domingo, 27 de marzo de 2011

Detrás de... BIENVENIDOS A SOLEDAD


AVISO IMPORTANTE: Esta entrada contiene SPOILERS  de mi relato BIENVENIDOS A SOLEDAD.






"Las cosas más importantes son siempre las más difíciles de contar. Son cosas de las que uno se avergüenza, porque las palabras las degradan. Al formular de manera verbal algo que mentalmente nos parecía ilimitado, lo reducimos a tamaño natural. Claro que eso no es todo, ¿verdad? Todo aquello que consideramos más importante está siempre demasiado cerca de nuestros sentimientos y deseos más recónditos, como marcas hacia un tesoro que los enemigos ansiaran robarnos. Y a veces hacemos revelaciones de este tipo y nos encontramos sólo con la mirada extrañada de la gente que no entiende en absoluto lo que hemos contado, ni por qué nos puede parecer tan importante como para que casi se nos quiebre la voz al contarlo. Creo que eso es precisamente lo peor. Que el secreto lo siga siendo, no por falta de un narrador, sino por falta de un oyente comprensivo."

STEPHEN KING
El Cuerpo



Antes de comenzar a contar mi pequeña historia, la que se esconde tras la escritura de Bienvenidos a Soledad, quisiera decirle al lector que si no ha leído el relato, sería mejor que no leyera el presente texto. No sólo porque en este se cuentan elementos y hechos relacionados con lo que acontece en el relato, sino porque si no lo ha hecho, no entendería el significado de gran parte de lo que estoy contando.


1

Hecha la aclaración, empezaré diciendo que todo comenzó con un sueño. Fue en la madrugada del domingo 17 de octubre de 2010. Debían de ser las tres de la mañana, una hora que por alguna razón se presta para las historias más extrañas y macabras. En el sueño me hallaba en una inmensa casa llena de recovecos, pasillos, puertas y habitaciones con paredes en ángulos extraños. No sé en qué momento comenzó el sueño, pero recuerdo que me sentía perdido y trataba desesperadamente de encontrar una salida. Mientras buscaba, me encontraba con seres y personas extrañas. Me sentía perseguido. Ya saben cómo son esos sueños. Difusos, raros, sin sentido…
En un momento dado, recuerdo que abrí una puerta y me encontré con una de esas habitaciones extrañas, con puertas y escaleras en ángulos imposibles, como una de esas pinturas surrealistas. Creo que probé alguna puerta y recorrí varios pasillos, mientras en todo momento me sentía oprimido, desasosegado, hasta que después de un rato logré salir a una callejuela. Al salir, descubrí que la calle estaba atestada de monjes ataviados con oscuros ropajes deambulando lentamente. Sentí un miedo terrible y me volví hacia la casa a buscar otra salida.
De vuelta en el interior, me sentí más perseguido que nunca y, luego de una de esas inverosímiles decisiones que uno toma en los sueños, opté por abrir la puerta tras la cual sentía el origen de la extraña presencia, para enfrentarme a lo que fuera que hubiese allí, aunque en ello se me fuera la vida. Abrí la puerta de sopetón y entré gritando, como si quisiera sorprender a la presencia, y fue justo en ese momento cuando desperté.


Pero sucedió lo más extraño. Juro que nunca en mi vida me había escuchado a mí mismo emitir un sonido al despertar. Cuando grité, desperté instantáneamente, con ademán de incorporarme, emitiendo un ruido que sonó como: “PPPPPUUUUUJJJ”, como si hubiese exhalado el aire de golpe después de haberlo estado conteniendo. “PPPPPUUUUUJJJ…
Fue rarísimo. No me sentí tan asustado como con la pesadilla que narré en otra ocasión (Pesadillas y Alucinaciones), pero ese sonido lo escuché perfectamente, pues desperté mientras lo emitía. Fue muy perturbador.


2

Estuve un rato pensativo, recuperándome de la impresión. Cuando cuentas algo como esto a plena luz del día, no parece nada del otro mundo. Pero quien se ha despertado de una aterradora pesadilla en lo más oscuro de la madrugada, sabe muy bien que el miedo permanece por varios minutos.
Estuve pensando un rato, repito, hasta que llegué a la conclusión de que era una historia perfecta para un relato. Por esos días se llevaba a cabo el XI Concurso Literario de Ka Tet Corp., y llevaba varios días pensado en una buena idea para participar en el Concurso. Decidí que esa historia era la buena idea que andaba buscando.
Básicamente, se trataba de un hombre que llegaba a una casa llena de pasadizos, puertas, etc., y no hallaba la salida por ningún lado. No era gran cosa, pero tenía una buena base para comenzar.
Creo que estuve casi una hora pensando y maquinando ideas para el relato, al final de la cual tenía un bosquejo de lo que supuse era la mitad del relato. El límite permitido de palabras era de 4.000, así que no debía extenderme mucho.
Lo que no sabía era que lo que calculaba iba a ser un relato de menos de 4.000 palabras terminó siendo uno de 15.800…
Entonces me quedé dormido de nuevo, y el sueño volvió.
Sólo que esta vez fue por escenas fugaces, en un extraño duermevela que duró hasta el amanecer, en el que trataba de despertar del todo, pero volvía a caer en el sueño y me hallaba otra vez en la casa…


