jueves, 16 de diciembre de 2010

LA LIBRERÍA

Este relato fue publicado originalmente el 11 de noviembre de 2009 en Ka Tet Corp., y me siento muy orgulloso de él porque fue mi primer relato. Antes de ello sólo había escrito un micro relato, que publiqué hace poco en el blog, titulado NADIE, y una novela larga (mi primera incursión en el mundo de las letras) que empecé hace ya varios años y que se encuentra algo estancada.

El origen del relato en sí es curioso, en mi opinión. Se me ocurrió de repente un día en el que me desperté a las 3:30 de la madrugada. (Parece ser que las tres de la mañana es una hora llena de misterios.) Estuve casi una hora despierto, creando el relato, al final de la cual ya tenía incluso el final en mente. Al día siguiente empecé a escribirlo y me fluyó con rapidez, cosa que no todas las veces me sucede.

Ahora, poco más de un año después, he realizado algo que tenía pendiente hace varios meses: una nueva revisión. Guardaba una copia del relato original que había sido corregida por un amigo que conocí en el trabajo, el poeta y escritor Hernando García Mejía (una amistad muy valiosa, en realidad). Esta semana por fin pude sacar el tiempo para añadir más notas y rayones a los que Hernando le había hecho a la copia. Así que ahora, un año después, repito, mi primer relato ha sido exhaustivamente revisado y corregido de nuevo.

Viéndolo bien, podríamos estar hablando de una ¡¡¡Edición Revisada de Aniversario!!! :D

Espero que le den una oportunidad y lo lean. Les prometo que se divertirán un rato, o me dejo de llamar Calavera. ;)

Sin más, los dejo con...



LA LIBRERÍA





1

El Centro Comercial del Libro y la Cultura se hallaba atestado de gente, y los consabidos regateos entre clientes y vendedores por el precio de los libros inundaban el ambiente. Felipe Vélez se abrió paso entre la apretujada multitud en busca de un local mediamente desocupado. Pero para su sorpresa, ese día todos parecían exceder el límite normal de personas esperando ser atendidas.
El pequeño centro comercial constaba de un ancho portón de entrada de unos veinte metros de ancho, por el cual se abrían cinco pasillos, con estrechos locales a cada lado, que desembocaban a su vez en un pasillo perpendicular que los unía a todos. Nada del otro mundo. No obstante, era el lugar idóneo para conseguir toda clase de libros: nuevos y usados; literatura y libros escolares; desde verdaderas joyas hasta libros piratas. Era la primera vez que visitaba el lugar, a pesar de que cualquier ciudadano ligeramente entendido lo conocía. Pero Felipe era un poco corto de entendederas, o por lo menos eso solía decir su madre.
Se quedó en medio de uno de los pasillos mirando impotente a su alrededor, sin saber qué dirección tomar. Decidió dar una vuelta y echar un vistazo. Tal vez encontrara un local menos concurrido, porque los demás eran una locura.


2

Esa mañana, su esposa más que pedido, le había ordenado que le buscara un libro a su hija en el centro de la ciudad. Descubriendo las Matemáticas, 6º grado, rezaba el pequeño papel garabateado que Felipe apretaba en su mano como si de un talismán se tratase. Una tarea sencilla, pensó él; y cuando al mediodía se tomó un descanso para almorzar, aprovechó el tiempo y fue a comprarlo en el almacén de cadena más cercano. Resultó que los precios de los libros escolares estaban por las nubes, y ellos no se encontraban en la abundancia precisamente. Viendo su cara de pesadumbre, la joven que lo atendió le aconsejó darse un paseo por las librerías de segunda mano.
—Tal vez lo encuentre allí a menos de mitad de precio —le dijo en un susurro confidencial mientras le giñaba un ojo—. Queda en el Pasaje de la Bastilla, a menos de tres cuadras de aquí.
Felipe le agradeció con una sonrisa y se encaminó rápidamente hacia el sitio indicado. 


