Mostrando entradas con la etiqueta Los Misterios de Harris Burdick. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Los Misterios de Harris Burdick. Mostrar todas las entradas

viernes, 26 de septiembre de 2014

Fiesta del Libro y la Cultura Medellín 2014




Terminó la Fiesta del Libro y la Cultura 2014, y como siempre que se realiza este evento formidable en la ciudad de Medellín, la obligada visita se presenta llena de posibilidades. Realmente es un espacio extremadamente grato en el que te olvidas del tiempo y de lo que te pase por la cabeza. Libros, libros y más libros, de todas clases, ediciones, valores y tamaños… :) Todo acompañado de una buena dosis de cultura: lanzamientos de libros, talleres, foros, dinámicas y actividades varias.

Cuando llega el final, una parte de ti siente el vacío y, de alguna manera, la necesidad de que este tipo de eventos se haga más seguido… Pero bueno, es solo una vez al año, y hay que aprovecharlo.

Y debo decir que el botín conseguido no estuvo nada mal. Sinceramente, viéndolo en retrospectiva, puedo decir que ha sido el mejor resultado en los últimos años en Fiestas del Libro. :D Buenas ofertas, buenos libros y hallazgos sumamente valiosos e inesperados…

¡Así que allá vamos!

Lo primero (que, de hecho, fue lo único que compré el primer día) fue nada menos que un libro de Frank Herbert... ¡que no pertenece a su saga Dune!




Cualquier libro que no pertenezca a la mítica saga, obra cumbre de la ciencia ficción, es algo realmente difícil de encontrar, de modo que al ver este volumen apenas daba crédito. Apenas leí un fragmento de unas diez páginas, pero pinta muy bien. La verdad es que Herbert es un valor seguro...

Otros libros que hallé en una segunda visita fueron los correspondientes a Olympo, la continuación de la serie iniciada con Ilión, de Dan Simmons.




Estaban muy baratos y aunque solo he leído La Canción de Kali y ahora me falta Ilión para poder comenzar, no podía dejarlos pasar. Simmons es un autor muy bien referenciado…

Aquí va otro: Seis tumbas en Múnich, de Mario Puzo. La verdad solo he leído El Padrino, pero este pinta bien y la edición está muy bonita.




El encuentro importante del segundo día que asistí fue sin duda estos tres volúmenes de la saga Dune, del mítico Frank Herbert:





Estaban con descuento del 40% y puesto que aún me faltan varios para tener toda la serie completa, pues me traje tres conmigo. Ahora, como se ve en la siguiente foto, tengo los 8 libros de las Crónicas de Dune y los 3 de la trilogía Leyendas de Dune.





Ahora solo me quedan faltando los tres de la trilogía Preludio a Dune. :)

Uno de los hallazgos más especiales de la Feria fue nada más ni nada menos que Los Misterios del Señor Burdick, de Chris Van Allsburg:





La leyenda (que pueden leer en este link) que existe detrás de las 14 ilustraciones que componen el libro (además de sus respectivos títulos y epígrafes) es francamente fabulosa y llena de misterio. Como dice el mismo Chris en la introducción, es inevitable ver las imágenes y comenzar a concebir una historia en tu cabeza. 






El mismo Stephen King escribió un relato basado en la última ilustración (La Casa de la Calle Maple, incluido en Pesadillas y Alucinaciones), pero no fue hasta que mi amigo argentino Adrián Granatto (colega en algunos proyectos literarios) me habló del libro que no supe su verdadera historia. Por ese entonces nos propusimos cada uno escribir un relato basado en cada uno de las 14 ilustraciones, pero por esas cosas de la vida no finalizamos el proyecto, y él terminó escribiendo 5 y yo 4…





Los mencionados cuatro relatos de un servidor los pueden leer en este link. ;)
  
Una prueba más de que esta vez tuve mucha suerte es este par de librazos, hallados gracias a la amiga que me acompañó en el tercer y último día que asistí (20 de septiembre): nada menos que Libros Sangrientos 1 y Libros Sangrientos 2, de Clive Barker:





Quien haya leído a este autor sabe, además de lo bueno y único que es, lo complicado que es conseguir su obra. De modo que hallar estos dos libros juntos fue.... uaaaauuuu.... :D Sin palabras!

