jueves, 9 de agosto de 2012

BIFURCACIONES / Capítulo IV



BIFURCACIONES

Capítulo IV: Los Salcedo




1

Sí, vaciados. Así parecían los Salcedo.
Era como si, más que matarlos, les hubiesen arrebatado la fuerza vital con un potente extractor hasta convertirlos en muñecos desinflados y grises. La piel lucía reseca, agrietada, el cabello ralo, las ropas deshilachadas y sucias. Los cinco miembros estaban en los huesos, con la cabeza baja y sus rostros hundidos e inexpresivos. Parecían momias, en efecto, pero de una clase que habría hecho perder la cabeza a cualquier arqueólogo.
Pero lo peor eran los ojos.
Miraban sin ver más allá de Óscar, la mirada fija y opaca, amarillenta, muerta, pero que aún así conservaba algo, como una expresión de horror que no había desaparecido ni siquiera con la muerte. Todos parecían guardar en sus ojos el reflejo de lo que habían visto, de lo que les había tocado en desgracia vivir. Había terror, miedo, tristeza… y tal vez impotencia. Impotencia por haber muerto sin haber podido hacer algo para evitarlo.
Óscar no supo cuánto tiempo estuvo observando sobrecogido a los Salcedo. El tiempo había adquirido un significado nuevo en ese lugar, y su mente, en ese momento un lienzo en blanco con la palabra muerte pintada en rojo, no estaba capacitada para razonar. Pasaría un buen rato para que regresara de ese estado casi catatónico, y cuando lo hizo poco importaron el hambre, el dolor y la sangre que manaba por su brazo derecho. Poco importaron, de hecho, los pantalones mojados. La realidad había dado para Óscar una vuelta de tuerca irreversible.
Y lo que le hizo tomar consciencia una vez más del lugar en que se hallaba, lo que logró que su mente comenzara a funcionar de nuevo después de ese horrible lapsus, también le hizo pasar del horror y el miedo a una profunda conmoción. Quizá fue precisamente ese cambio de sensaciones el que consiguió que se calmara y fuera él mismo de nuevo. En todo caso, si en un comienzo los Salcedo le produjeron un terror indecible, ahora le despertaban, inesperadamente, un sentimiento de compasión que el antiguo Óscar Ceballos nunca habría experimentado.
No lograba imaginar qué le había sucedido a la familia —pensar tan siquiera en ello podía enloquecerle de nuevo—, pero debía de haber sido algo horrible, algo lento y prolongado, tanto como para que los padres, el joven y los dos pequeños murieran cogidos de las manos.


2

Óscar trató de incorporarse otra vez, sintiendo el escozor de la herida en su brazo pero sin prestarle mayor importancia; no parecía un corte delicado.
Había decidido que no solo haría lo posible por salir cuanto antes de allí sino que además, una vez libre, llegaría al fondo de todo. Una familia no podía ser víctima de semejante… horror… sin que alguien pagara por ello. Algo así no podía quedar impune. Él tenía las herramientas para hacer algo al respecto, y lo haría.
Se acomodó y se impulsó hacia delante hasta quedar sentado.
Y allí estaba observándolo, impasible, también sentado. El perro.
Se hallaba en el vano de la puerta por la cual había entrado. Era el mismo con el que se había topado en el camino, y Óscar lo miró con inquietud. Había algo en la escena que le ponía los pelos de punta. Era un simple animal como cualquier otro, sí, pero pensaba que, por alguna razón, no debía estar allí. No era normal; no era correcto. El perro lo estudiaba atentamente. Parecía estar preguntándose qué hacía ese tipo gordo y desaliñado allí abajo. No jadeaba ni tenía la boca abierta, lo cual era raro, aunque sí se relamía el hocico de cuando en cuando.
El can desvió la mirada hacia los Salcedo, y eso a Óscar se le antojó aún más extraño. Después lo miró a él y, en una especie de descabellada repetición de la escena del camino, el perro soltó un único ladrido, se incorporó, volteó el rabo y desapareció por el umbral de la habitación. Solo que esta vez no era como si hubiera dicho “¿Cómo te va, colega?”. Parecía más bien un “No te muevas, colega, iré a buscar a ayuda”. Era una locura. Pero el comportamiento del animal era en sí mismo una completa locura.
No obstante, Óscar se preguntó si en realidad el maldito can no había estado vigilándolo, acechándolo. A lo mejor lo que había dicho, si es que un ladrido podía considerarse de esa manera, era “Será mejor que no te muevas de aquí, colega, si no quieres que te muerda”.
Una cosa de locos.
Óscar se preguntó si no habría perdido ya la cabeza, y le restó importancia.
Grave error.