3

Era ya más de la una de la tarde y Felipe seguía sin obtener ningún resultado. El centro comercial era un caos. Las clases ya habían iniciado y muchos padres afanados seguían intentando abastecer a sus hijos de los libros escolares, al mejor precio posible. Todos pasaban a su lado sin determinarlo, inmersos en sus asuntos.
Se hallaba ahora al final de pasillo del extremo izquierdo, tomando como referencia la entrada del pasaje, luego de haber zigzagueado por todo el lugar. Su madre tenía una frase para estos casos; ella solía decir: “aquí no hay arrimadero”. Así que algo desanimado decidió volver al día siguiente, con más tiempo, aunque su esposa lo zarandeara a placer esa noche.
Fue entonces cuando reparó en un local al otro extremo de ese pasillo, enclavado en la esquina entre el final del primero de la derecha y el perpendicular en el que se hallaba. Estaba algo oscuro y sin clientes. Parecía como agazapado a la espera de alguien. Felipe hubiera jurado que había pasado por allí sin ver más que locales llenos de personas vociferantes. No obstante, esbozando una sonrisa, se dirigió hacia allí rápidamente; no quería que nadie le quitara el turno.
El lugar estaba desierto, excepto por la gran cantidad de libros arrumados, de apariencia antigua la mayoría de ellos. Felipe se quedó alelado observando en todas direcciones con cierta desazón. Había de todo allí, menos libros escolares para pequeñas estudiantes hiperactivas. Estaba a punto de irse cuando una voz firme y cordial surgió de las profundidades del local:
—Tenga usted muy buenas tardes, caballero.
Felipe se sobresaltó, dando un brinco hacia atrás. Habría apostado cualquier cosa a que nadie que se pudiera encontrar dentro lo había visto. Antes de poder contestar siquiera, un hombre de avanzada edad y considerable estatura, ataviado con un abrigo negro y sombrero de fieltro, emergió del fondo de la librería. Lo miraba cortésmente con una sonrisa en los carnosos labios.
—Bu… buenas tardes —logró pronunciar Felipe.
—¿En qué le puedo colaborar? —dijo el hombre—. Le aseguro que tengo lo que busca.
—Bueno, en realidad —dijo Felipe echando otra mirada a los volúmenes que se amontonaban por doquier—, estaba por irme. Creo que no tiene lo que busco. Muchas gracias de todos modos.
—Pero un libro de matemáticas para su querida hija no es lo que usted busca, de eso estoy completamente seguro. Es lo que ella necesita y lo que su esposa le ha ordenado, pero a buen seguro no es lo que usted busca.
Felipe abrió la boca para decir algo, pero notó que la tenía seca. Muy seca. Echó una mirada a su alrededor, invadido de una sensación de irrealidad, pero todo seguía normal. Excepto por el hecho de que ahora no era únicamente él quien pasaba inadvertido. Todos pasaban a su lado sin dedicar siquiera una mirada distraída en esa dirección. Qué extraño, pensó.
—¿Cómo lo supo? —preguntó.
—No lo supe. Deduje, por el arrugado papel que lleva en la mano, que busca algún encargo. El resto lo imaginé —dijo el hombre, haciendo un gesto con la mano como quitándole importancia al asunto.
—Bueno, será mejor que me vaya o llegaré tarde al trabajo.
—Pero, un momento —atajó el hombre—. No querrá irse sin el libro que anda buscando, señor…
—Vélez. Felipe Vélez.
—Mucho gusto, señor Vélez —dijo el hombre extendiéndole la mano—. Mi nombre es Ismael del Hazred.
—El gusto es mío —dijo Felipe por cortesía estrechándole la mano—. ¿Es usted extranjero, señor…?
—Del Hazred. Ismael del Hazred —repitió—, y no, no soy extranjero. Pero mi familia sí lo era. Mis abuelos vinieron de España a finales del siglo XIX.
—Pero Del Harzed…
—Hazred. Sé que es un poco difícil de pronunciar.
—Del Hazzz-Rrred… Disculpe. Ese apellido no parece español, aunque no es que yo sepa mucho de…
—Pero tiene toda la razón. Es un apellido árabe. Mis antepasados eran de ascendencia árabe.
—¡Vaya! —exclamó Felipe con sorpresa, pensando que el hombre parecía muy fuera de lugar, con su sombrero y su abrigo en un día tan caluroso. Claro que, ahora que lo pensaba, aquella librería parecía bastante fría y oscura en comparación con las demás—. ¿Y qué lo trajo por estos lares?
—En realidad, señor Vélez, eso habría que preguntárselo a mis abuelos paternos —respondió Ismael con una sonrisa condescendiente—. Pero eso no es lo que nos importa ahora. Lo que nos importa es lo que usted busca, señor Vélez.