Puesto que mi ejemplar de Sangre comprende los relatos incluidos en Book of Blood IV (si mal no recuerdo), cada vez me falta menos para completar sus “sangrientas antologías”. He aquí la foto que resume toda mi colección de Barker:





Para finalizar, el único libro relacionado con Stephen King que me traje. La verdad es que, como siempre, el autor de Maine era una de las grandes expectativas para la Fiesta del Libro, pero solo cayó este libro:





Se titula Nuevos Cuentos de los Mitos de Cthulhu e incluye, entre otros relatos basados en la mitología creada por el genio H.P. Lovecraft, el relato de Stephen King "Crouch End", con lo que hoy mi colección de SK asciende a 149 libros (entre novelas, antologías, biografías y colecciones con relatos de él). :D

Ya quiero saber cuál será el Nº 150… :)

La verdad es que pinta BRUTAL y, de hecho, existe un tomo 2 que incluye "Jerusalem's Lot" (Los misterios del gusano), pero no lo compré la primera vez por caro, y luego no lo pude encontrar… :/

Ya solo queda esperar otro año a que llegue la ansiada cita con la literatura y la cultura en la ciudad de Medellín… :)


Saludos! 



lunes, 26 de diciembre de 2011

EXTRAVÍO EN VENECIA


Los Renegados presentan:

Los Misterios de Harris Burdick

EXTRAVÍO EN VENECIA

Escrito por George Valencia (Calavera)
Basado en una ilustración de Chris Van Allsburg




Aun con sus potentes motores en reversa, el trasatlántico fue arrastrado más y más en el canal.