3

Desperté a eso de las 8:30 de la mañana con unas ansias terribles de escribir y plasmar las ideas que tenía en mente. Es un impulso que no siento a menudo. A pesar de que me gusta escribir, me cuesta. Es difícil comenzar. Se me escapan las palabras y a veces el motor no arranca, o no sé cómo expresar lo que quiero decir, cómo abordar la historia que quiero contar.
Esta vez no fue el caso.
El relato me fluyó con facilidad, pero muy pronto me di cuenta que la historia se iba a tomar muchas más palabras de las permitidas para el Concurso. Lo medité un momento y pensé: “Dejémosla que siga su curso. Algo se me ocurrirá luego para el Concurso”.
Pasé la mayor parte de ese domingo 17 de octubre escribiendo, puliendo, revisando y corrigiendo. A las seis de la tarde ya estaba cansado de estar trabajando durante casi todo el día. Aun así, decidí hacer una nueva revisión y publicar esa primera parte (en la que Víctor Tejada llega a Soledad y conoce a la anciana Margarita Benavides y la casa en la que vive), que ya había alcanzado las 4.000 palabras. Por una parte, porque ansiaba compartirlo, y por otra, porque así me sentiría en la obligación de terminarlo como era debido. Fue como mi Milla Verde, la novela por entregas que publicó Stephen King en 1996. Recuerdo haber leído que él sintió lo mismo, y que cuando se publicó la primera de las seis entregas, ni siquiera había terminado de escribir las últimas.
Para un escritor aficionado e inexperto como yo, fue una empresa difícil. Cumplir con las entregas en un corto periodo de tiempo y no defraudar a las personas que esperaban la continuación de la historia era algo que exigía mucho trabajo.
Bueno, hasta ahí la historia marchaba bien, pero, a decir verdad, no sabía muy bien qué iba a pasar cuando Víctor Tejada quedó encerrado en el salón subterráneo. No obstante, a partir de ahí el relato se fue mostrando por sí solo.
Siempre he pesando que escribir es como caminar por un túnel a oscuras iluminando el camino con una linterna. Sólo alcanzas a ver un pequeño radio, y si quieres ver qué hay más allá, sólo te queda seguir adelante y descubrirlo. Es decir, seguir escribiendo.


4

La segunda parte del relato, en la que Víctor descubre los secretos que esconden los cuadros y los túneles subterráneos que hay tras las puertas, la publiqué el miércoles 20 de octubre de 2010, tres días después.
Esa segunda parte termina con Víctor encontrándose nuevamente frente a Margarita Benavides y los demás integrantes de las Trece Familias. A esa altura, yo mismo iba descubriendo cosas de las que no tenía ni la más mínima idea al comenzar el relato. Descubría unas, se me ocurrían otras, y poco a poco la historia fue tomando su curso.
En la tercera parte, publicada el domingo 24 de octubre, conocemos las respuestas al sinfín de interrogantes que habían ido surgiendo en las dos primeras partes. Es uno de los pasajes más ágiles y dinámicos del relato, pues está compuesto en su totalidad por diálogos. Margarita Benavides le cuenta a Víctor la historia de la casa, los cuadros, las familias, por qué están todos reunidos y por qué ha sido traído él a la casa.
En ese punto ya me sentía agotado. Trabajar diez horas seguidas para luego llegar a casa a exprimirme el cerebro hasta altas horas de la noche ya me estaba pasando factura. Decidí tomarme un descanso el lunes y el martes, y retomar la recta final de la historia en la noche del miércoles.
No obstante, los planes cambiaron.


