jueves, 19 de julio de 2012

BIFURCACIONES / Capítulo I



BIFURCACIONES

Capítulo I: El Camino




1

Odiaba admitir que estaba perdido.
Cuando llegó a la primera bifurcación sin saber muy bien qué camino tomar, optó por el tramo de la derecha, el que parecía más… acogedor, por llamarlo de alguna manera. Cuando llegó a la segunda, decidió que lo adecuado era seguir girando en la misma dirección. Y cuando llegó a una tercera y una cuarta, estuvo claro que era lo mejor que se le había podido ocurrir. Pensó que de esa manera no estaría preguntándose por dónde había venido cuando llegara el momento de regresar.
Además, el dato que había recibido indicaba que la vivienda estaba ubicada al noroeste. Estaba seguro de que no iba desencaminado.
No obstante, pronto estuvo claro que había cometido un error al tratar de entregar la notificación él mismo en aquel apartado pueblo al oeste de la Ruta 92. La culpable era su arrogancia, su convencimiento de que si no hacía las cosas él mismo, nadie las haría bien. Odiaba descargar responsabilidades en terceros, a pesar de que a diario se veía obligado a hacerlo. Por eso, cuando la empresa de correos le informó que la dirección a) No existía, o b) Estaba errónea, Óscar Ceballos decidió hacerlo él mismo.
Y ahora, maldita fuera su estampa, estaba perdido.
Laura disfrutaría de lo lindo de haber estado allí. “¿Lo ves, Señor Eficiente?”, le diría, y acto seguido emitiría una de sus molestas risas. “Ja”, así le gustaba reírse. Nada de carcajadas batientes, ni las típicas risitas de las mujeres de clase alta. Ni tan siquiera un común y corriente “Jajaja”.
No, nada de eso. A Laura le encantaba emitir un simple y llano “Ja”. Como en “Ja, te lo dije”, o en “Ja, ¿ves cómo yo tenía razón?”, o la mejor de todas, nominada a la Costumbre Más Molesta en la lista de costumbres molestas de su esposa: “Ja, ¿lo ves, Señor Eficiente?”. Demonios, cómo la odiaba cuando decía eso. Si estuviese allí con él, ya lo habría dicho un par de veces. Tal vez tres. Y lo disfrutaría. Claro que lo disfrutaría, a pesar de que la situación significase que ella también estaría perdida en ese pueblo dejado de la mano de Dios.
Óscar cambió de hombro su costoso saco de pana y observó por enésima vez a su alrededor. Odiaba admitir sus equivocaciones, y esta vez no solo tenía admitir que estaba perdido, sino que además había sido un estúpido al ir allí a buscar una casucha en medio de la nada vestido como si fuera a presentarse en una audiencia. Claro que no estaba en los planes de Óscar Ceballos pasar tres horas buscando una dirección que en un comienzo definió como “pan comido”.
Si la frase favorita de Laura era “Ja, ¿lo ves, Señor Eficiente?”, la de Óscar era “Pan comido”. Era casi un lema. Y muy a su pesar, lo que en un comienzo imaginó como un pequeño paseo de media hora buscando una dirección, se había convertido en una excursión de tres horas bajo el inclemente sol de la tarde.
¿Pan comido? ¡Ja!
El paisaje no podía ser más plano: un camino de tierra que se extendía en una línea recta interminable —aderezado, cómo no, con una bifurcación de cuando en cuando para ponerle diversión a la cosa—, flanqueado a ambos lados por bosques, pequeñas praderas, matorrales o riachuelos diminutos que se perdían en apestosos charcos a la vera del trayecto.
Óscar decidió seguir adelante.
El sol comenzaba su descenso hacia el horizonte, y no tardaría mucho para que lo tuviera radiante frente a él, arrebatándole las pocas energías y el exiguo buen humor que le quedaba. Cada tanto, se volvía y observaba el tramo recorrido, como esperando que la casucha apareciera de la nada o ver que había pasado por alto alguna señalización que indicara donde demonios se encontraba con exactitud.
Por supuesto, nada de eso ocurría. Así que miraba al frente con resignación, y proseguía.
Los zapatos habían comenzado a tallarle el talón de manera horrible. Casi podía sentir la ampolla que se estaba formando allí. Una ampolla en su pie, qué cabrona. Una ampolla que se atrevía a formarse en el talón del abogado más exitoso del bufete Gil & Cía. Asociados. Debería demandarla por eso. Y como si tal cosa fuera poco, estaba sudando la gota gorda. A pesar de que se había quitado el saco y aflojado la corbata, el fuerte calor de la tarde estaba haciendo mella en él.
Siempre había presumido de tener un excelente estado físico a pesar de sus cincuenta y dos años. Algo grueso, pero en forma, solía decir. Aun así, estaba cansado de tanto caminar.
Había comenzado a admitir su derrota y evaluar la posibilidad de volver sobre sus pasos, mandar al diablo la notificación y regresar a la ciudad —se había visto obligado a dejar su auto estacionado en una carretera secundaria al descubrir que le sería imposible llevarlo por ese estrecho y accidentado camino—, cuando vislumbró un tenue y momentáneo brillo unos trescientos metros más adelante.
Paró en seco, entrecerró los ojos y observó con detenimiento.
No había duda. El brillo provenía de un tejado metálico. O de un objeto metálico en un tejado. Daba lo mismo. El hecho era que por fin había encontrado una vivienda, la primera desde que se había aventurado en ese maldito trayecto. A lo mejor, con un poco de suerte, podía tratarse de la casucha que venía buscando.
Más animado, cambió nuevamente de hombro su saco de pana y se dirigió a paso rápido hacia la vivienda en cuestión.