1

Mi abuelo Rocco siempre estaba pronto a contar esa extraña historia sobre el trasatlántico a todo aquel que estuviera dispuesto a escucharlo. O aunque no lo estuviera, todo hay que decirlo. Bastaba con que le dieran una pequeña puntada, que mencionaran de paso cualquier tema remotamente relacionado, para que él se enzarzara en su insólita historia.
La recuerdo palabra por palabra.
—Ocurrió en agosto de 1913 —decía—, poco más de un año después del tristemente célebre hundimiento del Titanic, y un año antes de que comenzara la Primera Gran Guerra. Yo había nacido con el centenario, así que por esos días contaba con trece años. Era un ragazzo despierto y travieso en ese entonces. Algo hiperactivo, en realidad. Siempre estaba deambulando de aquí para allá, fisgoneando un poco en todas partes. Mi madre decía que yo era un “metomentodo” bastante insoportable, pero mi padre solía decir que yo había salido calcado a él, y eso le agradaba.
»A decir verdad, creo que lo que más agradaba a mi padre era que yo siempre estaba presto a acompañarle y echarle una mano cada vez que lo necesitaba. En temporada de pesca, por ejemplo, me llevaba con él y me encargaba todo tipo de tareas, que yo realizaba con gusto. “Ammiraglio Rocco”, me decía, y eso a mí me llenaba de orgullo. A mis hermanos les sacaba de quicio y decían que yo era el consentido de mi padre, que ellos siempre estaban en un segundo plano. Yo hacía oídos sordos a sus comentarios, y mi padre desmentía esas habladurías con un ademán indiferente, asegurando que todos eran sus hijos, y que a todos los quería por igual. Aun así, yo sabía que en el fondo sentía un aprecio especial por mí…
—El trasatlántico, abuelo —solía recordarle yo, o quien en ese momento hiciera las veces de canalizador de la historia. Era un trabajo engorroso, pero alguien tenía que hacerlo. A menos que quisiéramos que mi abuelo extendiera su historia por horas y horas, saltado de un evento sin relación a otro.
—A eso voy, a eso voy, Leo. ¡No me rompas las pelotas! —exclamaba él, simulando un enojo que no sentía. Creo que en el fondo él sabía que también eso era parte del juego—. Como venía diciendo, solía acompañarle en multitud de tareas, siempre y cuando no fueran demasiado pesadas para un chico de trece años. Era como una especie de escudero de mi padre, que nunca perdía oportunidad para recordarme la importancia de ganarse el propio sustento.
»A mi madre, por cierto, no le gustaba ni un poco. Decía que una partida de viejos apestosos no era compañía para un niño de mi edad, y amenazaba constantemente con ir por mí y traerme de vuelta a casa tirándome de las orejas. Yo hacía gala de una de las virtudes de mi padre: oídos sordos para palabras necias. Si mi madre, a quien yo tranquilizaba diciéndole que ya era lo suficientemente mayor como para cuidar de mí mismo, hubiera sabido lo que pensábamos, no solo me habría tirado de las orejas, sino que además me las habría arrancado de cuajo.
»El caso es que ese verano mi padre estaba trabajando en el Arsenale, un gran astillero ubicado en el barrio Castello, al sureste de Venecia…
—Sabemos dónde queda, abuelo. Vivimos aquí.
—El que está contando la historia soy yo, asino del demone, no tú, así que para de parlotear y déjame seguir. Además, aquél chico de la esquina viene de la capital y no sabe ni un ravanello de Venecia.
—Disculpa, abuelo.
—Como decía —proseguía él, incólume ante cualquier interrupción—, en ese inolvidable agosto de 1913 mi padre había sido contratado en el astillero por un tipo llamado Enrico Perotti, un siciliano que se había abierto camino en el negocio de la construcción de barcos. En ese entonces los sicilianos tenían las manos limpias, y Enrico era un buen tipo. Me estimaba y me trataba de tú a tú. Un gran hombre. Murió en la Segunda Gran Guerra, a comienzos de 1942.
»—Rocco —le gustaba decirme—, ¿cuántos barcos vas a construir hoy?
»—Cuatro —le decía yo; o cinco o seis—, como mínimo.
»Y cada vez Enrico Perotti se desternillaba de risa como si lo escuchara por primera vez.
»—Cuida a este chico —le aconsejaba entonces a mi padre—, le espera un gran futuro.
»Y mi padre asentía sonriendo.
»Creo que admiraba mucho a Enrico, y lamentó de verdad enterarse de su muerte…
»En todo caso, ese 12 de agosto estaba yo con papá en las cercanías del astillero. Habíamos ido al muelle a buscar a un tal Federico Totti, hombre de confianza de Enrico y encargado de la compra de insumos para el astillero. Era algo aficionado a la bebida, y nuestra misión era encontrarlo y llevarlo de vuelta. Ya lo habíamos hecho en anteriores ocasiones, y sabíamos más o menos donde encontrarlo.
»Anochecía. Eran ya casi las siete de la noche y el cielo estaba nublado. Gruesos nubarrones se alzaban en el oeste, amenazando lluvia para la noche. A pesar del verano, esa semana el clima había estado algo templado, y junto con los cúmulos de nubes algunos bancos de niebla se formaban aquí y allá en la superficie del golfo.
»—¿Iremos al bar o al cabaret? —pregunté yo, mientras descendíamos una de las numerosas escaleras del barrio. Mi padre tenía su propia embarcación, por supuesto, pero prefería andar a pie cuando trabajaba en el astillero o en el puerto. Decía que no era bueno permanecer demasiado tiempo en el agua. Yo creo que era más bien un agüero infundado. El caso es que ya casi habíamos llegado al muelle, y mi padre frenó en seco y me miró fijamente como pocas veces lo hacía.
»—Rocco —dijo, y su tono de voz me alarmó un poco.
»—¿Sí, padre?
»—Cuida mucho de no decir semejante cosa delante de tu madre. Si se entera de que te he traído a esta parte de la ciudad, me mata. Y no lo digo figurativamente.
»Yo le devolví la mirada con igual gravedad, y le respondí:
»—Por supuesto, padre. Lo prometo.
»Siempre fui muy fiel a mi padre, y esa fue una de las muchas promesas que nunca le incumplí.
»Ya más tranquilo, mi padre sonrió y, tomándome del hombro, me invitó a reanudar el camino.
»—Vamos a buscar a ese condenado borracho —dijo.
»Proseguimos la marcha. Bajamos los escalones, cruzamos un nuevo puente y llegamos al borde de ese extremo de la ciudad. El bar distaba solo un par de cuadras, pero entonces, justo al torcer por una esquina, lo vimos…
Mi abuelo sabía hacer su número a la perfección, así que en este punto de la narración siempre dirigía su mirada a una esquina de la habitación, preferiblemente vacía, con vacua consternación, como si estuviese reviviendo el momento.
—¿Viste qué? —decía yo, o alguno de los presentes, aunque ya todos, o al menos la mayoría, sabíamos a qué se refería.
—El transatlántico. Vimos el trasatlántico.


