado” con “semejante bodrio”. :P

Yo, mientras llegaba mi anhelado ejemplar, simplemente observé con cierta curiosidad el intercambio de opiniones radicalmente opuestas. No obstante, evitando cualquier prejuicio, abordé la lectura con las mismas altas expectativas generadas por cualquier obra nueva de mi escritor favorito. :)

De entrada la portada de la edición en castellano me encantó. Y la dedicatoria, donde Mary W. Shelley, la creadora de Frankenstein, encabeza una lista de grandes escritores del género, ya daba mucho para pensar. ¿Existía una relación entre Revival y la historia del Moderno Prometeo? Eso estaba por verse.




La novela está escrita en primera persona, lo que para mí ya auguraba una lectura amena. Y es que podría afirmar que las historias de Stephen King narradas de esta manera ocupan varios puestos en el ranking de su obra entre sus asiduos lectores. Basta nada más echar un vistazo a títulos como La milla verde, 22/11/63, Un saco de huesos, El cuerpo, Rita Hayworth y la redención de Shawshank, Duma Key, Joyland, 1922, Rabiaentre otros. Creo que la narración en primera persona saca la voz narrativa más hechizante e íntima del escritor de Maine.

Revival cuenta la historia de Jamie Morton y de Charles Jacobs, y de los sucesivos y trascendentales encuentros que ambos tendrán a lo largo de sus vidas. El primero de estos, y que marcará de por vida al pequeño Jamie, ocurre cuando este tiene solo seis años y Jacobs, el nuevo pastor de la iglesia, llega al pueblo con su especial magnetismo y carisma, granjeándose el cariño y la confianza del pueblo, incluida la familia Morton. Pero lo único que le interesa a Jacobs no es predicar y vivir una vida tranquila en Harlow. El pastor es un aficionado de la electricidad.




A raíz de un hecho lamentable, la vida de ambos se separa. Jacobs se va del pueblo y pasarán varias décadas para que Jamie Morton vuelva a tener noticias del pastor. Tras una serie de duras etapas en su vida, en una de sus correrías un día se encuentra con un cartel que anuncia “Las Reviviscencias del Reverendo Charles Jacobs”. Es allí donde el hilo del destino se vuelve a unir y la historia de ambos se verá fuertemente ligada. El hecho de que la electricidad esté de por medio en esta nueva faceta del pastor no sorprende a Jamie, pero pronto su curiosidad por los tejemanejes del reverendo Jacobs se tornará en preocupación a medida que el trasfondo de su larga historia salga a la luz…

Las primeras cien páginas de la novela, contrario a la impresión de muchos (y esto es una prueba de lo que hablaba más arriba), me gustaron bastante. Lograron engancharme sin ninguna dificultad con la historia y los personajes. Entiendo que a muchos la lectura de Revival se les antojó llena de hechos aparentemente sin trascendencia que podrían haber sido excluidos. Sin embargo, aunque debo admitir que King se fue por las ramas en no pocas ocasiones, la lectura me resultó amena en todo momento. Si bien una cantidad importante de páginas, especialmente en la primera mitad, fueron dedicadas a la cotidianidad de los personajes, yo las disfruté mucho.

No obstante, esa rimbombante frase seguía inflando el final, y a medida que me acercaba a él fue inevitable verme contagiado por esa excesiva expectativa sobre lo que depararía el desenlace. Para colmo, si sumas Mary W. Shelley, a quien está dedicado en primer lugar el libro, y la palabra «electricidad», es imposible no hacer conjeturas.

En todo caso, para no rozar el límite del spoiler, en las últimas cien páginas aceleré la lectura y todo, para mí, pareció ir en una dirección. Estuve comentando la lectura con Diego Bialos, un gran amigo de Argentina, que ya había terminado el libro y afirmaba que el final era increíble. A esa altura ya había comenzado a visualizar en mi mente un muy probable final para Revival, con la famosa dedicatoria en mi cabeza resonando una y otra vez.

En el medio, edición limitada, con pajuela dorada incluida. 


Pues bien, finalmente todo se fue en una dirección bastante diferente y eso me dejó un poco desubicado. Diría que terminó siendo más de la atmósfera de otro escritor de la misma región que estaba más abajo en la lista de dedicatorias. Aún no termino de decidir si me gustó o no, pues por momentos algunos acontecimientos me parecieron inverosímiles. Me quedo con la lectura amena que fue para mí la novela en general, los hechos interesantes, los tramos espectaculares, el argumento en sí y la gran tensión final (donde debo decir, en favor de Revival, que hubo una escena realmente aterradora).   





Aún sigo viendo comentarios desfavorables acerca de esta obra, pero claramente no pertenezco a ese club. A mí me gustó. :)

«Al menos en un sentido nuestras vidas son ciertamente como las películas. El elenco principal se compone de la familia y los amigos. Los actores secundarios son los vecinos, los compañeros de trabajo, los profesores y los conocidos.

[...]

»Pero a veces entra en nuestra vida una persona que no encaja en ninguna de estas categorías.

[...]

»Cuando pienso en Charles Jacobs —mi quinto en discordia, mi agente del cambio, mi maldición—, se me hace imposible creer que su presencia en mi vida tuvo que ver con el destino.»




viernes, 23 de septiembre de 2016

Leyendas de Dune II: La Cruzada de las Máquinas, de Brian Herbert & Kevin J. Anderson


“El legado de Frank Herbert, el fascinante y ya mítico universo que creó en Dune, sigue vivo en esta apasionante segunda entrega de la trilogía «Leyendas de Dune».