2

Era una humilde casa de una sola planta ubicada a la izquierda del camino. Parecía sacada de la pintura de un niño de primaria: una puerta central, dos ventanas a los lados, chimenea, jardincillo, solar y un camino de entrada compuesto por losas irregulares. Y una cerca de madera, claro. No nos olvidemos de la cerca.
¡Hasta tenía un buzón!
Óscar observó este detalle con una sonrisa complacida muy impropia de él. Sacó un papel arrugado de un bolsillo del pantalón, leyó, miró de nuevo la palabra pintada en un costado del buzón, y su sonrisa desapareció. No era la vivienda que estaba buscando. Sin embargo, no dejaba de ser una pincelada de civilización en esos parajes solitarios.
De pronto escuchó el sonido de unas leves pisadas que se acercaban, esparciendo las piedrecillas del camino con un suave rumor. Provenían de un lugar a su derecha, es decir, de la dirección a la que se dirigía hasta hacía un segundo. Miró y vio un perro callejero que se aproximaba con un trote tranquilo, seguro, casi desenfadado, como si estuviese dando su caminata de la tarde. Miraba a ambos lados con aire ensoñador, disfrutando del paisaje. No le prestó la más mínima atención al individuo que se hallaba al lado de la verja de la casa de los Salcedo hasta que estuvo frente a él.
Entonces el perro frenó, estudió al hombre, y emitió un único ladrido, ni muy bajo ni muy alto, más bien como diciendo “¿Cómo te va, colega?”, y siguió su camino muy campante.
Óscar volteó y lo vio alejarse. Qué jodido perro, pensó. Y como si el can lo hubiese escuchado, este se volvió un segundo, soltó un bufido y… Óscar habría jurado que el maldito le había guiñado un ojo. Sí, que lo partiera un rayo, pero el jodido can le había guiñado un ojo, para luego seguir meneando su rabo con aire importante.
Sacudió la cabeza, le restó importancia y se concentró de nuevo en la casa.