2

En esta parte no faltaba quien emitiera un “Ohhh”, o un “Ahhh” cargado de sorpresa. Y es que si te parabas a pensarlo detenidamente resultaba bastante insólita la imagen de una embarcación de semejante magnitud en un golfo rodeado de islotes y puertos. Y también, claro está, estaba el hecho de que mi abuelo sabía ponerle ese toque de misterio digno de las buenas historias.
Por otra parte, su imagen de por sí era bastante curiosa. Mi abuelo Rocco parecía salido de una película ambientada en el siglo XIX, con su larga barba, su barriga prominente y sus mejillas sonrosadas. Había perdido un ojo en un accidente, lo que le daba un aspecto aún más exótico. Vestimentas de un estilo puramente veneciano, con botas de puntera, completaban su atuendo.
Rocco Martini era todo un personaje.
—Sé que diciéndolo así suena como una locura salida de la mente de un viejo loco —proseguía mi abuelo después de un silencio calculado—, pero juro por el ojo bueno que aún me queda que fue tal y como lo estoy contando. La imagen era simplemente abrumadora, y nos tuvo a mi padre y a mí estupefactos por varios minutos.
»El trasatlántico se acercaba con silenciosa lentitud, surcando las aguas del golfo como si se tratase de un simple paseo nocturno. Hilachas de niebla se cortaban a su paso, dejando una estela gris detrás. Las medias luces del barco, la ausencia de personas en cubierta y el aspecto general del mismo, le daban un aire lúgubre y fantasmal que ni a mi padre ni a mí nos pasó desapercibido.
»Recuerdo que en ese momento, notando justamente esos detalles que aún ahora me producen escalofríos, se me ocurrió una idea tan increíble como perturbadora.
»—Padre —susurré, con un escalofrío recorriendo mi espalda—, ¿es el fantasma del Titanic?
»Mi padre me miró, y vi en su mirada un temor inconfesable. Supongo que él también había pensado lo mismo, aunque no quisiera reconocerlo, por supuesto. Pasado un momento, quizá para no admitir lo que había pensado, o tal vez para tranquilizarse a sí mismo, dijo:
»—¡No seas stolto, Rocco! Sí que es una aparición extraña, pero no es ningún barco fantasma.
»Aun así, cuando dirigió su vista nuevamente al trasatlántico, pude ver el temor reverente que sentía. Mi padre era un hombre de mundo, y había visto miles de cosas en sus cuarenta y tres años, pero seguramente eso era nuevo para él.
»A mí me daba miedo mirar el barco. Presentía que algo no estaba bien, algo me daba muy mala espina, y no era precisamente lo que expuso mi padre a continuación con un grito que casi me provoca un paro cardiaco.
»—¡Santa virgen del agarradero! ¡Aquí va a ocurrir un terrible accidente!
»Y es que, en efecto, en ese momento me di cuenta de la dirección que llevaba el barco y de lo cerca que estaba del muelle. Si seguía su curso, bastarían unos cuantos minutos para que se internara en el canal principal de ese lado de la ciudad, destruyendo todo a su paso.
»Ahogué una exclamación, y las piernas comenzaron a temblarme.
»Mi padre también estaba hecho un manojo de nervios, no obstante lo cual tuvo la suficiente entereza para tomar cartas en el asunto.
»—Rocco, muchacho —dijo, asiéndome de los hombros y mirándome fijamente—, escúchame. Escúchame muy bien.
»—Sí, padre —asentí obedientemente.
»—Ve y busca a Don Enrico y dile que una embarcación de gran magnitud se dirige hacia el puerto. Dile que tardará unos… —mi padre echó un vistazo al trasatlántico y pareció hacer algunos cálculos mentales—, diez minutos. Doce a lo sumo. Ve y díselo. Él sabrá que hacer.
»—Sí, padre —respondí yo, y me quedé moviendo afirmativamente mi cabeza, consternado, sin moverme del mismo punto.
»Mi padre se quedó mirándome unos segundos, y después exclamó con fuerzas:
»—¡Muévete, stolto, mueve esas malditas zancas!
»No hizo falta que me lo repitiera.
»De inmediato eché a correr como alma que lleva el diablo, como si en ello se me fuera la vida. Corrí y corrí, y me enorgullezco de decir que hice mi parte para impedir la tragedia, a pesar de mis escasos trece años.
»Aun así, no pudimos evitarla…
  