Han pasado veinticuatro años desde los sucesos relatados en Dune: La Yihad Butleriana. La revuelta de los humanos contra las máquinas pensantes tras el asesinato del hijo de Serena Butler se ha convertido en un conflicto sangriento, que se ha cobrado innumerables vidas humanas. Vorian Atreides y Xavier Harkonnen comandan las fuerzas de la Yihad en una guerra interminable donde no hay vencedores ni vencidos. Los temibles cimek, liderados por el titán Agamenón, planean recuperar el poder que perdieron. Norma Cenva y Aurelius Venport están a punto de realizar un descubrimiento que cambiará radicalmente los viajes espaciales. Y en Arrakis, el remoto planeta de las dunas, Selim Montagusanos y sus partidarios dan los primeros pasos para convertirse en los fieros guerreros que cambiarán el curso de la historia: los fremen.”

A diferencia de otras ocasiones a lo largo de la lectura de esta saga (ocho libros con este que reseño ahora, de un total global de catorce), esta vez pasó muy poco tiempo entre la lectura de un libro y el siguiente. Apenas un mes transcurrió desde que terminara el primero de la trilogía “Leyendas de Dune”, cuyo final dejó el clímax en lo más alto dejándome con ganas de saber más. De ahí que muy pronto iniciara La Cruzada de las máquinas.

Este segundo volumen fue una lectura muy interesante, donde el hecho de tardar varios meses no tuvo nada que ver con la historia en sí. Un largo y absurdo bloqueo como no había experimentado en mucho tiempo provocó que terminara la novela en octubre de 2015, diez meses después de comenzarla. :/ Sin embargo, insisto, fue una lectura muy amena y apasionante, donde recién llegando a la mitad aceleré el ritmo y terminé en unas pocas semanas.

Y es que la novela tiene un total de 800 páginas, y al ser una edición de Plaza & Janés en tapa dura debe pesar al menos dos kilos. Lo que de alguna manera influyó un poco. En todo caso, ha sido una digna continuación de La Yihad Butleriana, reafirmando que Kevin Anderson y Brian Herbert están a la altura de la saga creada por el padre de este último. Su ritmo ágil, la calidad de la prosa y los capítulos cortos, hacen de la lectura un viaje impresionante.

Como dijera en la reseña del primer libro, no es fácil poner en contexto al lector novato sobre el marco en que se desarrolla esta trilogía y el papel que juega en toda la serie, por lo que recomiendo una vez más visitar antes la entrada especial dedicada a la obra de Frank Herbert: Dune: Historia, análisis y cronología.

Dicho esto, prosigamos con esta segunda entrega de “Leyendas de Dune”.




La llama de la rebelión está encendida. Comandada por una Serena Butler con más convicción que nunca tras la trágica muerte de su pequeño hijo, ahora convertido en el mártir de legiones de partidarios de la Yihad, la Liga de Nobles empieza poco a poco, batalla tras batalla, a inclinar la balanza del otro lado. Secundada por los comandantes Xavier Harkonnen y Vorian Atreides, antes enemigos y ahora aliados dispuestos a morir por su heroína, Serena se ha convertido en la líder visible de una cruzada sin precedentes contra el dominio de las máquinas pensantes.

Han pasado veinticuatro años desde los hechos narrados al final del primer libro de la trilogía, y la lucha cruenta se extiende por gran parte de la galaxia. Varios golpes contundentes contra los cimeks, en los que los rebeldes han logrado arrebatarles el dominio de planetas oprimidos por siglos bajo su yugo, han enardecido el entusiasmo de millones de personas que ven en Serena Butler la líder decidida que los llevará a la anhelada victoria.

Iblis Ginjo, antes capataz de los humanos en la Tierra, testigo de los hechos que encendieron la rebelión, es ahora el Gran Patriarca de la Yihad, encargado de engrandecer la imagen de Serena ante las multitudes y brindar discursos que causen efervescencia en el corazón de los pueblos. Sin embargo, también guarda sus propios intereses y valiéndose de la Yipol, la policía de la Yihad Butleriana, se abre paso en los escalones del poder.

Los Titanes, antiguos hombres hoy convertidos en poderosas máquinas con cerebro humano, siguen librando una doble batalla: por una parte el de las máquinas contra la humanidad, buscando extender su hegemonía milenaria, y de otro lado la guerra secreta contra su propio líder, la supermente, la red de inteligencia artificial autodenominada Omnius. Mientras confabulan la forma de liberarse del dominio de la supermente, los Titanes se preparan para contraatacar a la Liga de Nobles. Al mismo tiempo, en su recorrido transportan copias de actualización de Omnius a los diferentes sistemas que hacen parte de los planetas sincronizados.

Vorian Atreides ha logrado interceptar una de estas copias, y se encuentra trabajando en secreto en una versión alterada, preparándose para esparcir un virus tecnológico que logre diezmar a la supermente.




En otro rincón del universo, Aurelius Venport logra recuperar su alianza con Norma Cenva, la brillante genio que ha aportado la nueva tecnología para la guerra contra las máquinas, y juntos comienzan los estudios y experimentos que cambiarán para siempre la historia de los viajes espaciales. Para esto están financiados por la fortuna conseguida gracias a la nueva comercialización de la melange, la valiosa especia recién descubierta en el lejano planeta Arrakis. El mismo que más tarde será conocido como Dune.

