domingo, 17 de febrero de 2013

EN OTRO TIEMPO

El presente relato ocupó el 4to. puesto en el «Concurso Zombi», organizado el pasado mes de enero por la revista El Tintazo, la revista de literatura popular en español. 


EN OTRO TIEMPO





—John… Johnny… ¿Estás dormido?
—Mmmm… —murmuró Johnny desde algún lugar bajo las cobijas.
—¿Johnny?
—Mmmm…
—¿Estás dormido?
—¡Mmmierda! ¡Lo estaba, Eddie! —exclamó Johnny de repente, somnoliento y malhumorado—. Lo estaba hasta hace unos segundos. ¿Por qué siempre tienes que estar despertándome?
—Es que no puedo dormir —dijo Eddie sin mayores preámbulos.
—Y has decidido ser justo y equitativo despertándome a mí también, ¿no? —replicó Johnny incorporándose en la cama mientras se restregaba los ojos.
—¿Cómo dices? —Eddie, evidentemente, no entendía el significado de la palabra ironía.
—Olvídalo —dijo su hermano mayor estirando los brazos—. ¿Qué tienes ahora? Cuéntame. Johnny Vélez siempre está todo oídos para su hermanito menor.
—Es por lo que nos contó mamá anoche —confesó el pequeño después de un leve titubeo.
A juzgar por sus ojos enrojecidos, había estado llorando.
—Mamá Lauren nos contó muchas cosas anoche —terció el mayor.
Johnny nunca se dirigía a ella como «mamá», «ma» o «mami». Para él siempre había sido «mamá Lauren». Eso era porque en realidad no era su madre de nacimiento. Lauren había encontrado a Johnny vagando por las calles cuando tenía siete años, y aunque este la consideraba su mamá de verdad —hasta un niño de nueve años como Eddie sabía que la madre de verdad era la que te daba amor y sustento; no necesariamente la que te daba la vida—, a lo más que había logrado acostumbrarse era a llamarla «mamá Lauren».
—Lo sé —dijo Eddie—, pero ya sabes a qué me refiero.
Johnny lo sabía. Desde luego que lo sabía. Pero había tratado de eludir el tema haciéndose el desentendido. Cuando Lauren lo acogió y lo llevo a casa, Eddie apenas tenía tres años, y a pesar de su corta edad desde un comienzo Johnny había asumido una postura protectora para con su nuevo hermano. Sin embargo, en ese momento se dio cuenta de que sería inútil evadir el tema.
—Te refieres a los Otros. —No era una pregunta, por supuesto.
—Sí, a los… ya sabes…
—Sí, lo sé —dijo Johnny—. Pero lo que nos contó mamá Lauren es solo un rumor. El último de los Otros fue exterminado hace ya nueve años. Ni siquiera habías aprendido a caminar. Eras un crío de apenas unos meses. ¿Y quién sabe? A lo mejor se lo inventó, o la persona que se lo contó a ella se lo inventó, qué sé yo…
—Tengo miedo —anunció Eddie reprimiendo un escalofrío.
Eran casi las cinco de la mañana, y solo el susurro del viento en los aleros quebraba la quietud de la madrugada. En ese momento, la luz de una luna tardía se coló entre un cúmulo de nubes y sus rayos plateados se filtraron por la ventana entreabierta, creando alargados mosaicos con las sombras de las ramas de los árboles.
Eddie gimoteó.
Johnny sintió una mezcla de pesar y rabia. En ocasiones su hermano menor lo sacaba de quicio. No era esa la primera vez que lo despertaba en medio de la noche quejándose de una cosa u otra, y bien sabía que tampoco sería la última. Pero siempre trataba de recordarse que solo tenía nueve años, cuatro menos que él, y que a esa edad una sombra se convertía en una figura acechante, un crujido en los tablones del suelo era un ruido de ultratumba y la puerta abierta del armario un portal abierto a seres desconocidos.
Eran niños, se recordó, y los niños a veces sentían miedo. Era parte de la vida.
Un poco a regañadientes, Johnny se bajó de su cama y se pasó a la de su hermano.
—Córrete, colega. Hazme espacio. Vamos a charlar un rato.
Eddie hizo lo que se le pedía con una gran sonrisa en el rostro. Cuando Johnny decía «vamos a charlar un rato», significaba que en realidad era él quien iba a hablar, que se avecinaba una de las grandiosas historias de Johnny, marca registrada. A Eddie le encantaban, y siempre estaba ansioso por escucharlas. Johnny leía mucho, era sagaz, inquieto e inteligente, y sabía transportarte con sus relatos, tenía el tono de voz adecuado, y sabía imprimirle el suspenso necesario que exigía cada pasaje del relato. Cada vez, Eddie no podía dejar de mirarlo con los ojos desorbitados, absorto en la narración. En el fondo, quería ser como su hermano mayor, aunque este apenas le llevara cuatro años.