3

Cuando logró ponerse en pie descubrió complacido que el armatoste era lo suficientemente pesado, firme y mellado como para ayudarle en su tarea.
No perdió ni un segundo y, dándole la espalda, comenzó a mover las manos arriba y abajo, royendo con fuerza la cuerda contra el borde del esqueleto de la lavadora. Las ataduras eran más gruesas y firmes de lo que esperaba y muy pronto estuvo bañado en sudor.
Los Salcedo eran una triste compañía, pero también un incentivo para salir de allí, y Óscar los observaba impávido mientras trabajaba. El silencio, apenas perturbado por el roce de la cuerda contra el metal, era opresivo. Óscar seguía empeñado en su labor, cavilando ya si podría salir por las puertas dobles o si tendría que deslizarse por una de las estrechas ventanas que comunicaban con el exterior. Le era imposible saberlo, no con las manos a su espalda, pero la cuerda era resistente y apenas había logrado hacerle mella después de casi un cuarto de hora. Los músculos de los brazos comenzaron a dolerle, y se vio obligado a detenerse un momento.
Se apoyó contra la lavadora, respiró hondo y cerró los ojos. Una vez más, las cosas no salían como esperaba.
Los abrió de nuevo, y de inmediato percibió un cambio en la habitación. En un comienzo no supo definirlo, así que miró a su alrededor, inquieto. Se sentía observado. Tenía esa leve sensación de hormigueo en la nuca típica de cuando alguien está mirándote sin que lo veas. Pero no había nadie con él en el cuarto. Nadie a excepción de los Salcedo, desde luego. Pero ellos estaban muertos. Los miró, y la niña le devolvió la mirada. Había levantado la cabeza y lo observaba con una expresión suplicante que a Óscar le congeló el corazón. Retrocedió instintivamente, tropezó y cayó sobre una vieja mesa plegable que se volcó derribando otros objetos y produciendo un estruendo que sonó como una avalancha en el sepulcral silencio del sótano. Óscar terminó en el suelo, lastimándose la herida del brazo y mirando desde allí, apenado y horrorizado al mismo tiempo, a la niña que le seguía con la mirada desde el extremo izquierdo del grupo familiar, aferrada aún con la mano derecha a su hermano mayor.
En ese momento inhaló profundamente, como un náufrago que sale a flote después de haber estado a punto de ahogarse, y su respiración produjo un sonido débil y sibilante, como el de un moribundo. Óscar se dio cuenta de que el mero hecho de respirar le había representado un esfuerzo enorme a la niña, a todas luces sin el menor asomo de energías para moverse. Sus pequeños pulmones fueron expulsando el aire lentamente, y los últimos resquicios de vida parecían ir diluyéndose con él. Óscar no podía concebir cómo una persona en ese estado, encima alguien tan vulnerable como una pequeña niña, podía haber seguido aferrada a la vida de esa manera. Era como si todo ese tiempo hubiera estado en trance, en un estado de coma más cercano a la muerte que a la vida, y la presencia de Óscar la hubiera despertado para realizar un último intento de redimirse.
Sus labios arrojaron un leve asomo de movimiento, sus ojos, bellos en otro tiempo y ahora encerrados en esas cuencas oscuras y grisáceas, con sus mejillas hundidas y acartonadas, se abrieron aún más, y Óscar se dio cuenta de que la pequeña intentaba decirle algo pero que no tenía el más mínimo aliento para hacerlo. Se sintió desmoronado e impotente al verla así, más aún por estar físicamente impedido para hacer algo y mentalmente disminuido como para hablar con ella y transmitirle una palabra de consuelo que al menos le permitiera partir en paz.
Pasado un minuto que se le antojó imposiblemente eterno, la niña respiró de nuevo, con ese sonido débil e irregular, y con el movimiento Óscar distinguió unas pequeñas heridas en la base de su cuello. Eran dos pequeños orificios, muy juntos, y con un rápido vistazo comprobó que había unos iguales en los cuellos de los demás miembros de la familia.
La niña retuvo el aire unos instantes, y mientras, inclinando la cabeza, rendida, su esencia vital desaparecía con esa última exhalación, Óscar se dio cuenta con una inconmensurable tristeza de que la pequeña había estado todo el tiempo aferrando con la mano izquierda una sucia muñeca de trapo.
El sótano se iluminó repentinamente y Óscar pensó en el alma de la pequeña niña/momia, que había luchado hasta el final, arrojando un último destello antes de desaparecer para siempre de este mundo.
No le habría sorprendido ver una lágrima deslizándose por el rabillo de los ojos apagados de la niña, pero ni siquiera eso era posible. Porque tal como había pensado en un primer momento, aquellos cinco seres habían sido vaciados.
Así que fue él quien la derramó. Una lágrima solitaria, derramándose por la curtida mejilla del abogado más exitoso de Gil & Cía. Asociados. Un lamento de un hombre que no estaba acostumbrado a sentir compasión.
Un réquiem por la última sobreviviente de la familia Salcedo.