En el imponente desierto de Arrakis, que se extiende por todo el planeta, Selim Montagusanos libra su propia batalla contra los traficantes de especia, destruyendo cargamentos enteros que representan una fortuna para VenKee Enterprises. Selim, primer hombre en cabalgar los inmensos gusanos de arena productores de la preciada melange, es ahora seguido por cientos de simpatizantes de su causa. Un Arrakis destruido por la explotación de la especia se le ha presentado al Montagusanos en sus visiones, y hará lo que esté a su alcance para impedir que así sea. Admirado y temido a partes iguales, Selim se ha convertido en el caudillo de su propia cruzada en defensa del gran gusano Shai Hulud.




“Al frente de un grupo de cinco ballestas en órbita sobre el planeta surcado de cañones, el primero Vorian Atreides estudió las fuerzas enemigas alineadas contra él; lisas y plateadas, como un pez predador. Involuntariamente, su diseño eficaz y funcional les daba la elegancia de afilados cuchillos.

Los monstruos de combate de Omnius superaban en número a las naves humanas en una proporción de diez a uno, pero las naves de combate de la Yihad estaban equipadas con capas superpuestas de escudos Holtzman, así que no podían hacerles daño y, en consecuencia, tampoco podrían avanzar hacia la superficie de Anbus IV.

Aunque no tenían el armamento necesario para derrotar al contingente robótico, ni tan siquiera para repelerlo, los yihadíes seguían luchando. Era un pulso; hombres y máquinas cara a cara en la órbita del planeta.”


Brian Herbert & Kevin J. Andereson

 Así comienza esta segunda entrega, justo en medio de la acción, así como su predecesor. El gran universo de Dune se sigue construyendo en un marco impresionante de la mano de Herbert hijo y Kevin Anderson, que sin duda han escrito una trilogía que quedará entre las mejores de la ciencia ficción. Ahora cada vez son más claros los primeros indicios de los orígenes de la hermandad Bene Gesserit, los doctores Suk, la Orden de los Mentat, la Cofradía Espacial y, por supuesto, los legendarios guerreros Fremen. El final deja la historia en un punto muy alto, con todo servido para la gran conclusión que será La Batalla de Corrin, el tercer volumen.

A la fecha de publicación de esta entrada, casi un año después de terminar La Cruzada de las máquinas, siento que se acerca el momento de vivir esa gran batalla, que promete ser apoteósica.

…Y así podré continuar con Dune 7, por cierto…




:)







miércoles, 21 de septiembre de 2016

Libros Sangrientos 1, de Clive Barker

“Los relatos reunidos en este volumen han conmocionado a los lectores más veteranos de libros de terror, porque no repiten ninguno de los tópicos del género y cada historia abre las compuertas a una forma inédita de espanto, como la del viaje bajo las calles de Nueva York en El tren de la carne de medianoche; la necesidad de la muerte de ser satisfecha periódicamente; una batalla tradicional entre dos remotos pueblos de Yugoslavia que de repente se vuelve inesperadamente destructiva, y un largo etcétera más.

Los Libros de Sangre son un compendio de oscuras visiones que se introducen en los sueños que se deslizan en secreto por nuestro subconsciente, aguardando para salir a la luz. Capaz de adentrarse tanto en lo inimaginable como en lo indescriptible, Clive Barker revive nuestras pesadillas más profundas y siniestras, creando imágenes a la vez estremecedoras, conmovedoras y terroríficas.”

Siempre que un autor es reseñado por vez primera en el Blog de Calavera suelo comenzar con unas líneas dedicadas al escritor de turno, a manera de pequeña biografía introductoria. No obstante, antes de acometer la escritura de la presente reseña me di cuenta de que no ocurrió lo propio con Clive Barker, a pesar de que ya he publicado sendas entradas dedicadas a sus libros Hellraiser, Sangre y El ladrón de días.

De tal modo que, para subsanarlo, quisiera dedicarle un par de párrafos para sentar unos cuantos antecedentes sobre este escritor.

Clive Barker nació en Liverpool, Inglaterra, el 5 de octubre de 1952. Aparte de escritor es también director de cine y artista visual. De hecho, sus primeros pinitos los realizó en el campo de las artes escénicas, escribiendo guiones para obras teatrales. Estudió inglés y filosofía en la Universidad de Liverpool, y en la actualidad es uno de los más aclamados autores de horror y fantasía.

Clive Barker
A la edad de cuatro años fue testigo, en pleno espectáculo, de la muerte del paracaidista francés Léo Valentin. Sería impreciso afirmar que esta temprana cercanía con la muerte influyó de alguna manera en sus inclinaciones artísticas, pero lo cierto es que en varias ocasiones Barker aludió a este hecho en algunas de sus obras.

Su carrera literaria la inició con relatos de horror recopilados en la serie Libros de Sangre (Books of Blood) y con la novela El libro de las maldiciones (The damnation game). Más tarde se trasladó hacia el género de la fantasía moderna mezclándola con lo macabro. Si uno visualiza su obra de manera global, es reconocible la idea de que bajo nuestro mundo, o paralelo a este, existe otro mundo oculto conviviendo con el nuestro, habitado por criaturas marginadas, demonios e incluso seres humanos con naturalezas perturbadoras. Es reiterativo el papel de la sexualidad, mezclada muchas veces con lo sobrenatural, sobre la cual se explaya sin tapujos. También es representativo de su obra la construcción de mitologías complejas y cuidadosamente estructuradas.