Una vez estuvieron ambos acomodados en la cama de Eddie, cada uno con su respectiva cobija, Johnny comenzó a hablar.
—¿Sabías que mamá Lauren estuvo al frente de un grupo que acabó con gran parte de los Otros que poblaba esta ciudad?
Eddie, como era de esperarse, abrió los ojos como platos.
—Así es, Eddie. Me lo contó una vez. Supongo que ahora que soy mayor…
—Solo tienes trece… —interrumpió Eddie.
—Casi catorce —contraatacó Johnny—, y soy maduro para mi edad. De todas formas, creo que quería contárselo a uno de los dos y tú aún no tienes la edad suficiente. De hecho, creo que prefiere mantenerte al margen del tema. No sé por qué. Así que ni se te ocurra hablarle de lo que te voy a contar, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —aceptó Eddie.
—Pacto entre hermanos —dijo Johnny alargando el dedo meñique.
—Pacto entre hermanos —repitió el menor, enganchando el suyo propio con el de Johnny.
Una vez hecho el juramento, este último prosiguió.
—Bueno, supongo que has oído hablar del Virus.
—Un poco —confesó Eddie—, pero solo de oídas.
—A decir verdad, yo tampoco lo tengo muy claro. Pero sé que ocurrió de repente una tarde de finales de octubre de hace diez años. En ese entonces yo solo era un mocoso de tres, y no recuerdo nada de nada. Mis recuerdos de aquella época son confusos. Solo tengo una imagen de mí mismo deambulando de grupo en grupo y de mano en mano, huérfano, berreando a más no poder todo el tiempo. Creo que podría haberme convertido en un retrasado mental o en un catatónico…
—Cata ¿qué? —interrumpió nuevamente Eddie.
—Catatónico. Es algo parecido a lo que te pasa a ti cuando ves la tele.
Eddie rio, entendiendo a qué se refería su hermano, y lo animó a proseguir.
—Ese podría haber sido mi destino —continuó Johnny—, de no ser porque, cuando tenía siete años, escapé del refugio en que vivía y comencé a vagar sin rumbo.
—¿Te fugaste? ¿Con solo siete años?—preguntó sorprendido el menor.
—Sí —asintió su hermano—. Comprenderás que, aún cuatro años después, y aunque habían pasado tres años desde que los Otros fueran exterminados, todo permanecía envuelto en el caos. Había mucha desorganización. Ibas de refugio en refugio, de un lugar a otro, sin asentarte definitivamente en ninguna parte. Corrían rumores de sitios mejores que siempre quedaban en nada, así que fugarme esa noche fue lo mejor que pude haber hecho, aunque no recuerdo por qué lo hice. Dos días más tarde, mamá Lauren me encontró hurgando en un bote de basura en busca de comida, un chiquillo sucio y andrajoso. Y hambriento. Muy hambriento. Me encontró, y me trajo a casa…
—¿Y dices que mamá comandaba uno de esos grupos?
—A eso iba, Eddie, a eso iba. Mamá Lauren era la líder de un grupo llamado Nuevo… Nuevo algo… Ahora no lo recuerdo… Yo nunca conocí cualquier cosa que se le parezca. Las manadas por las que pasé eran simples salvajes sin Dios ni ley que se dedicaban a hacer lo que les venía en gana. Eso fue antes de que grupos como el de mamá Lauren pusieran algo de orden y la ciudad retornara medianamente a lo que había sido alguna vez. Eso lo sé de oídas, desde luego, porque no recuerdo casi nada del mundo antes del Virus.
—¿Y mamá mató a muchos de los Otros?
—Así es. Su primer gran golpe, como ella misma lo definió, fue en el Centro de Convenciones. ¿Recuerdas las ruinas que te enseñé el otro día?
—Sí —asintió Eddie con aire concentrado.
—Allí fue donde eliminó a los primeros. Pero ese fue solo el primer golpe de muchos que daría durante el siguiente año. Al comienzo, según me contó, fue muy difícil, pero los Otros no contaban con nuestra sagacidad y planificación, y muy pronto fueron cayendo por todas partes. Por supuesto, todos los medios de comunicación colapsaron después del Virus, pero casi un año y medio después pudieron restituirse por completo las conexiones, y fue ahí cuando no enteramos de que en las grandes ciudades del mundo el mal también había sido diezmado, de manera lenta pero infalible.
»Fue un gran día, me contó mamá Lauren, y como tal lo festejaron a lo largo y ancho de la ciudad y del país.
—¿Pero cómo puedes estar seguro de que no van a regresar?
—Porque, créeme, todos fueron aniquilados.
—¿Y si nos ataca otro Virus? —inquirió Eddie, asustado.
—A los Otros los afectó de una manera muy diferente, para bien o para mal —lo tranquilizó Johnny—, y sea lo que sea que haya pasado, todo eso quedó atrás. No creo que vuelva a suceder. Al menos no de esa manera.