4

Óscar no tuvo tiempo de reponerse.
Habría querido dedicarle un último pensamiento a la pequeña, una última palabra de despedida, aunque ya fuese demasiado tarde, pero no hubo tiempo para ello.
La repentina iluminación que viera hacía unos instantes había sido en realidad las puertas del sótano abriéndose y cerrándose un momento después. Óscar no sintió el sonido de los pies bajando por las escaleras de madera, mucho menos las pisadas que se acercaban sigilosas, así que cualquier línea de pensamiento que hubiera podido concebir fue interrumpida de repente cuando alguien habló desde el umbral de la habitación, a su espalda:
—Veo que ya has conocido a los Salcedo.
Era una voz cascada, cadenciosa y lúgubre.
Era la voz de la anciana.
Óscar lo supo incluso antes de verla.
—Siento no haber estado aquí para hacer las presentaciones de rigor. Espero sepas perdonarme semejantes modales.
La vieja rio, y a Óscar se le antojó una risa demasiado parecida a los graznidos del cuervo. Sintió que se le destemplaban los dientes.
Se acomodó con rapidez, arrastrándose trabajosamente hacia el rincón de la habitación, lejos del alcance de la anciana. Sabía que era vulnerable, pero poco más podía hacer. Observó a la niña, esperando ver alguna reacción ante la recién llegada, pero no había duda de que su existencia había finalizado para siempre.
La vieja chasqueó la lengua, divertida, y Óscar la miró, estudiándola atentamente por primera vez. A la mediana luz del recinto, lucía aún más vieja de lo que recordaba. Su rostro ceniciento era una red de arrugas interminable y su cabello canoso era increíblemente largo y enmarañado. Tenía un vestido desteñido y deshilachado en los faldones, y Óscar pensó que era una suerte que no estuviera desnuda de nuevo. Una incipiente joroba la hacía lucir chata y deforme, pero parecía cualquier cosa menos débil o enclenque. Era vieja, sí, viejísima, pero sus huesos eran firmes y sus músculos resistentes.
Estaba descalza, y Óscar pudo ver unas uñas largas y negras que le hicieron pensar en un ave de rapiña.
Pero lo que más le perturbó fueron los ojos. Eran unos ojos lozanos que brillaban con singular intensidad. No eran como los recordaba de la primera vez que la vio. Fue eso, más que cualquier otra cosa, lo que le asustó, no obstante lo cual reunió fuerzas para plantarle cara disimulando su turbación.
—¿Qué es lo que quiere de mí? —preguntó sin más preámbulos.
La anciana lo miró, impasible.
—Qué pregunta… —dijo—. La verdad es que aún no lo he decidido. Estaba a punto de irme cuando apareciste. Supongo que ya se me ocurrirá algo.
—¿A qué… a qué se refiere? —tartamudeó Óscar.
—Ya te lo he dicho. Aún no lo decido.
—¿Qué tal si me suelta —sugirió—, yo me voy por donde vine, y nos olvidamos de todo este asunto?
—¡Vaya, vaya! —se burló la vieja con su voz cascada—. ¡Qué creativo!
—Es una idea —quiso congraciarse Óscar. Podía ser una forma de ganarse a la anciana y lograr que lo liberara.
Desvió la vista sin querer hacia los Salcedo, incómodo. Ella lo notó, y asintió para sí.
—Fueron muy hospitalarios —comentó—. Una bonita familia. —Sonrió con expresión triste, y cualquiera habría dicho que de verdad lamentaba su muerte—. Me trataron muy bien. Pero ya sabes, uno debe hacer lo que tiene que hacer. Es inevitable.
Óscar no quiso imaginar de qué se trataba.
—Podría imitarles y ser hospitalaria conmigo —acotó amagando una sonrisa—. Nunca es tarde para los buenos modales.
La anciana lo miró, y Óscar se arrepintió de haber querido pasarse de listo. Sus ojos lo observaron sin pestañear. Lo estudiaron de arriba abajo, y de pronto sonrió, y Óscar vio sorprendido que la vieja tenía una dentadura blanca y perfecta.
—Oh por Dios —dijo esta—, parece que alguien se ha hecho pis en los pantalones.
Óscar se sintió avergonzado y bajó la mirada. Por un momento fue otra vez el niño de doce años que se había orinado en los pantalones delante de toda la clase luego de que la pandilla de grandulones del salón le hubieran intimidado con aparato casero que supuestamente emitía descargas eléctricas. Al final resultó ser un descarado farol, pero para ese momento Óscar ya había hecho el ridículo. Era algo que lo atormentaría siempre, y en ese instante, con la vieja observándolo burlona y el nauseabundo hedor que despedían los cuerpos muertos de la familia Salcedo haciéndose más denso e insoportable, Óscar no pudo evitar sentirse como el crío tímido e inseguro que había sido alguna vez, mucho antes de que su madre le impusiera disciplina y le infundiera carácter a fuerza de golpizas y castigos.
—No pensarás hacerte de nuevo en los pantalones, ¿eh? —se burló la vieja, y prorrumpió en unas carcajadas de bruja que a Óscar le helaron el corazón.
—Yo… Yo no… —balbuceó con una voz que no era la suya—. No me haré de nuevo encima, lo prometo… Pero, por favor, déjeme salir…
La vieja asintió, y él pensó que de verdad lo iba a soltar, pero lo que dijo fue:
—¿Sabes? Creo que me quedaré otra temporada aquí, y tú me harás compañía. Me caes bien, Osquitar. Me simpatizas.
Óscar se preguntó si en algún momento le había dicho su nombre, y entonces la vieja se acercó, se agachó, agarró las cuerdas que sostenían sus pies, y comenzó a arrastrarlo fuera, hacia la parte principal del sótano.