Ya lo decía Stephen King: "He visto el futuro del horror, y su nombre es Clive Barker". Y es cierto: Barker es único. Es el gestor de una nueva dimensión de horror, uno en el que siempre sucede lo inesperado. Constantemente algo que te saca de la realidad, de los lugares comunes del género... y te lleva más allá, invitándote a ser testigo de primera mano de horrores insospechados...

Libros Sangrientos 1 es una prueba más de lo que hablo y ya ha sido expuesto en sus anteriores reseñas. En este caso, siendo una colección de relatos, debemos ir paso a paso. Tras una introducción de Ramsey Campbell en la que nos expone por qué debemos prestarle especial atención a este autor, la antología da inicio:

Los muertos tienen autopistas: “Para Simon McNeal todo empezó como un juego. Al principio se limitaba a simular ruidos. A los veinte años sus trucos psíquicos le llevaron a conseguir más fama y riquezas de las que nunca pudo soñar. Entonces los muertos empezaron a tomarse un espantoso y sangriento desquite”. Un relato curioso pero estremecedor que de alguna manera también sirve de introducción a toda la serie. Como lo dice la sinopsis, Simon simula ruidos y extraños sucesos para engañar a la gente (de hecho, el lector también resulta confundido en un comienzo), pero luego los muertos deciden poner las cosas en su lugar.

El tren de la carne de medianoche: “El detective Leon Kaufman investiga una cadena de sangrientos asesinatos en el metro de Nueva York. Cuerpos mutilados y desangrados hacen pensar en un sádico asesino en serie. Lo que no sabe es que su investigación lo llevará más allá de lo que su cordura le permite imaginar”. Primer gran relato de los Libros de Sangre. Inquietante y sugerente, lleva al lector a ser testigo de secretos enterrados en lugares impensados. De los mejores relatos de la antología. Fue adaptado a la gran pantalla en 2008 con Ryuhei Kitamura en la dirección y Bradley Cooper en el papel protagónico.




El geniecillo y Jack: “Un pequeño ser de las tinieblas es puesto a prueba por las altas esferas del infierno. Su misión: espantar a Jack Polo, un importador de pepinillos. Sin embargo, pronto descubrirá que no será tarea fácil”. Una fina mezcla de terror y comedia, al mejor estilo de Barker. Un relato en que la existencia de un inframundo plagado de seres sobrenaturales se da por sentado con toda naturalidad. El resultado no deja de ser bastante llamativo.

El blues de la sangre de cerdo: “No corras. No grites. No silbes. No pelees. Son las reglas del Centro de Rehabilitación para Delincuentes Juveniles Tetherdowne. Aunque, en opinión de Neil Redman, expolicía a cargo de impartir un poco de disciplina, el lugar tiene más de prisión que de cualquier otra cosa. Eso sí, los internos no son ningunos ángeles, y no pasará mucho tiempo para que Redman descubra que el lugar guarda además un oscuro secreto”. Otro relato realmente sobrecogedor. Atrapa desde un comienzo con su prosa tranquila que va brindando el misterio a cuentagotas para luego poner toda la carne en el asador. Muy bueno.  

Sexo, muerte y brillo de estrellas: “Un teatro en decadencia se prepara para la que, probablemente, sea la última obra. Sexo, muerte y, en efecto, el brillo de las estrellas que quieren lucirse en esa postrera presentación. Sin embargo, los veteranos habituales del teatro tienen algo que decir”. Un relato en el que Barker se desenvuelve con toda la comodidad que le permite su propia experiencia en el mundo de las tablas. Tiene cierto toque nostálgico que nos adentra en esa atmósfera tan particular que solo los duchos en las artes escénicas conocen. Sin mayores pretensiones, el relato logró envolverme.

En las colinas, las ciudades: “Una pareja homosexual que se halla en un viaje de placer por la vieja Europa se encuentra de pronto en medio de una batalla tradicional, inesperadamente destructiva, entre dos remotos pueblos de Yugoslavia”. Este relato me dejó profundamente impresionado por su originalidad, clara muestra de la prodigiosa imaginación del autor. Me atrevería a afirmar que no solo es uno de los mejores relatos de Barker, sino también uno de los mejores que he leído en el género. ¡Cuánta imaginación, por Dios! Todo parece transcurrir con relativa normalidad (incluso a pesar de que, nada más comenzar, nos topamos con una escena de sexo entre los protagonistas), cuando un zarpazo de la pluma de Barker te descoloca por completo. A veces es necesario llegar hasta el final para tener consciencia propia de lo que uno ha presenciado. Recuerdo haberme quedado mirando sin ver durante varios minutos tras haberlo terminado. Fue como un sueño especialmente vívido que hubiera permanecido latente en mi mente, como una impresión solar en la retina. Si acaso no lo había hecho antes, a partir de ese momento Clive Barker ganó mi respeto y veneración como nuevo pilar del género.




El escritor de Liverpool escribe muy bien, tiene una prosa fina, y no le importa ser morboso, o hasta obsceno, pero con una elegancia sutil en las letras. Quien no lo haya leído, sobra decirle que lo recomiendo especialmente. Barker sacia la sed a quienes, equivocadamente, pensaban haberlo visto todo en el género del terror.

Por cierto, no sobra recordar que el presente libro hace parte de una serie de antologías publicadas por el autor a mediados de los ochenta. Poco a poco irán siendo reseñados en el blog, y más adelante publicaré una pequeña guía para ilustrar la forma en que cambiaron los títulos y la cantidad de tomos en su traducción al castellano.

¡Saludos!



¡De vuelta al ruedo!




A excepción de tres entradas publicadas el año pasado, desde el 30 de diciembre de 2014 el Blog de Calavera entró en una etapa de inactividad.