—Bueno, como le dije, creo que me equivoqué de librería. Buscaba un libro de matemáticas para mi hija —dijo, repasando nuevamente el papel que llevaba en la mano—, y este lugar está hecho un caos y ya se me hace tarde.
—Como yo también le he dicho, eso no es lo que usted busca. Estoy seguro. ¿Qué tal si echa un vistazo? Sin compromiso.
Felipe lo observó de nuevo, esta vez más detenidamente. Era un hombre de unos setenta años bien llevados, pero su mirada parecía tener más de cien. Lo embargó la sensación de haberlo visto en alguna parte. Desvió la vista hacia los centenares de libros que poblaban el lugar, como un tupido bosque de gran antigüedad, y su mirada se posó en el lomo de un libro de poco grosor, embutido entre dos mamotretos desvencijados.
—Ése —exclamó, y su voz sonó algo extraña, incluso a sus propios oídos.
Ismael le dedicó una sonrisa ladina y estiró lentamente la mano, sin dejar de mirarlo; cogió el libro y se lo extendió con aire ceremonioso. Más tarde, Felipe pensaría que no podía haber sabido dónde estaba, pues en ese momento le daba la espalda al libro.
Lo cogió con delicadeza, como si se tratase de un valioso tesoro.
Era un viejo ejemplar de Legión, de William Peter Blatty. Mientras estaba en la secundaria había leído otro libro del mismo autor, El Exorcista, y lo había fascinado por completo. Años después se había enterado de que existía una secuela, pero sus intentos por conseguirlo en librerías y bibliotecas habían sido infructuosos.
En ese momento lo miraba fascinado. Era un volumen en tapa dura con una raída sobrecubierta que reproducía unos ojos malvados observando desde la oscuridad, iluminados tan sólo por una vela casi agotada. Lo giró en sus manos, observándolo desde todos los ángulos. Increíble, pensó.
—¿Cuánto…? —empezó a preguntar con gesto ansioso, pero recordó de repente que su presupuesto era casi inexistente, sin contar con el hecho de que aún debía comprar el libro de su hija. Su semblante cambió entonces por una expresión que denotaba un profundo desánimo—. Lo siento, acabo de recordar que no tengo dinero para comprarlo; aún no he conseguido el libro de mi hija y si no lo llevo esta noche mi esposa me mata. Literalmente.
Ismael seguía mirándolo con esa extraña sonrisa. Le dijo:
—Eso no es ningún inconveniente. Tenía lo que buscaba. Se lo dije, ¿no?
—Sí, es cierto —respondió Felipe mirando otra vez el libro con pesadumbre—. Busqué Legión por años.
—Entonces, señor Vélez, haremos un trato. Tengo un viejo libro que ha pertenecido a mi familia por siglos, pero muy pocos se animan ya a leerlo. Digamos que a lo mejor los buenos lectores, como supongo lo es usted, escasean en estos tiempos donde la tecnología parece poner todo al alcance de la mano. Tengo la intención de hacer una…, digamos…, pequeña reedición. Así que, sencillamente, sería un placer para mí que usted me regalase su valiosa opinión sobre el volumen en cuestión.
—Lo haría con gusto, pero de todas maneras sigo sin entender cuál es el trato.
—Es muy simple. Usted me da su opinión, y lo que llevaba buscando por tantos años será suyo.
—¿Habla usted en serio?
—Claro que sí, señor Vélez; muy en serio —y efectivamente el rostro de Ismael se tornó bastante grave.
—Bueno, no sé qué decirle —murmuró Felipe, a quien el trato le parecía algo raro. No obstante, el hombre tenía razón: era un trato simple—. Supongo que no hay problema.
—Me alegra escuchar eso —dijo Ismael, sonriendo de nuevo—. Esto es lo que haremos: usted se llevará mi libro, después de regalarme una pequeña firma de rutina, lo leerá y luego me contará cómo le pareció.
—Bueno —repitió Felipe—, no veo por qué no habría de hacerlo. O sea que eso es todo lo que tengo que hacer a cambio de Legión.
—Exacto —asintió Ismael.
—¿Y de qué libro se trata?
Ismael le dedicó de nuevo aquella ladina sonrisa que lo ponía un poco nervioso. Acto seguido, se agachó y hurgó en la parte inferior del mostrador. Luego, se incorporó de nuevo. En sus manos sostenía una pequeña caja de madera lustrada, grabada con unos extraños caracteres. La abrió sobre la mesilla. Su interior se dividía en tres compartimentos, que guardaban una estilizada pluma, un recipiente de tinta negra y una vieja libreta forrada en cuero.