No había nadie a la vista pero la verja estaba abierta. Entró y se dirigió con paso resuelto por el camino de entrada. Subió las escaleras del porche y llamó:
—¡Buenas tardes! ¡¿Hay alguien en casa?!
No hubo respuesta.
Cerca de allí un cuervo graznó.
Olvídalo, amigo-rrr. No hay nadie en casa-rrr.
—¡Buenas tardes! —exclamó de nuevo, pero no recibió ninguna respuesta.
Golpeó la puerta con fuerza; una vez, dos veces, pero la casa solo le devolvió un exasperante silencio.
¡Perfecto! La única casa en kilómetros a la redonda y no había nadie en ella. Miró alrededor con impotencia. A su derecha, sobre el suelo de madera del porche, reposaba una silla mecedora con el tejido estropeado en varias partes. Parecía tener medio siglo de antigüedad. A su izquierda había un par de sillas flanqueando una mesa. Y sobre esta… ¡Vaya, una taza de café! Óscar vio que estaba casi llena y que despedía una leve voluta de vapor.
Tenía que haber alguien en casa.
Aporreó de nuevo la puerta con igual resultado.
Comenzaba a perder la paciencia. Óscar Ceballos era un hombre propenso a perder rápidamente los estribos cuando las cosas no salían como esperaba. Laura podía dar fe de ello.
Accionó el pomo de la puerta y esta se abrió sin el menor chirrido.
Bien engrasada, pensó, y a continuación: ¡Pan comido!
Y entró.


El interior daba a un pequeño recibidor y a un pasillo de madera que conducía directamente hasta la entrada trasera, con sendas puertas que llevaban a la sala comedor, la cocina y los aseos por un lado (el izquierdo), y a las habitaciones por el otro (el derecho).
—¿Hola? —llamó de nuevo, pero estaba visto que nadie le iba a contestar. Comenzó a caminar lentamente, sintiéndose como un ladrón muy a su pesar, y entró por el primer umbral de la izquierda.
La sala comedor estaba desierta, pero el viejo y pequeño televisor de catorce pulgadas ubicado en una esquina se hallaba prendido. A bajo volumen, una chica rubia aseguraba las bondades de un detergente. Había varios muebles de variopintos estilos, entre ellos un viejo comedor con mantel de cuadros rojos y blancos —¡qué tradicional!, pensó Óscar—, un pesado reloj de pared que en ese momento indicaba las dos y cincuenta, una mesita con un teléfono de disco y un inmenso cuadro del Corazón de Jesús. En medio de la sala, una mesa baja y pulcra adornada con una bandeja de frutas completaba el mobiliario.
Había bananos, naranjas, peras, uvas y manzanas, y Óscar comprobó sorprendido que no se trataba de imitaciones de plástico. No señor. Eran reales, y se veían bastante provocativas.
Un umbral ubicado a su derecha conducía a la cocina, y hacia allí se encaminó después de dedicarle una última mirada al reloj.
Era una cocina sencilla con lavaplatos de piedra y fogón de leña. Óscar hubiera jurado que en pleno siglo XXI esas cosas ya no existían, pero allí estaba, con una olla encima inclusive, iluminada tenuemente por la luz que se filtraba por el pequeño ventanuco orientado al este. En ese momento un repentino y sonoro chasquido a su espalda le hizo pegar un brinco, con el corazón a mil por hora. Apenas en ese instante se dio cuenta de lo tenso que estaba. El chasquido fue seguido de un zumbido que decayó en un débil ronroneo.
Óscar se dio vuelta y descubrió que se trataba de la nevera, un artefacto  viejo y oxidado que a duras penas seguía haciendo su trabajo. Unos imanes de colores con forma de letras construían la frase “TE QUIERO, MAMÁ” en la puerta de metal. Con una maldición, se acercó a la olla y la inspeccionó, curioso. Estaba llena casi hasta el tope de agua, pero nada más. Examinó el resto de la cocina, pero nada llamó su atención.
—¿Hola? —llamó de nuevo, pero parecía que los habitantes de la casa se habían ido a dar un paseo.
La cocina conducía a un patio interior, con un lavadero, un baño, una ducha y algunos utensilios arracimados en una esquina. A mano derecha, un nuevo umbral apenas oculto con una cortina conducía nuevamente al pasillo. La corrió y, cruzando al otro lado, echó un vistazo a la última habitación de la casa. Era bastante sencilla, pero también el colmo del desorden. Óscar, que lo aborrecía, soltó un gruñido, volvió por el pasillo e inspeccionó la alcoba situada en el medio de este. Estaba en orden. Había un camarote, un armario y una mesa, pero ni un alma.
Ignorando la habitación restante, la primera partiendo del pequeño recibidor, se dirigió a la puerta trasera.