¿La razón? Muchos la imaginarán y seguramente acertarán: el tiempo. A medida que pasan los años parece que queda menos tiempo para hacer lo que nos gusta. Sin embargo, siendo sincero, muchas veces en el último año me cuestioné las razones que me motivaban a escribir para el blog, en su mayoría reseñas literarias, y si estas razones eran o no suficientes para dedicarle las horas que en ocasiones exige incluso una sola entrada.

¿Los lectores? Lo cierto es que aunque el blog siempre tuvo buena acogida, no fueron pocas las veces en que, tras publicar una reseña a la que le había dedicado dos o tres horas, pasaban días, semanas y hasta meses sin que nadie la comentara. Es cierto que la mayoría de los lectores simplemente pasan a leer, y las entradas más visitadas así lo demuestran (algunas tienen un flujo que me sorprende agradablemente), pero de alguna manera los comentarios son esa retroalimentación que uno en el fondo espera al publicar algo en lo que trabajó con dedicación, esa comunicación indirecta pero gratificante con el lector que se encuentra del otro lado.

¿Escribir para mí mismo? En cierta forma, el blog siempre tuvo mucho de esto, especialmente las reseñas. Eran una manera de sacar a flote las sensaciones producidas tras una lectura, reflexionando sobre los diferentes aspectos de la historia, un desahogo de ideas e impresiones. Muchas veces me sirvió incluso para refrescar la memoria antes de retomar una saga. Pero ¿valía la pena dedicarle horas a esta reflexión escrita?

¿Escribir por amor al arte? Sí, también es una buena razón. Cada texto, sea este reseña, relato o simple elucubración, es como una transmutación del pensamiento. Plasmas en palabras lo que sale de la razón, el alma y el corazón. El producto resultante, a fin de cuentas, nace del amor al arte de la creación literaria. Es un placer leer y ser leído.

Haber abandonado el blog me produce nostalgia, pues fue algo que hice con mucha dedicación durante cuatro años de mi vida, y cada cierto tiempo he evaluado la posibilidad de volver. De cuando en cuando surgía un fuerte impulso de hacerlo, pero al enfrentarme a la desafiante página en blanco, aunque fuese para hablar de X o Y libro, decaía en pálidos intentos hasta dejarlo de lado y dedicarme a otras cosas.

Para colmo, a medida que se acumulaban las reseñas literarias pendientes (lo más sagrado del Blog, sin duda alguna), se hacía más cuesta arriba el regreso. No pocas veces recordé el blog El Especialista Mike, de mi amigo Diego Oliver, que tanto sirvió de inspiración para el mío propio y cuyo ritmo endiablado de pronto se vio interrumpido.

El correo electrónico, al que siempre llegan las notificaciones de los nuevos comentarios que surgen frecuentemente, servía de insistente recordatorio de aquello que tanto disfruté y que tanto logró llegar a identificarme.

El pasado lunes terminé Cabal, de Clive Barker, y quedé casi extasiado por las múltiples posibilidades que se desprenden del final, ávido de compartir las impresiones producidas por la lectura. Y pensé, por enésima vez en el último año y medio, en el Blog de Calavera. Mi blog. Y recordé un mensaje dejado hace un mes por Analia Guerrero en una de las últimas reseñas publicadas por allá a finales de 2014 (El umbral de la noche, de Stephen King), y que en su momento me caló bastante hondo: “(…) Por favor, actualiza el blog y volvé a darle la continuidad de antes, somos muchos tus lectores. Abrazo”. (Si estás leyendo esto, Analia, gracias por esas palabras.)

Creo que fue entonces cuando decidí volver.

Por los lectores, por mí mismo y por amor al arte.


miércoles, 2 de diciembre de 2015

LA CIUDAD QUE NO EXISTIÓ


LA CIUDAD QUE NO EXISTIÓ




Dicen que el olvido es la verdadera muerte. De tal manera que Atropia, una pequeña ciudad enclavada en medio de un amplio valle en lo alto de las montañas, dejó de existir el día que Ebenezer Arcila emitió su último suspiro a la edad de ciento dos años.
Con él murió la plaza principal y el puente de oriente, con él murieron los adoquines y las marquesinas de los teatros, las calles secundarias y las avenidas, la iglesia y el hospital. Con él murieron los chapiteles, los tejados, los ventanucos, las azoteas, las buhardillas, los muros, los sótanos, los torreones y los dinteles. Con él murieron la barbería, la taberna, el banco, la carpintería, el supermercado y la estación de policía. Con él murió cada recoveco, cada rincón, cada grieta, subsuelo, pasillo, atajo o zaguán.
Con él murió la ciudad.
Porque el día que Ebenezer Arcila, sentado en su silla mecedora compartiendo el té con las ánimas, emitió su postrero aliento, la memoria de esa ciudad abandonada en lo alto de las montañas se convirtió en una brisa fútil e imperceptible. Solo el viejo Eb recordaba las mañanas, las tardes y las noches, con sus particulares horizontes, recortados por la cruz del chapitel en el sur o los campos de cultivo en el norte. Solo en su memoria permanecían los recuerdos de aquél lugar que, como él ahora, había emitido sus estertores agónicos después de la guerra. Solo él sabía, solo él recordaba, solo él aún vivía para revivirlo en sus pensamientos.
Pero al igual que a Atropia en un lejano y difuso pasado, también a él le había llegado la hora, también a él le había llegado el turno de ceder el paso al tiempo, y como todo en este mundo, hombre y ciudad desaparecieron, se hicieron polvo, cenizas, viento, nada…
Porque Atropia tenía quien la recordara, pero el viejo no. Con su partida, llegaba el olvido, para la ciudad y para él. Y con el olvido llegaba la nada, porque el olvido es la verdadera muerte, y nada vive si no es recordado. Y Ebenezer, olvidado en su silla mecedora, emitió su último aliento en aras del viento, dándole fin también a la ciudad y a su recuerdo difuso por el tiempo. Y ese mismo aire gélido e indiferente, mudo testigo de su final, con él se llevó la esencia que también la ciudad olvidada por siempre tendrá…
Y así les llegó la muerte.
Y luego el olvido.
Y la nada al final…


lunes, 9 de noviembre de 2015

5 años


Este fin de semana pasado El Blog de Calavera cumplió 5 años. :)