lunes, 12 de diciembre de 2011

UN EXTRAÑO DÍA EN JULIO


Los Renegados presentan:

Los Misterios de Harris Burdick

UN EXTRAÑO DÍA EN JULIO

Escrito por George Valencia (Calavera)
Basado en una ilustración de Chris Van Allsburg




Lanzó con todas sus fuerzas, pero la tercera piedra rebotó de regreso.



1

Imagina un lago.
Un lago prístino y tan azul como el más límpido de los cielos, enclavado en el interior de un valle al oeste de un pueblo pequeño; un lago rodeado de bosquecillos de árboles bajos y praderas tan verdes como nunca hayas imaginado, a través de las cuales riachuelos tranquilos y angostos desembocan en él con un murmullo cadencioso que invita al sueño, la tranquilidad y la paz. Aquí y allá el lago se pierde en rincones, recovecos y curvas, creados por los numerosos promontorios que se alzan en las colinas bajas de las faldas de la montaña. Algunas rocas de gran tamaño invaden los bordes en ciertas zonas, creando cuevas y pequeñas lagunas escondidas; hábitat ideal para los castores, las ardillas y los niños de nueve años.
Imagina un niño, justamente de esa edad, de cabello negro, piel blanca, ojos soñadores y sonrisa inocente. Es algo tímido y le cuesta relacionarse con los demás chicos del colegio. Le gusta dibujar, leer y adentrarse en la multitud de caminitos que rodean el lago y que se pierden en el interior del bosque en una telaraña sin fin. De cuando en cuando sale a cazar pececillos, para admirarlos y estudiarlos, y luego dejarlos en libertad. Es callado y soñador, pero saca buenas notas en el cole.
Ese soy yo a los nueve años.
Ahora imagina una niña, un año mayor. La más linda que jamás hayas visto. Delgada y grácil, de ojos negros y cabello oscuro y abundante. Su sonrisa invita a la alegría, a las risas, y su mirada lleva los sueños en su brillo. Es inteligente, locuaz y su compañía te hace sentir bien. También le gusta leer historias de aventuras y tiene una infinita creatividad para los juegos. Hermosa, tierna, de buen corazón, una criatura casi etérea, como una mariposa de vivos colores. Así es ella.
Su nombre es Estephanie.
Ahora une estos tres elementos, únelos en un extraño día en julio, uno en el que el tiempo parece estar más allá de cualquier medida; uno en el que los árboles no se mecen y las nubes parecen tardar días en recorrer el cielo, uno en el que el lago está tan quieto y sereno como un espejo. Hazlo, y la magia surgirá. Naturalmente, sin barreras ni límites, tan poderosa e inesperada como un atardecer violeta.
Con la fuerza suficiente como para cambiar vidas.