5

El dolor de cabeza se incrementó de nuevo y llegó ahora en ráfagas más intensas que nunca. La nariz comenzó a escocerle y sus manos, que recibían la peor parte al ser arrastrado bocarriba por el suelo del sótano, empezaron a llenarse de cortes y magulladuras.
De nada sirvió que gritara y pataleara. La vieja lo sostenía con una fuerza inusitada y no atendía a ruegos ni súplicas. Lo llevó a rastras hasta una de las columnas de gruesa madera que sostenían el piso superior y allí lo sentó. Rápidamente lo agarró del cuello con una mano nervosa y fuerte, y Óscar vio horrorizado que sus uñas eran tan gruesas y largas como las de los pies. Acercó su rostro al de él y cuando habló el aliento de su boca fue un vaho más nauseabundo, si cabe, que el que se respiraba cerca de los cuerpos de la familia Salcedo.
—No te atrevas a moverte mientras me alimento —dijo con voz gutural. Se relamió los labios agrietados, y Óscar vislumbró una lengua negra y carnosa—. Si lo haces, vendré de nuevo y haré que te arrepientas. ¿De acuerdo?
Óscar se quedó tan quieto como pudo, sin apenas darse cuenta de que estaba conteniendo la respiración.
—¡¿De acuerdo?! —repitió la vieja, zarandeándolo, y él asintió—. Muy bien. Comenzamos a entendernos.
Lo soltó y desapareció a sus espaldas. Y en efecto, Óscar se estuvo quieto como un alumno aplicado.
Escuchó cómo la vieja caminaba por el sótano y supuso que había regresado a la habitación anexa en busca de algo. Se hizo el silencio, apenas quebrado por los jadeos de Óscar, y se extendió por unos minutos interminables. Tuvo tiempo para analizar su situación, pero no lo hizo. Su uso de razón se había ido de paseo, y al parecer era por una larga temporada. Solo una imagen titilaba en su mente como el aviso defectuoso de un restaurante.
Su auto.
Había dejado su auto al borde de un camino secundario.
Si había una pista más evidente que esa para que alguien diera con su paradero, a Óscar no se le ocurría cuál podía ser. Podía ver cómo Laura llamaba a la policía a reportar la desaparición de su esposo. No recordaba con claridad si le había mencionado que se dirigiría esa tarde, la anterior, a un pueblo del noroeste, pero creía que sí. Confiaba en que sí. Y se aferró a esa idea como un naufrago a una viga de madera.
Dadas las circunstancias, era su única esperanza.
Se permitió un respiro, pero entonces la vieja regresó.
Se plantó lentamente frente a él, con las manos en las caderas. Parecía enfadada. No obstante, su expresión mudó con rapidez al observar a Óscar.
—Adivina qué —le dijo, y cómo Óscar no pronunció palabra, continuó—: mi alimento ha desaparecido. —Pareció meditarlo y dijo—: Bueno, eso es un eufemismo. La verdad es que lo esperaba; por eso planeaba irme. Pero tú has cambiado la situación. Digamos que vendrías a ser algo así como un plato extra…
Una luz de comprensión se hizo en la mente de Óscar, tenue pero inconfundible. Tragó saliva, impotente, y cuando la vieja se acercó y comenzó a inclinarse a su lado, apenas si pudo encogerse en un instintivo gesto defensivo.
La anciana se arrodilló a su derecha y sosteniéndole la frente con la mano izquierda, en un movimiento fuerte y rápido que él apenas creyó posible en alguien de su edad, empujó su cabeza contra la dura viga de madera. Su sien aulló de dolor, pero solo por un instante, porque, sin apenas darse cuenta de lo que ocurría, en un santiamén tuvo a la vieja clavando unos dientes como agujas en su garganta.
Óscar quiso moverse, pero le fue imposible. De pronto se sintió petrificado, y sus fuerzas le abandonaron. Sintió cómo la vieja comenzaba a chuparle la sangre, como si fuese la vampira más vieja del mundo, pero era mucho más que eso lo que le extraía. Óscar lo supo.
Lo supo cuando comenzó a escuchar el inconfundible sonido de succión.