5

El plato estaba servido.
El hecho más importante de la cuarta y última parte ya estaba decidido: los miembros de las Trece Familias debían llevar a cabo una invocación a un ser demoniaco. Aún no sabía muy bien cómo terminaría todo, pero ese punto lo tenía bien claro desde que comencé a escribir la tercera parte.
Y es aquí cuando viene lo que me ha llevado a escribir este “Detrás de” del relato. Es muy, pero muy difícil transmitir lo que sentí ese día. Lo que viví. Y, por el contrario, es fácil que el lector se deje llevar por la incredulidad, la indiferencia o, inclusive, la hilaridad. Pero una cosa es leerlo y otra cosa es sentirlo. Es una de las razones por la que he puesto en la introducción un extracto de la novela corta El Cuerpo, de Stephen King, pues refleja perfectamente a lo que me refiero.


El martes, el segundo día de lo que había tomado como un merecido descanso de la escritura del relato, decidí investigar en las horas muertas del trabajo.
Ya había investigado bastante sobre Belcebú, el Señor de las Moscas. Encontré imágenes e iconografías y tenía una idea muy clara de su aspecto. Pero ahora quería una base sólida para el Ritual. Algo básico, pero a la vez real, que le diera la suficiente veracidad y credibilidad que el relato exigía.
Encontré un sinfín de cosas perturbadoras, rarísimas, y estuve más de una hora leyendo, recopilando datos mentalmente, abstraído por completo. Al final, no obstante, no esperaba encontrar en la red, detalle a detalle, todos los pasos de una misa satánica. En un principio, hice lo que cualquiera hubiera hecho: lo tomé a la ligera y comencé a leer. Era un documento largo. Adelanté los preámbulos, leyéndolos por encima, y luego de un rato, cuando llegué a la parte álgida, le dije a mi compañero de trabajo que se acercara para enseñarle lo que había encontrado. Y, sin pensarlo, aprovechando que el negocio estaba solo, me encontré recitando en voz alta, para que él escuchara, la parte principal y más trascendente de una invocación real a Satanás.
Diciéndolo así, puede no parecer tan malo, ni tan importante. Él se había acercado con esa risita interminable que mantiene. El maldito permanece riéndose la mayor parte del tiempo. Bueno, a decir verdad, los dos hacemos corto y nos la pasamos bromeando todo el día. Me dijo:
 —Estás loco, hermano. A ver, ¿qué encontraste?
Y yo empecé a leer la parte principal, recitando en voz alta palabra por palabra con voz de predicador. Lo leí casi completo…


Pasado un momento, a él se le fue desvaneciendo la sonrisa, o al menos se convirtió en una risilla nerviosa, hasta que al final desapareció por completo y me dijo, interrumpiéndome:
—Hey, hey, pará pues. Ya dejálo. No vas a decir todo eso completico…
Y yo caí en cuenta, apenas en ese momento, de que lo que estaba diciendo era algo real, algo con lo que no es bueno jugar. Hasta el ateo más acérrimo no puede negar que existen fuerzas, o energías, tanto benignas como malignas. Mi tía, a la que quise como una segunda madre, murió en casa de otro tío hace ya casi 7 años, y fueron al menos dos o tres las ocasiones en que mi prima y mi tía política la vieron a altas horas de la noche, deambulando por el pasillo. No les provocó miedo, pero sí una impresión tremenda. Impresión que noté en sus ojos cuando me lo contaron.
Pero esa es sólo una cara de la moneda. La otra, la oscura, preferiríamos no verla. Mucho menos jugar con ella.
Todo comenzó con un sueño, luego se convirtió en un relato y, al final, terminé enfrentándome a la narración de algo perturbadoramente similar a un rito satánico…


6

Volvimos al trabajo.
Traté de restarle importancia y de tranquilizar a mi amigo.
Pero, para mi sorpresa, el resto de la tarde me encontré invadido por un desasosiego terrible e inexplicable. Sentía una ansiedad extraña que no podía controlar. De hecho, bromeé al respecto, molestando a mi compañero, quizá para tranquilizarme yo. Las labores fueron como en un día cualquiera, pero multitud de imágenes macabras acudían a mi mente por más que tratara de pensar en otra cosa. Qué imbécil soy, pensaba, ¿qué me demonios me pasa? Aun así, la ansiedad iba en aumento.
Era algo muy, muy perturbador.
Quizá una parte de ello se debía a que sabía que tenía que terminar el relato como fuera, y si quería hacerlo bien, debía seguir por el mismo camino. Pero por otro lado, sentía que era mucho más que eso. Había algo que me hacía sentir cada vez más mal.
Lo malo era que tenía la recta final de la historia por delante y, aunque pudiera, no quería aplazarlo. Sabía que si no me ponía en ello, a pesar de que había decidido descansar ese día y retomarlo al siguiente, la llegada de la noche sería aun peor. Leer esa infinidad de cosas durante más de una hora y para colmo recitar el ceremonial principal en voz alta, me había generado un desasosiego indescriptible. No podía sacármelo de la cabeza. Lo juro. Y pensar en pasar una noche en ese estado, sólo hacía que se me incrementara el miedo y la ansiedad. Nunca me había pasado algo así…
Entonces decidí que la única manera de tranquilizarme y sentirme en paz era escribir la cuarta y última parte esa misma noche, por mucho que me desagradara la idea.