Y aunque ya pasaron dos días, siento que no debo dejar pasar la fecha sin decir algo al respecto, sin conmemorarlo de alguna manera. Y digo esto porque cuando pienso en mi blog surge un sentimiento de culpabilidad, cuya explicación es tan sencilla como el hecho de que en 2015 solo haya publicado una vez, el 31 de marzo (el relato “El capitán Kauffman”).

Hace cinco años, el 7 de noviembre de 2010, no tenía muy claro lo que terminaría siendo el blog. Surgió de la entusiasta recomendación de algunos amigos de Ka-Tet Corp. de que lo creara para publicar mis relatos, y más tarde no solo sirvió para ello, sino que además dio cabida a reseñas literarias, crónicas de cacerías literarias (por llamarlo de alguna manera), y algunas entradas sobre música, conciertos y alguno que otro interés personal, entre ellos el poder aplicar mis conocimientos de diseño para crear un Blog con una diagramación y una imagen acorde a mi estilo y atractiva para los visitantes. La verdad es que el tiempo de trabajo en el blog siempre ha sido para mí un tiempo bien invertido, siempre me ha generado una satisfacción personal, incluso cuando nadie parece leer una entrada en la que trabajaste tres horas. Es como si lo que quiero expresar (generalmente en forma de relatos o reseñas literarias) fuera en buena parte para mí mismo, como una válvula de escape.

No obstante, el tiempo no todas las veces juega a favor. Sin querer, primero fui abandonando los blogs de mis amigos y luego el mío propio. He dejado de lado un poco la escritura, y todo esto en general me causa cierta tristeza. Pero así es la vida. Supongo que algo parecido le pasó a mi amigo Diego con su blog El Especialista Mike, que en su momento sirvió de inspiración para El Blog de Calavera.

En todo caso, con esta son 280 entradas, una cantidad considerable, y al menos me queda el consuelo de que en la mayoría de ellas (espero) hay cosas de interés que quedarán para la posteridad para quien desee leerlas. Cada persona que pasa por el blog, lee y comenta hace que el trabajo valga la pena. :)

Y bueno, a pesar de todo, espero poder ponerme al día de nuevo en algún momento, al menos con más relatos y más reseñas, de las cuales tengo tres en el tintero (también he leído poco este año). La literatura me apasiona y El Blog de Calavera es literatura. O, como dice la descripción de la fan page en facebook, “…es letras y rock and roll”.

Una vez más, muchas gracias a los que pasan por aquí a diario, a los ocasionales, a los de ahora y a los de siempre. Un saludo a todos ellos.

Un abrazo! ;)