6

Se dejó llevar.
Nada podía hacer. Una fuerza invisible le atenazaba las extremidades, impidiéndole el más mínimo movimiento. Era como si la vieja la arrebatara las energías a sorbos. Y entonces fue su mente la que se movió, atando cabos aquí y allá.
Los Salcedo, vaciados hasta parecer momias resecas. La niña, observándolo suplicante, sosteniendo su muñeca de trapo, intentando transmitirle un mensaje que al final se llevó con la muerte. La vieja hablando de alimento…
Todo fue claro para Óscar. Horrorosamente claro. Y por si cabía alguna duda, el mensaje construido con imanes en forma de letras en la superficie de la puerta de la nevera destelló en su mente como un aviso publicitario. Bajo esa nueva y horripilante luz, el mensaje cobraba sentido. Porque era eso precisamente lo que estaba haciendo Óscar en ese momento. Escuchando ese sonido continuo de succión que producía la vieja, pegada a su cuello como una sanguijuela del infierno, extrayéndole mucho más que la sangre con cada sorbo.
“OÍR QUE ME MATA”.
Óscar fácilmente habría podido describir su situación con esas palabras. Entonces recordó, mientras la vista se le nublaba y la mente comenzaba a divagar incoherentemente, que al ver el mensaje en la nevera se había preguntado si era una amenaza o una advertencia.
Ahora dudaba de lo primero. Pero de ser así, ¿quién podía haber dejado esa advertencia? ¿Alguno de los Salcedo? Pero eso era imposible. A menos…
A menos que el espíritu de uno de ellos hubiera demorado su partida lo suficiente como para hacerlo…
Óscar se desvaneció.