7

Al principio, cuando comencé el relato, se me había ocurrido un final similar al que terminé narrando. Era Víctor Tejada escapando de la casa, pero sin terremotos ni nada por el estilo. Simplemente escapando. Y mientras huía, se daba cuenta de que el pueblo ya no era tan acogedor ni entrañable como cuando llegó. Algo macabro, más bien.
Ese final se me ocurrió casi desde el comienzo, pero en ese momento no tenía ni idea del nudo de la historia. Luego, a medida que iba avanzando en el relato, se me ocurrió otro final, que era justamente el que seguía teniendo en mente hasta la mañana del martes 26 de octubre.
El final alternativo era también el epílogo. En este, la escena inicial se repetía. Era el 20 de junio de 2010, 33 años después, y otra persona, al igual que lo había hecho Víctor en su momento, llegaba a la casa sin saber lo que le esperaba. Era un miembro de una de las Trece Familias que no sabía nada de su pasado. El reemplazo del miembro que el demonio había elegido como ofrenda.
Margarita Benavides salía a recibirlo de la misma manera y al nuevo protagonista la dulce viejecita le parecía igual de entrañable.
Entonces, del interior de la casa, salía un hombre joven. Le extendía la mano al nuevo visitante y, muy cordialmente, le decía:
—Mucho gusto. Mi nombre es Víctor Tejada. Bienvenido a Soledad.


Me parecía un broche redondo, pero aún no había descubierto cómo darle coherencia al final de la ceremonia, para que fuera creíble que Víctor se hubiese puesto de parte de los demás y, al mismo tiempo, no dejar eso en evidencia al terminar la cuarta parte, sino ponerlo en suspenso y dejar la sorpresa para el epílogo.
El caso es que ese martes todo cambió y el primer final, de alguna manera, volvió. No exactamente igual, pero sí en su mayor parte. Fue como tener que decidir si quería que ganara el mal (como en realidad tenía pensado hacer) o si quería que ganara el bien. Como decidir de qué lado estaba yo; si debía dejarme llevar por ese camino oscuro o si lo que tenía que hacer era enfrentarlo y presentarle batalla.
Lo más difícil, creo, fue tener que consultar de nuevo todo eso, esa misma noche, y volver a leer lo que me había producido tanta ansiedad recitar en voz alta. Pero aún más difícil fue traspasar todo eso a la narración que tenía entre manos. Al llegar a ese pasaje me hallaba nervioso, y lo más curioso fue que me sentía igual que el protagonista: inquieto, desasosegado y, hasta cierto punto, aterrorizado. Me descubrí mirando a mi espalda de vez en cuando. Una parte de mí sentía que me observaban, que alguien me vigilaba, y, a pesar de que me repetía a mí mismo que era algo ridículo, luego de otro rato volvía a mirar a mi alrededor con inquietud.
Las fragmentos de la invocación que aparecen en la historia, recitados por Margarita Benavides, son reales, están transcritos textualmente de la invocación satánica real. Hice muy pocos cambios con respecto al original con el fin de que se adecuaran más a la historia. Y juro por enésima vez que mientras escribía esa parte me sentía igual a Víctor, con el corazón latiéndome con rapidez y (las palabras se me escapan) muy ansioso. Temblaba, casi.
Y entonces, al igual que le pasa al protagonista, no quise saber más de eso. Hice “oídos sordos” y puse muy poco de la invocación. Solo apartes y modificándolo un poco…