martes, 31 de marzo de 2015

EL CAPITÁN KAUFFMAN



EL CAPITÁN KAUFFMAN

Por George Valencia



  
Hoy lo vi de nuevo.
Estoy seguro de que esta vez me habría impresionado profundamente desde un primer instante de no haberlo visto ya antes en otro par de ocasiones. Y aun así, aunque ya hubiese presenciado antes la visión de su cabeza cercenada, su cuello terminando en un muñón sanguinolento allí donde el hacha había realizado su trabajo de forma tan deficiente, su uniforme deshecho en harapos con la cruz de plata ya deslucida… aun así, repito, no pude evitar que un terrible desasosiego me embargara cuando lo vi atravesando el campo donde solía estar su casa en aquellos años de incertidumbre que precedieron a la guerra.
Conocía al hombre de vista incluso antes del periodo que pasamos en el ejército. Mi padre era un vendedor ambulante de Kitzen y puesto que yo solía acompañarle en sus correrías cuando no tenía clase en la escuela, con el tiempo fui conociendo a sus clientes casi tan bien como él, además de a los hijos y las esposas de estos. La casa del que más tarde sería capitán de la División 23, a la que yo fui asignado en Leipzig cuando comenzó la guerra, se hallaba en lo alto de una colina, coronando un campo de cultivo que había pertenecido a su abuelo y al que su padre había condenado al abandono a medida que la agricultura dejaba de ser rentable. Era una casa grande de madera, con chapiteles de estilo gótico y una cerca de hierro que se extendía desde su parte trasera a lo largo de toda la linde del campo, como unos gigantescos brazos metálicos abrazando el terreno de su propiedad.
La gente del pueblo le tenía cierta aversión, pero mi padre me había enseñado desde pequeño a hacer oídos sordos a las supersticiones y las creencias infundadas. Aseguraba, con ese optimismo jovial que siempre causaba una agradable impresión en la gente, que nosotros éramos hombres de mundo, y que los hombres de mundo no creían en tonterías.
Ahora, mientras el cielo comienza a clarear en el este sin que yo haya podido pegar ojo en toda la noche, me pregunto qué pensaría mi padre si hubiese sido testigo de esa cosa trastabillante, sucia y cubierta de sangre, atravesando el campo como si finalmente supiese su destino. Y le llamo «cosa» porque nada que se desplace a la una de la mañana, sin cabeza, despidiendo un hedor insoportable que se percibe a decenas de metros de distancia, puede ser llamado «persona». Me pregunto si mi padre consideraría a semejante visión como una simple superstición andante. Él, que no creía en leyendas, fantasmas, agüeros o maldiciones.
Aunque ya hubiese visto antes al capitán Kauffman deambulando por caminos secundarios a altas horas de la madrugada, seguía tratando de convencerme a mí mismo de que solo se había tratado del producto de mi mente cansada y somnolienta, de que esa silueta sin cabeza que se arrastraba perdida en medio de la oscuridad era solo una mala pasada de mi mente exhausta.
Pero hoy… Hoy fue diferente.
El capitán se hallaba en el campo donde antaño se encontraba su casa, avanzando de manera irregular a través de zanjas y matorrales. Su paso era lento y torpe, pero esta vez lucía una determinación que me heló la sangre. A pesar de su torpeza, esta vez no era solo un deambular sin rumbo. Maldita sea, ¡esa cosa sabía a donde se dirigía!
¡Estaba buscando su casa!
De cuando en cuando se detenía e inclinaba su torso. Se volvía a un lado y a otro, y aunque suene por completo descabellado, podría jurar por lo más sagrado que esa cosa profana estaba husmeando a su alrededor. Por momentos me daba la impresión de que estaba escuchando con atención, como si buscara orientarse de alguna manera que no alcanzo a comprender.
Y entonces proseguía su camino.
Por el amor de Dios, ¡el hijo de perra estaba muerto!
Un año antes del fin de la guerra el capitán Kauffman había sido apresado por un grupo de rebeldes polacos. Fue encerrado y torturado durante varias semanas, hasta que finalmente fue decapitado con un hacha roma y oxidada. Fueron necesarios cuatro intentos para conseguirlo, o al menos eso era lo que se rumoreaba entre los soldados tras encontrar su cuerpo en un arroyo a las afueras de Borsdorf, a un par de cientos de kilómetros del límite de Leipzig.
A esa altura su casa había sido reducida a cenizas. Gran parte de Kitzen, de hecho, había corrido la misma suerte, pero la zona en que se hallaba el campo propiedad de su padre había llevado la peor parte durante los ataques. De su familia no había noticias. Tal vez habían desaparecido junto con la casa, o quizá habían huido en medio de la noche antes de que comenzaran las explosiones. Sea como fuere, nunca se supo de su paradero, y el cuerpo del capitán fue enterrado junto con otras decenas de víctimas de la guerra sin mayores ceremonias, muy lejos del lugar que lo había visto nacer.
Más tarde vino el olvido, que, como decía mi padre, es la verdadera muerte, y finalmente el silencio.
El campo se llenó de hierbas malas, las cercas metálicas fueron invadidas por las enredaderas y el espacio negruzco lleno de tablones y vigas calcinadas donde alguna vez estuvo su casa, y que ahora lucía como un muñón carbonizado, comenzó a ser evitado por vecinos y forasteros.
Y fue entonces cuando regresó.
Una forma sin cabeza deambulando por el pueblo en medio de la madrugada como un viajero perdido que no lograra encontrar la dirección. Primero lo vi en un camino secundario a las afueras. El uniforme, acorde al rango que ocupara en vida en el ejército, era inconfundible. Una semana después, a eso de las dos de la mañana, lo vi a lo lejos en una explanada ubicada en la parte norte del cementerio municipal, donde se hallan enterrados tanto mis abuelos como los suyos. En dicha ocasión tuve más tiempo para observarlo con detenimiento, y por un momento hasta llegué a pensar que estaba buscando alguna tumba, presentimiento que me congeló el corazón. Entonces noté que lo que hacía realmente era dar vueltas en círculos, como si hubiese alguna interferencia que le impedía encontrar la salida. Pensé en acercarme y averiguar de qué se trataba, pero mi parte racional se impuso y no tardé en darle la espalda a ese horror andante al cual no terminaba de dar crédito para dirigirme con paso presuroso hacia mi casa.
Pero hoy… Hoy fue diferente.