7

Cuando volvió en sí la vieja estaba sentada frente a él, relamiéndose. No podía saberlo, pero apenas habían pasado unos minutos. La cabeza le dolía horrores, pero ya no a causa de su herida. Si bien se asemejaba a una resaca, ahora se trataba de una clase muy distinta de dolor. Se sentía sumamente débil y apenas podía pensar con claridad.
Miró a la vieja, y reunió fuerzas para hablar.
—¿Quién eres…? —preguntó—. ¿Qué eres…? —Y como ella permaneció callada, dijo—: Acaso eres…
—¿Un vampiro? —dijo entonces la vieja, sonriendo—. No, no lo soy. Aunque sé que debes de estar pensando que lo soy.
Óscar creyó ver menos arrugas en su rostro, y hebras negras en un cabello que hasta hace un momento era todo blanco.
—Soy mucho más que eso, Óscar Ceballos —continuó ella—, soy mucho más. En un tiempo respondí al nombre de Dolores, pero eso fue hace mucho. Tanto que a duras penas lo recuerdo. Fue antes de que me lanzara a los caminos. —Se quedó pensativa unos segundos, como si ahondar en sus propios recuerdos fuera algo inusual—. Me gusta pensar que soy más vieja que la muerte y el doble de fea, pero en realidad fui bella una vez. Hermosa…
Óscar la observó con detenimiento y, aunque estaba de acuerdo con su actual apreciación de sí misma, no le fue imposible vislumbrar lo que alguna vez fue. No con esos ojos vivaces y brillantes. Los ojos de una persona joven que aún conservaba las energías en plenitud. No obstante, no conseguía imaginar cómo había llegado a convertirse en lo que era ahora, una especie de…
—Caminante —terminó ella por él, y Óscar gimió aterrorizado—. Eso es lo que soy. Una nómada que va de aquí para allá, recorriendo los caminos solitarios, haciéndole compañía a los fantasmas. Y alimentándome, por supuesto. Una pobre vieja como yo necesita alimentarse, y no con cualquier tipo de alimento —dijo, y rio por lo bajo con un susurro que hizo que Óscar pensara de nuevo en ratas deslizándose por las paredes—. Alguien como yo necesita un alimento especial…
Lo miró fijamente, y Óscar supo que ahora él era su alimento. Antes lo habían sido los Salcedo, y más antes aún lo habían sido quién sabe cuánta cantidad de víctimas. Y ahora era él, como ella misma lo había definido, el plato extra en un banquete que había tocado su fin cuando él apareció caminando el día anterior bajo el inclemente sol.
—¡Y mira! —exclamó la vieja, como si nuevamente hubiera leído sus pensamientos—. Un plato extra, no del todo apetitoso pero sumamente rico en proteínas, que me ha sido puesto en bandeja de plata.
La vieja se puso en pie de un salto y se acercó nuevamente a él, poniendo su cara a un palmo de la suya.
—¿No te parece, Señorito Eficiente —le espetó con ese aliento pestilente que a Óscar le revolvía el estómago—, que eso es algo a lo que podías definir como “Pan comido”? ¡¿No te parece?!
Óscar la observó sin poder modular palabra.
—¡Ja! —rio la vieja, guiñándole un ojo—. ¡Ja! ¡Jaaaaaaaaaaa…!
La risa se convirtió en una carcajada, y la carcajada en una especie de graznido gutural que se extendió por todo el lugar como un pandemonio infernal. La vieja alzó la cabeza hacia el cielorraso agrietado del sótano, y aulló con todas sus fuerzas.
Óscar habría dado lo que fuera por taparse los oídos, pero sus manos permanecían atadas, y así seguirían hasta que terminara, Dios le asistiera, tan vaciado y gris como los Salcedo.
Pasado un rato que se le antojó eterno, la vieja pareció calmarse y arrodillándose de nuevo a su lado, le dijo:
—Me preguntas quién soy, ¿no es así? Qué soy… —Él la miró, impotente, asustado, desesperanzado—. No soy un vampiro, no. Tampoco una bruja. De hecho, las aborrezco. Hace mucho que olvidé lo que en realidad soy. No puedes ver pasar mil y una vidas ante ti sin que la memoria comience a fallar un poco. Tampoco soy un ente poseído, ni un demonio al servicio de Lucifer o de uno de sus vasallos. Pero sí soy todos ellos al mismo tiempo. Soy todas y cada una de las vidas que he absorbido, todas y cada una de las almas que me han servido de alimento, todas y cada una de ellas…
»Soy todas y una. Soy todas ellas, y soy yo.
»Así que si quieres darme un nombre, podrías llamarme Legión.



Continuará...



3 comentarios:

Sonix dijo...

¡Leído!
Ahora ya me he puesto al día y puedo continuar leyendo el relato al ritmo que lo vas publicando. :)

Calavera dijo...

Genial!! :D

Nuevamente muchas gracias por leerme, Sonix!!! :) Hoy publico el quinto capítulo, y desde ya te adelanto que es el penúltimo. ;D

:)

Juanito dijo...

Uhhh...
Tenebroso.
Dicifilísima la situación en que se encuentra Óscar.
¿Podrá escapar de "Legión"?
Quién sabe...
Muy, muy bueno, Calavera.
Sigo avanzando...
¡Saludos!

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