El hombre sacó la libreta con delicadeza, pasó las hojas hasta encontrar un punto en especial, por el cual la abrió, y la puso ante Felipe, quien no entendía muy bien lo de la firma. Observó las firmas garabateadas en la libreta, junto a cada una de las cuales había una fecha, escrita al parecer por Ismael. Pasó el dedo por la cubierta de cuero marrón. Era una textura diferente a las que conocía y un extraño pensamiento cruzó por su mente. Parece piel. Humana. Qué idea estúpida, pensó a continuación. ¿De dónde había sacado eso?
—Señor Vélez —dijo Ismael, sacándolo de sus pensamientos. Había extraído y humedecido ya la pluma en el recipiente de tinta, y la extendía hacia él. Felipe la tomó y plasmó su firma de letra diminuta en la hoja correspondiente. Hecho esto, reparó en un detalle que le produjo un nudo en la garganta.
Los apellidos de los nombres que precedían el suyo parecían guardar cierto orden. Felipe era bueno para entender formas de escritura diferentes a la suya. Trabajaba en una entidad bancaria, por lo que estaba acostumbrado a ver desde garabatos incomprensibles hasta estilizadas firmas. La anterior a la suya era de un tal Estaban Valencia. Luego, hacia atrás, estaban Raúl Antonio Uribe, Hernando José Urán, Calvin Torre, Víctor Tejada, y en la parte de arriba de la página el firmante era, o había sido, Elkin Salazar.
Felipe se negó de plano a la idea. Era sólo una coincidencia, se dijo. Pero los apellidos, sin lugar a dudas, por lo menos los que alcanzó a ver, estaban en orden alfabético: S, T, U, V. Demasiada coincidencia. Pero de todas formas, ¿qué importancia tenía eso? Se imaginaba que era una especie de control de préstamo o algo así. Nada más.
—¿Pasa algo, señor Vélez?
—Eh… No, no pasa nada. Es sólo que no quiero llegar tarde al trabajo.
—Tiene usted toda la razón, señor Vélez. Deme tan sólo un minuto.
Rápidamente Ismael guardó la libreta, la pluma y la tinta en el interior de la caja. La depositó en algún punto bajo el mostrador y se perdió en las profundidades del local. Felipe notó que no había escrito la fecha al lado de su firma. Supuso que eso vendría después.
Pasado un momento se asomó por encima del mostrador, mirando a su izquierda, hacia el fondo de la pequeña librería. Qué raro, pensó, todos los locales parecen ser bastante pequeños, incluso éste. ¿Adónde se habrá ido?
Esperó unos cinco minutos, y ya empezaba a impacientarse, cuando le llegó el sonido de una pesada puerta al cerrarse. Un instante después apareció Ismael, como surgido de la nada, con un voluminoso y antiguo libro en sus manos. Se plantó frente a él y le dijo:
—Tómese su tiempo. No quiero que se forme una opinión apresurada. Me interesa que lo lea concienzudamente y me diga qué impresión le ha causado.
Acto seguido depositó el libro sobre el mostrador, mientras iba a buscar algo con qué empacarlo. Felipe lo observó con cautela. Estaba encuadernado en un desgastado cuero negro y tenía unas letras doradas casi borradas en la pasta. Parecía llevar sólo dos palabras cortas por título; la primera de apenas dos letras, de las cuales se veía la segunda: una ele. La otra palabra era de cuatro letras. Se alcanzaba a vislumbrar una zeta y una efe al final. Del resto Felipe supuso que se trataba de vocales. Vaya nombre extraño, pensó.
En ese momento reapareció Ismael con una bolsa negra plástica de colgaderas, y sin darle tiempo de pensar más, introdujo el libro en ella. La bolsa lucía graciosamente absurda en comparación con su contenido. Ismael lo miró con aire importante, le dedicó una de sus misteriosas sonrisas y le entregó la bolsa diciendo:
—Señor Vélez, ha sido un placer hacer negocios con usted. Le prometo que no se arrepentirá.
—Claro —dijo Felipe, preguntándose qué razones habría para arrepentirse. Era una advertencia innecesaria—. Bueno…
—Sí, ya sé, no quiere llegar tarde al trabajo, y no queremos que su jefe se enoje con usted y le haga pasar un mal rato. Ha sido muy amable, señor Vélez. Que tenga un buen día. Ahora tiene usted las puertas abiertas —dijo por último Ismael Del Hazred estrechándole la mano.
—Gracias —dijo Felipe, imaginando que con lo de las puertas abiertas se refería a las puertas de la librería. Hizo un ademán de despedida y partió rápidamente.