—Si tú lo dices —dijo el pequeño no muy convencido.
—Mira, Eddie, no te voy a negar que fue algo horrible. Mamá Lauren me ha contado algunos detalles. En cierta forma, deberíamos estar agradecidos de que no tengamos recuerdos de todo ese apocalipsis. ¿No te parece?
—Si tú lo dices —repitió Eddie.
Johnny se quedó mirándole, buscando la forma de tranquilizarlo.
Se le ocurrió una.
—¿Sabías que tú ya estabas en el vientre de tu madre cuando ocurrió lo del Virus?
El pequeño abrió la boca, sorprendido.
—Así es —continuó el mayor—. Mamá Lauren combatió con todos esos seres estando en embarazo. Fue una guerrera. De las que hacen historia. Así que tú has heredado esa fuerza, estoy completamente seguro.
—¿Tú crees? —preguntó Eddie más animado.
—Pues claro —le aseguró su hermano—. ¿Alguna vez te he mentido?
—No, jamás.
—Bueno, esta no es la excepción. Edward Vélez será un tipo de cuidado, te lo digo yo. Ay de quienes se metan con él.
Y le guiñó un ojo con aire cómplice.
Eddie se hinchó de orgullo. La aprobación de su hermano era muy importante para él. No por nada quería ser como Johnny.
—¿Quieres que te cuente otra historia? —propuso este de pronto.
—¡Sí! ¡Otra! —no se hizo esperar el pequeño, emocionado.
—¿Oíste hablar alguna vez de un pueblo llamado Soledad?
—No, nunca.
—Pues no es un pueblo cualquiera.
—¿Ah, no?
—No. Soledad es un pueblo fantasma.
—Uaaauuu… —susurró Eddie, arrebujándose nuevamente entre las cobijas.
—En otro tiempo —comenzó Johnny—, cuando aún era un pueblo pujante y próspero, ocurrieron una serie de incidentes que cambiaron su historia para siempre. Bueno, a decir verdad, todo había comenzado desde mucho tiempo atrás, pero nadie lo sabía. La historia que te voy a contar gira alrededor de una familia. La familia Benavides…
No importó que la noche diera paso al día mientras los chicos hablaban, mientras Johnny contaba su historia y su hermano menor lo acribillaba a preguntas cada tanto. Y cuando el sol salió y los primeros rayos iluminaron la habitación ellos apenas se dieron cuenta.
Eran casi las siete de la mañana cuando su madre entró a la alcoba que ambos compartían desde que Johnny llegara a la casa. No le sorprendió encontrarlos despiertos y charlando animadamente.
No era la primera vez.
—Será mejor que se apresuren si no quieren llegar tarde a la escuela —anunció con una autoridad no exenta de cariño.
Ambos estudiaban en el horario de la mañana, entre las siete y treinta y la una de la tarde, y tal como Lauren les acababa de decir, estaban justos de tiempo.
—No tarden. El desayuno está servido.
—Sí, mamá —dijo Eddie.
—Sí, mamá Lauren —dijo Johnny.
Y ambos se apresuraron a levantarse.
Una vez aseados y vestidos, bajaron rápidamente las escaleras, cruzaron el pasillo y entraron a la cocina.
El olor agrio y penetrante proveniente de los platos servidos hizo que se les hiciera agua la boca, y comenzaran a salivar, ansiosos.
Ambos intercambiaron una mirada rojiza y legañosa, y preguntaron:
—¿Qué hay de comer?
Ya lo sabían, pero esa era la costumbre.
—Lo de siempre —respondió su madre desde el fregadero sin voltearse a mirar.
Esa también era la costumbre.
Las tripas rugieron en el vientre de los chicos, y los rostros violáceos se encogieron con una mueca de avidez, enseñando unos dientes amarillentos en una sonrisa felina.
Cuando lanzaron la exclamación, presas del hambre, lo hicieron al unísono con voz átona y monocorde:
—¡Cerebrooooo!






4 comentarios:

Raúl Omar García dijo...

Con guiños a Nuevo amanecer y a Bienvenidos a Soledad, hiciste un relato que sale triunfante gracias a ese final sorprendente, el cual me hizo sonreír al borde de soltar una risotada.
Gran trabajo.
Saludos.

Juanito dijo...

¡Qué buen final, Calavera! Completamente inesperado, da un giro de ciento ochenta grados a toda la historia, y nos deja boquiabiertos volviendo a repensar todo lo leído en nuestro interior, para así comprender la verdadera naturaleza de "En otro tiempo".
La relación entre los hermanos, ideal, muy bien diagramada.
Me encantó, George.
¡Felicitaciones!

Clayton dijo...

Buen relato Calavera, el manejo de personajes me ha gustado mucho. Aunque es corto en extensión, no pierde ritmo.
Saludos!

Calavera dijo...

Muchas gracias a todos por sus comentarios!!! :D

Me alegra que les gusta el relato y, en el caso de Raúl, me agrada muchísimo que pillaras los guiños! ;)

Saludos!!

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