8

Entonces llegué a la parte del enfrentamiento.
Lo que acababa de escribir era muy, muy fuerte. Es difícil transmitir lo que sentí. Creo que mi compañero de trabajo es quien mejor lo entiende, pues él mismo me contó al día siguiente que se sintió muy raro también el resto del día.
Sabía que la contraparte debía de ser igualmente fuerte y contundente, así que investigué de nuevo.
El Ritual Romano fue la respuesta.
El Rituale Romanum es un texto utilizado por la Iglesia desde 1614 para combatir contra el demonio en los casos de posesión demoniaca. Me pareció que era lo más adecuado para lo que necesitaba. Y así como transcribí partes textuales del rito satánico, asimismo lo hice con el Ritual Romano, escribiendo pasajes casi iguales para acomodarlo a la historia. Nunca me sentí más identificado con un personaje. Víctor combate a Belcebú con toda la fuerza de la que es capaz y le responde con su misma medicina. A su vez, yo sentía como si por medio de él estuviera, por mi parte, combatiendo esa energía maléfica y negativa que se había apoderado de mí durante horas.
Al terminar la batalla y ver (porque de verdad era como si lo estuviera viendo y viviendo) cómo la horrenda bestia se zambullía en las profundidades del foso, sentí que mi pulso se normalizaba, la ansiedad y el desasosiego desaparecían y la paz mental hacía acto de presencia.
Estoy seguro de que si esa misma noche no me hubiese puesto a escribir la última parte de la historia, todo eso me hubiera seguido taladrando la cabeza, y ni pensar en la noche que habría pasado. Fue como si me sintiera obligado a escribirlo y, al hacerlo, expulsar toda la oscura energía que me había invadido.


9

Era ya más de medianoche cuando llegué a la parte en que el demonio desaparece, y no daba más. Estaba rendido, pero tranquilo. Decidí que era suficiente y me acosté. Y, al igual que Víctor al final de la historia, sin sueños.
El resto de la historia, que detalla cómo Víctor escapa en medio del terremoto, viendo cómo todo a su alrededor desaparece en las profundidades, y el epílogo que cierra el relato, lo escribí en el trabajo al día siguiente, el miércoles 27 de octubre de 2010.
Ese día, por la noche, revisé toda la parte final, y mientras la leía, aún sentía latente todo lo que me había pasado. Aún ahora, cinco meses después, mientras escribo estas líneas no puedo evitar sentir un escalofrío.
Al día siguiente, el jueves 28 de octubre, dos días antes de mi cumpleaños número veintinueve, publiqué la cuarta y última parte. Obtuvo muy buenas críticas por parte de los amigos y amigas que lo leyeron y yo siento, dentro de lo poco que sé del arte de la escritura, que es lo mejor que ha salido de mis manos. Mi historia más ambiciosa, aunque se trate de un relato de 15.800 palabras, porque lo que viví mientras lo escribía fue lo más extraño que me ha pasado narrando una historia, de lo más raro y perturbador que me ha pasado en mi vida.
Tuve pendiente desde ese día escribir este pequeño ensayo, pues sólo a dos o tres personas, todas de entera confianza, les conté lo sucedido. El lector del relato no tiene ni idea de lo que había detrás cuando se escribió la historia, pero si sienten aunque sea un poco de desasosiego e inquietud al llegar a esa parte, si los atemoriza o incomoda, entonces logré mi cometido.


Ahora que he revisado y republicado el relato en mi blog, supe que era el momento de escribir mi historia y no quise aplazarlo más. Supongo que me lo debía a mí mismo sobre todo. Pero quizá a algunos lectores también les interese saber algo de la génesis del relato y de lo que siempre se escondió detrás de... BIENVENDOS A SOLEDAD.



Calavera.
Marzo 27 de 2011.

5 comentarios:

PAOLA RUIZ dijo...

Lograste tu cometido DEFINITIVAMENTE.Fue en la parte del ritual,donde dude en continuar con la lectura,y mi curiosidad y lealtad hacia este gran escritor fue lo que me permitio seguir.Que nervios! Yo tambien miraba detras de mi hombro mientras leia! Nos vas a dar un respiro con una historia mas light,o la proxima nos tendra tambien con el corazon a mil,tenga piedad por sus seguidores,por favor.

William Ernest Fleming dijo...

Deja ya ese trabajo y ponte a escribir sesudamente WOW eso es trabajo de escritor puro y duro... FELICIDADES!

✿ Belle ✿ dijo...

recuerdo el post en el que comentabas haber tenido un sueño horrible, debió ser muy angustioso aunque me ha hecho hasta gracia eso de entrar gritando por la puerta jeje aunque tuvo q ser estresante ya que incluso te hizo despertar. En cualquier caso es genial porque te hizo llevar toda esa energía y sentimientos al relato :)

Que impactante lo de tu tia :S la realidad supera la ficción a veces eh! yo me habría asustado mucho ^^

dale calor dijo...

Es lo que tienen las musas,nunca sabes donde apareceran.

saludos y suerte

http://dalecalor.blogspot.com

Calavera dijo...

Pao, muchas gracias por seguir el relato hasta el final. Y, bueno, espero que el siguiente relato sea aun más terrorífico!! ;)

William, muchas gracias, amigo! :)

Belle, muchas gracias por tus comentarios! :D

Dale, tienes razón en lo de las musas. La mía es bastante esquiva la verdad... :P

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