4

Estaba ya a una cuadra del pasaje comercial cuando le dedicó una mirada distraída a la bolsa negra que llevaba en la mano. En uno de los costados había un estampado con un logotipo que decía simplemente “Librería”. Debajo había un dibujo de unos ojos tenuemente iluminados por una vela casi consumida. Felipe sintió un nudo en el estómago y frenó en seco, presa de una inquietante sensación de premonición. No sabía por qué, pero en su mente le rondaba la idea de que algo iba mal. En ese momento se le ocurrió que su mujer lo mataría si llegaba a la casa con un viejo libro con el título borrado en lugar del texto escolar de su hija. ¿Y ahora qué hago?, pensó.
Dio medio vuelta y se dirigió a paso ligero hacia el Centro Comercial del Libro y la Cultura. Todo seguía igual. Se abrió camino por el primer pasillo entre la apretada y todavía vociferante multitud. Llegó a la esquina donde se ubicaba el local de Ismael. El nudo que tenía en el estómago se trasladó ahora a su garganta.
La librería había desaparecido.


5

El resto de la tarde Felipe estuvo con la mente trastornada. Llegó diez minutos tarde, y su jefe ya se disponía a regañarlo, cuando algo en su expresión lo hizo cambiar de opinión. En lugar de amonestarlo, le encargó una tarea, calificándola de máxima urgencia. Felipe asintió sin modular palabra.
Esa noche llegó a casa algo cabizbajo. Su esposa le dedicó un seco saludo y sin darle tiempo a pronunciar disculpa alguna por no haber podido comprar el libro, le arrebató la bolsa de las manos.
Inspeccionó su interior y sacó un libro rojo con un galimatías de números en la portada. Descubriendo las Matemáticas, 6º grado, rezaba el título del libro. Felipe lo miró perplejo. No recordaba haberlo comprado. Claro que lo de esa tarde había sido una completa locura. Quizá lo había conseguido después de todo al volver por segunda vez al centro comercial.
Le restó importancia al asunto. Le había traído el libro a su hija, y eso era lo único que importaba.
Se sentía anormalmente exhausto; sólo quería darse una ducha y acostarse a dormir, tal vez después de darle un vistazo al susodicho libro.
—Gracias, amor —le dijo su esposa, sorprendiéndolo al darle un beso en la mejilla. No era su costumbre. Nunca había sido muy expresiva con él, y desde hacía unos años muchísimo menos—. ¿Sabes que te quiero, cierto?
—Sí, lo sé —respondió Felipe tímidamente—, yo también te quiero.
—Toma —dijo ella, entregándole la bolsa—. ¿Qué has comprado? Sabes que no estamos en situación de darnos gustos personales.
—Eh… No, no es mío, el libro es de un amigo —mintió.
—Bueno, después me cuentas de qué trata —mintió ella a su vez, a quien no le importaba en absoluto los gustos de su marido—. La comida está servida.
—Está bien —respondió—, gracias.
Pero, a decir verdad, había perdido el apetito.