Y en mi calidad de médico, acostumbrado como estoy a las imprevistas llamadas de medianoche que me llevan a recorrer caminos oscuros y solitarios, y a presenciar escenas que harían que el más valiente moje sus pantalones, puedo decir sin temor a equivocarme que lo que presencié fue real. Su postura, su forma de volverse hacia los lados como si percibiese algo, ese husmear de su cuerpo ensangrentado, como si a falta de su cabeza el resto de sus extremidades hubiese desarrollado otros sentidos ajenos a cualquier mortal, tomando consciencia de sí mismo y del lugar en que estaba.
Pero lo peor, lo que representó la culminación final del horror que me había embargado, fue darme cuenta de que el capitán Kauffman había notado mi presencia.
A pesar de que me encontraba a una distancia prudencial, cuando quise acercarme un poco más para tener una mejor posición, pisé sin querer una rama seca que se quebró con un sonido que hendió la noche como un estruendo. En ese instante pude distinguir cómo esa cosa se volvía hacia mí, sus músculos putrefactos produciendo un sonido acuoso y antinatural, y fue como si clavara en mí sus ojos vacíos, aspirando el aroma de mi miedo con sus fosas nasales inexistentes, escuchando mi respiración agitada con unos oídos que hacía tiempo eran pasto de los gusanos.
Estiró una mano hacia mí, señalándome. Era una noche sin luna, pero a la tenue luz de las estrellas pude ver con demencial nitidez sus amarillentas uñas llenas de tierra negra.
Fueron segundos eternos de conmoción, que se vio incrementada cuando escuché la gutural pero inconfundible voz en mi cabeza.
—«Venga acá, cabo Breuer…»
Una corriente fría recorrió mi cuerpo, atenazando mis músculos y acelerando mi corazón hasta el límite.
—«Venga acá…» —repitió el capitán—. «Es una orden…»
Luego huí. Huí sin mirar atrás.
No tengo noción del tiempo que ha transcurrido. Solo sé que, aunque el sol está pronto a salir, esta noche parece haber durado mil años. En algún momento, presa de un impulso inesperado, decidí poner por escrito lo que vi, y cada una de estas líneas que tal vez nadie llegue a leer me ha costado horrores, porque con cada una de ellas siento el eco de esa voz de ultratumba resonando en mi cabeza, como una cacofonía maldita que se niega a desaparecer.
¿Es posible perder la cabeza en cuestión de unas cuantas horas?
He perdido la cuenta de las veces que me lo he preguntado a lo largo de esta noche eterna. Y es que, a fin de cuentas, ¿qué es exactamente la cordura? Tal vez alguien con más conocimientos que yo pueda dar una explicación racionalmente académica, con bases bien fundamentadas y un criterio sólido y creíble. Pero cuando una voz que no es de este mundo habla en tu mente, llamándote por tu nombre, mientras una mano corrupta te señala con un dedo que ha sido consumido por la putrefacción, esa misma cordura se presenta como una criatura vulnerable que camina por la cuerda floja en riesgo permanente de perder el equilibrio y precipitarse en el abismo de la locura.
Un abismo del que no existe regreso.
¿Cuántas veces hemos escuchado hablar de maniáticos que recuperaron la cordura? ¿Cuántos locos desquiciados han logrado salir del sanatorio para volver a sus vidas corrientes y racionales?
Si los ha habido, yo no conozco el primero.
No… Por supuesto que no… La tierra de la locura no posee caminos de regreso. La ruta que conduce a ella va en una sola dirección.
Lo sé. Claro que lo sé. Estoy tan seguro de ello como del sonido que escucho ahora mismo proveniente de la puerta trasera, la que comunica con la cocina, la misma en que se halla la mesa ante la cual me encuentro sentado escribiendo estas palabras que cada vez se parecen más a garabatos incomprensibles. Es un sonido inconfundible. Es el sonido que producen las uñas al arañar la madera. Es el sonido de la muerte llamando a tu puerta. Porque la muerte no golpea, ¿sabes? La muerte araña. Y es un sonido que parece estar también dentro de tu cabeza, en las paredes internas del cerebro, como si fuese allí adonde realmente quisiese entrar.
Aún conservo mi arma de dotación de la época en que presté mis servicios al ejército. Es una Luger, y hace un rato la saqué del lugar en que permaneció guardada por años. La desarmé, limpié y aceité sin saber exactamente por qué lo hacía.
Ahora lo sé.
Es mi salvoconducto a la cordura.
Es mi boleto de permanencia en la tierra de la racionalidad.
Porque esa cosa que llama ahora a mi puerta es la locura personificada. Porque ¿de qué otra manera puede ser llamada la muerte cuando decide volver del más allá, sean cuales sean los motivos, blasfemando con su presencia contra las leyes de la naturaleza? ¿Cómo más puede ser denominada esa cosa sin vida que deambula al amparo de la oscuridad, esa forma decapitada que aún conserva las medallas pegadas en la pechera de su uniforme? ¿De qué otra manera se le puede denominar?
Locura.
Eso es.
Locura…
Allí está… Ha conseguido abrir la puerta y ahora se halla frente a mí. Su hedor es tan penetrante que apenas puedo razonar o juntar dos ideas coherentes. El muñón informe en que termina su cuello expele a ratos pequeños borbotones de sangre negra y hedionda, y a pesar de ello siento su mirada sobre mí, casi puedo ver sus ojos inyectados en sangre observándome fijamente, exigiendo la obediencia que inspiraban en vida con una irrefutabilidad acrecentada por la muerte.
Ha venido por mí.
Lo veo en sus ojos inexistentes.
Aceptar su llamado es aceptar la locura. Es dar el primer paso hacia esa tierra del no retorno.
Ya es suficiente.
No me tendrá.
No obtendrá mi obediencia.
No es el camino que quiero elegir, aunque mis actos hayan conllevado directa o indirectamente a su detención, tortura y posterior asesinato.
La cosa da un paso en mi dirección, estirando una vez más su mano de uñas resquebrajadas por la putrefacción. Sus movimientos se ven acompañados por ese sonido indefinible que me pone la carne de gallina.
Es el ruido de la descomposición.
—«Breuer» —escucho en mi cabeza, y mi mano derecha, que sigue aferrada al lápiz, escribiendo frenéticamente en una especie de trance, parece recibir la orden de mi cerebro como un ramalazo de energía.
Es el fin…
Observo la Luger…
Es eso, mi cordura incluso más allá de la muerte, o la locura que permanece ante mí en muda expectación.
Para mí solo hay una elección…
Casi puedo sentir desde ya el sabor ferroso del arma en mi boca…
Es ahora o nunca…
Debo soltar el lápiz…
Coger la Luger…
Y…




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