3

Salió a un patio de grama con algunos caseros juegos infantiles y un pequeño comedor compuesto por troncos. En el suelo yacían un triciclo, ladeado como un caballo muerto, una bicicleta oxidada y algunas pelotas desinfladas. Más allá, un puente de madera que pasaba sobre un exiguo riachuelo conducía a los campos de cultivo, al parecer propiedad de los Salcedo. Unos arbolillos bajos escoltaban el arroyo a ambos lados.
Óscar hizo visera con las manos, pero no alcanzó a ver a nadie en los campos. Respiró hondo, cada vez más exasperado. La única casa en kilómetros, se repitió, y no había ningún maldito ocupante. Los odió por ello, por no estar allí para prestarle al menos un mínimo auxilio, para indicarle qué debía hacer… Aunque eso no era del todo correcto; a Óscar Ceballos nadie, nadie, le decía qué era lo que tenía que hacer. Lo correcto sería decir que esperaba que alguien le aconsejara qué era lo más conveniente. Él se encargaría de decidir  si era viable y razonable.
Esta mañana todo te parecía muy viable y razonable, le dijo una vocecilla en su cabeza que reconoció de inmediato. ¡Ja! ¿Lo ves, Señor Eficiente?
Y un cuerno, pensó, e hizo un último intento llamando lo más fuerte que le permitía su grueso vozarrón:
—¡¿Hola?! ¡¿Hay alguien por aquí?! ¡Creo que me perdí, y necesito ayuda!
Se sintió rebajado al admitir finalmente lo que no había querido reconocer hasta ese momento. Ni siquiera a sí mismo. Y el hecho de que toda la respuesta que recibiera fuera otro graznido del mismo maldito cuervo —al menos él imaginaba que era el mismo—, fue la gota que rebosó su paciencia.
Decidió que mandaría al carajo la notificación, aunque ello pudiera perjudicar el proceso que adelantaba por esos días. Ya lo oiría la empresa de correos al día siguiente. Óscar Ceballos tenía algo que decirles, y lo escucharían, lo escucharían muy bien. Por el momento, volvería sobre sus pasos, se subiría a su auto y regresaría a la ciudad, no sin antes comer algo en algún restaurante de la carretera. Sería fácil volver, solo tenía que tomar el camino de la izquierda en todas las bifurcaciones. Pensar esto le hizo caer en la cuenta de que en realidad no estaba perdido. Admitir que lo estaba, tan siquiera sentirse así, había sido estúpido. Simplemente no había encontrado la condenada dirección, eso era todo.
De todas formas, pensó, nadie lo había escuchado. Había sido un simple desliz, y no se vería nunca jamás el día en que Óscar Ceballos volviera a cometerlo, el día en que el abogado más eficiente de Gil & Cía. Asociados admitiera un error.
Más tranquilo consigo mismo, se puso en camino.
Se le ocurrió una idea: echaría un vistazo a la nevera de los Salcedo y se fijaría si tenían algo frío para tomar; estaba seco. Supuso que a los propietarios no les importaría. Además, se lo merecían por poco hospitalarios.
Entonces se oyó un ladrido al otro lado de la casa, en el camino de entrada. Óscar supuso que se trataría del can que había visto hacía unos minutos, pero luego se le ocurrió la posibilidad de que los dueños de la casa estuviesen de vuelta.
Rodeó la casa por el lado izquierdo.