6

Se dio una ducha de agua tibia que le relajó el cuerpo y la mente. Se sintió renovado, pero el apetito no apareció. Así que se dirigió a la sala de estar y se sentó en su sillón favorito con el libro propiedad de Ismael del Hazred en sus manos. Su esposa estaba viendo televisión con su hija en la habitación de ésta. Así que algo sosegado por el genio en calma de su esposa, Felipe se dispuso a echarle una ojeada al dichoso libro.
Prendió la pequeña lámpara de la mesilla de noche que se encontraba al lado del sillón y sacó finalmente el volumen de la bolsa. En ese momento lo notó algo más pesado. Reacio, pensó él distraído. Lo depositó sobre sus piernas y analizó una vez más la portada. Pasó sus dedos con suavidad por las letras borradas, tratando de dilucidar el título. Al igual que la vieja libreta donde había depositado su nombre, este también tenía una extraña textura. Parecía cuero, pero a la vez no. Sentía cierta energía extraña que emanaba del libro en lentas oleadas, como si estuviera vivo. Qué estupidez, se reprendió, no es más que un viejo libro de pasta raída. El Ezif, parecía decir el título. El Ozif, Al Azif, o algo por el estilo. En todo caso era un nombre desconocido para Felipe, que sin dedicarle más atención lo abrió, esperando que en el interior se repitiera el nombre.
No era así. En la primera página había un extraño grabado que representaba un espeso bosque en tinieblas lleno de numerosos destellos provenientes del interior de las ramas. Por sobre las copas de los árboles se distinguía lo que parecía ser un eclipse de sol. Pasó la página, y entonces quedó desconcertado. Lo que venía a continuación estaba escrito en un lenguaje completamente desconocido, con caracteres no del todo latinos. Le pareció que estaba escrito en latín, pero con acentos típicos de la escritura árabe. ¿Para qué demonios me pidió Ismael que lo leyera si ni siquiera entiendo una sola palabra?, fue lo primero que pensó.
Empezó a recorrer las hojas rápidamente. El libro estaba lleno de apretujados párrafos de esa singular escritura, rodeados de grotescos dibujos de toda clase. Ese ejemplar, calculó, bien podía tener más de mil años. Las hojas eran gruesas y amarillentas, y despedían un olor que daba la sensación de que hubiera pasado por cientos de manos y lugares.
De repente, Felipe cerró el libro con brusquedad.


7

Se quedó mirando el techo estúpidamente con la cabeza ladeada y cierta somnolencia. Se sentía algo raro, como si no fuera él. Por su mente pasaban imágenes difusas de lejanos territorios y oscuros paisajes de pesadilla. Esbozó una nerviosa sonrisa y abrió de nuevo el libro. Buscó una página en especial, la encontró y empezó a leer, murmurando incoherentemente por lo bajo. Leía con cierto ímpetu e iba pasando las páginas cada vez más rápido, presa de una euforia inquietante. Por momentos emitía una risa gutural entre los murmullos cada vez más ininteligibles.
Pasaron por lo menos veinte, casi treinta minutos, en ese estado delirante. Empezó a correrle un sudor frío por las sienes y su cuerpo temblaba ligeramente. Luego, su lectura fue perdiendo velocidad. En un momento dado paró, cerró el libro, esta vez casi con delicadeza, y lo depositó sobre sus piernas. Tenía la mirada perdida y sus labios seguían moviéndose un poco. Estaba pálido y ojeroso, y su piel había adquirido un aspecto como de vacuidad. Entonces cerró los ojos, sus brazos cayeron, laxos, y su cabeza se dobló sobre su pecho.
Se había desmayado.


8

Emitían un viejo capítulo de Los Simpsons, por lo que Lauren, su hija, se encontraba embelesada y riendo alegremente con las diabluras de Bart y las estupideces de Homero. Por lo tanto, cuando se produjo un potente resplandor proveniente de la sala de estar, ella ni se inmutó. No obstante, su madre, que cabeceaba viendo los dibujos animados, se espabiló de inmediato y miró en dirección a la sala a través de la puerta abierta de la habitación. Todo había sido muy rápido, pero ella todavía creía distinguir cierta luminosidad que se iba apagando lentamente.
Se incorporó y se dirigió adonde su marido había estado leyendo ese raro libro. Felipe tenía un aspecto más distraído de lo habitual, pero a ella no le había extrañado. Al igual que su suegra, siempre había pensado era algo lelo.
Entró despacio a la habitación, observando con cautela, sin saber con exactitud por qué lo hacía. La sala estaba más caldeada de lo normal, pero al igual que el insólito esplendor, parecía enfriarse gradualmente. Todo lucía normal, en su sitio. Incluso la lámpara ubicada en la mesilla de noche seguía prendida. Pero su esposo no se veía por ningún lado. Le dio la vuelta al sillón y miró desconcertada. No era ese el libro que llevaba en la bolsa, pensó.
Sobre el asiento del sillón descansaba un volumen de tapa dura con una raída sobrecubierta que reproducía unos ojos malvados observando desde la oscuridad, iluminados tan sólo por una vela casi agotada. Era un viejo ejemplar de Legión, de William Peter Blatty.




Publicado originalmente en Ka Tet Corp. por Calavera en Noviembre de 2009.
Edición revisada publicada originalmente por Calavera en Diciembre de 2010.
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