4

Las ventanas de las habitaciones estaban cubiertas por cortinas, pero un par de ellas se encontraban medianamente corridas para que entrara la luz del sol de la tarde. Iba a torcer ya por la esquina delantera de la casa, cuando vislumbró algo de reojo en la ventana de la primera habitación, la que había ignorado en un primer y somero examen de la casa. Una anciana de tez mortecina y sumamente arrugada lo observaba por completo inexpresiva. Tenía el cabello canoso enmarañado, y estaba desnuda. Pero no fue esto lo que más impresionó a Óscar; fueron sus ojos. Los tenía abiertos más allá de lo posible, y aunque antes de tropezar y caer de bruces Óscar habría asegurado que lo observaban a él, en realidad estaban fijos y sin mirar a ninguna parte.
Óscar cayó, quizá de la impresión, o tal vez por el balón olvidado que estaba a ese costado de la casa y que en medio de su paso decidido no había visto, y apenas pudo reaccionar poniendo las manos delante y evitando lo que seguramente hubiese sido una fractura en el tabique. Lo primero que sintió fue cómo las piedrecillas se clavaban en sus palmas con un dolor cortante y arenoso. Lo segundo fue un dolor aún más intenso cuando su rodilla derecha golpeó fuertemente contra una roca puntiaguda. Luego su corazón comenzó a latir desenfrenado, preguntándose si lo que había visto era real o se trataba de su por lo general pragmática mente jugándole una mala pasada.
Fue entonces cuando el reloj de la casa atronó la tarde con tres fuertes campanadas.
Gonnng… Gonnng… Gonnng…
Óscar sintió cada campanada como un ramalazo en su cabeza insolada. Las aguantó con los ojos cerrados. Después de la última, los abrió y se puso lentamente en pie, alejándose instintivamente de la ventana con un leve cojeo producido por el fuerte dolor de su rodilla. Se sacudió las manos, las rodilleras de los pantalones, y con un esfuerzo de voluntad miró hacia la anciana.
Ya no estaba. Las cortinas seguían corridas, pero la anciana ya no estaba.
Su corazón comenzó a calmarse. Respiró profundo y dirigió su vista hacia el jardín delantero. No había perro, y menos aún sus supuestos amos. Óscar puso los brazos en jarras y evaluó la situación con cabeza fría. Al menos con toda la cabeza fría que podía tener en ese momento, con el sol golpeándolo inmisericorde en la nuca.
¿Pan comido? ¡Ja! ¿Lo ves, Señor Eficiente?
Refunfuñó. Si había algo que aborreciera aparte de admitir sus errores o que se los echaran en cara, era que lo asustaran. Y vaya susto le había metido la maldita vieja. ¡Y encima estaba en pelotas, como si tal cosa!
¡Qué diantres!, pensó. Entraré y le sacaré la información que necesito, esté con ropa o sin ella.
Acabó de rodear la casa y subió los escalones del porche por segunda vez en la tarde.


Lo primero que notó —porque además de engreído, autosuficiente y orgulloso Óscar era muy detallista—, fue que la taza que se encontraba en la mesa estaba casi vacía. La levantó, y con el movimiento el líquido dejó una tenue marca de una tonalidad más oscura en el interior del recipiente. Sintió un nudo en la garganta.
La taza no tenía ningún tipo de rastro de líquido en los bordes. Solo una marca uniforme que denotaba hasta donde llegaba el oscuro líquido hasta hacía unos minutos. Era como si hubiesen tomado el líquido con un pitillo…
Óscar la dejó nuevamente en su lugar y sin pensarlo apenas, en un acto reflejo, se restregó los dedos en la camisa.
Asió el pomo de la puerta y se disponía a entrar cuando notó algo nuevo: la mecedora estaba orientada en sentido contrario a como la había visto un rato antes. Igual podían ser imaginaciones suyas, pero estaba seguro de que la misma estaba orientada hacia el noreste.
Le restó importancia y entró.
Se dirigió de inmediato a la primera puerta de la derecha. Notó que era la única que estaba cerrada. Teniendo en cuenta que la mujer en su interior estaba en cueros, no le extrañó.
Iba a abrir la puerta, pero decidió tocar primero.
—¿Señora? Disculpe la molestia, señora, pero me gustaría saber si puede orientarme un poco. Busco una dirección y…
Óscar enmudeció. Acercó su oído a la puerta, pero no sintió ni el más leve murmullo.
—¿Señora?
Nadie respondió.
Al diablo, pensó. Y abrió.
Allí, en medio de la habitación… no había nadie.
Entró con lentitud, pensando que tal vez la vieja estaba escondida, avergonzada después de todo luego de ser vista por el tipo trajeado, pero la habitación estaba vacía.
Óscar apenas le dedicó una segunda mirada antes de encaminarse a la sala de estar.
Más tarde pensaría que fue justo allí cuando el terror comenzó. No antes, con la vieja desnuda, ni después al ver la taza casi vacía y el sillón movido en el porche. El terror, estaba seguro, comenzó cuando vio la bandeja llena de frutas podridas sobre la mesa.



Continuará... 


7 comentarios:

Calavera dijo...

¡Hola a tod@s! :)

Espero que hayan disfrutado de esta primera entrega de BIFURCACIONES. Era una historia que me rondaba la cabeza hace varios meses, y de la cual había escrito casi todo el primer capítulo desde, por lo menos, comienzos de año. A pesar de que el tiempo, como siempre, juega en mi contra, he decidido lanzarme con este relato, tanto para retomar la escritura (temporalmente abandonada, más no olvidada), como para no dejar que a esta historia se la lleve el éter... :)

Espero poder ponerme mañana mismo con la continuación de la historia. Tengo ya en mente gran parte de lo que puede suceder, y una idea para el final, pero como suele pasar en estos casos, la historia puede tomar sorpresivos rumbos. Lo que sí es seguro es que el relato estará compuesto por 4, o a lo sumo 5 capítulos. ;)

Gracias por leerme y ¡stay tuned! :D

:)

Sandman dijo...

Muy buena pinta tiene, en serio. Felicidades y esperando ya los siguientes capítulos.

Juanito dijo...

¡Excelente, Calavera!
Qué bueno que hayas retomado la escritura de ficción, con tus fantásticos relatos. Una alegría.
"Bifurcaciones" pinta muy bien. No sé cómo le va a ir a Óscaro en esa casa, creo que le costará un poco (¿bastante?) salir de allí, je.
Mucho suspenso, del mejor.
Esperando la segunda parte :)
Un abrazo.

Patricia Porta dijo...

Hola George! Recién ahora me puse a terminar el primer capítulo porque vi que publicaste el segundo jeje, era más corto de lo que yo creia al final me lo leí de un tirón el capitulo y está muy bueno, ya me dan ganas de leer el segundo, en cuanto pueda lo leo, hasta ahora pinta muy bueno!

Tm69 dijo...

¡Felicitaciones, George! Es un placer que retomes la escritura y más con esta historia que pinta muy, pero muy bien. El relato en sí, tiene cierto aroma a King pero también tiene tu esencia, lo cual le da mucho valor. Estoy seguro que las siguientes partes serán igual, si no mejores que ésta. ¿Podré leerlas? Ja, pan comido

Sonix dijo...

Hola!
Pufff, ya hace cantidad de tiempo que empezaste a colgar entregas del relato y justo hoy empiezo a leerlo. Acabo de terminar esta primera parte, y ya voy a buscar la segunda para leer en cuanto tenga ocasión. La verdad es que pinta muy interesante, y has rematado con un fragmento muy interesante que apunta a lo que está por venir. Lo dicho, que felicidades por lo que he leído hasta ahora, ya estoy deseando leer más.
Un beso!

Calavera dijo...

Sandman, muchas gracias por tu comentario. Espero seguirte enganchando con los capítulos siguientes. ;)

Juanito, ya te lo comenté por el Face, pero no sobra repetirlo por acá: mil y mil gracias por estar siempre ahí en primera fila apoyando mi trabajo. :)

Patricia, qué bueno verte comentando por aquí en mi Blog. :) Me alegra que te haya gustado. Muchas gracias por leerme! :D

Tulio, gracias por pasar y comentar. Me alegra que te vaya gustando la historia. :)

Sonix, qué alegría verte por aquí. :) Me alegra mucho que hayas comenzando el relato, y sobre todo que te haya enganchado. :D Espero que los demás capítulos estén a la altura. Muchas gracias por leerme! :) Un beso grande! ;)

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