2

Fue Estephanie quien lo descubrió.
Era ella a quien siempre se le ocurrían las buenas ideas, y ella la que por alguna razón siempre descubría las cosas más curiosas. A veces eran cosas que solo ella (y con el tiempo yo también) entendía… Como quien ve figuras en las nubes donde los demás ven algodones blancos.
Era un mundo aparte, Estephanie, siempre tan soñadora.
Esa tarde de julio me llevó a una de las zonas menos concurridas del lago. Decía haber descubierto algo maravilloso. En ningún momento me cupo la menor duda de que así sería, aunque yo imaginaba algo como una cascada de agua escondida tras un bosquecillo o un árbol con forma de jirafa o elefante, algo aparentemente trivial, pero que visto a través de sus ojos sería sin duda maravilloso. Yo me maravillaría con ella, y escucharía extasiado alguna de sus extrañas historias mientras compartíamos algunas viandas a la sombra de un viejo olmo.
Pero cuando llegamos al borde del lago, en un rincón guarecido por las rocas que casi llegaba a ser una laguna secundaria, y Estephanie comenzó a recoger guijarros de la orilla, supe que esta vez se traía algo distinto entre manos.
—Tefi, ¿es eso lo maravilloso que tienes para mostrarme? —dije, no obstante, escéptico—. Hemos lanzado guijarros cientos de veces en el lago.
—Esta vez será diferente, Lucky —dijo ella, y me guiñó el ojo, sonriendo.
—Eso está por verse —respondí, sonriendo también sin poder evitarlo—. ¡Y no me llames “Lucky”! Mi nombre es Lucas.
—Tú me llamas “Tefi”.
—Pero a ti te gusta.
—A ti también. Deja de rezongar, Lucky, y ayúdame a buscar guijarros planos.
Así lo hice, y pasados quince minutos de buscar aquí y allá en la orilla del lago ya teníamos una buena cantidad apilados a nuestros pies.
La tarde transcurría lenta y apacible. El sol se colaba entre las nubes de cuando en cuando y le arrancaba destellos al vestido impecablemente blanco de Estephanie. Su cabello oscuro despedía apagados brillos que enmarcaban su hermosa carita como una aureola. El lugar en el que estábamos parecía estar ajeno a lo que sucedía alrededor, se palpaba un silencio soterrado, solo interrumpido a ratos por las risas de otros niños que disfrutaban de las vacaciones de verano.
—Bueno —dijo ella finalmente—, creo que fue aquí donde la vi.
—¿Viste qué? —pregunté, intrigado.
—La luz.
—¿La luz?
—Sí, Lucky, pero primero tenemos que encontrar el lugar exacto y lanzar la piedra tres veces, y…
—Vamos por partes —la interrumpí—. ¿Lugar exacto? ¿Tres piedras?
—Sí, Lucky —dijo Estephanie, ladeando la cabeza y poniendo los brazos en jarras, como si fuese una madre tratando de hacer comprender algo a su testarudo hijo—. Mira, ayer estuve por aquí, explorando, sin ninguna idea concreta. Entonces me aburrí y decidí lanzar guijarros. El récord está en…
—Ocho. Ocho saltos. Lo sé.
—Sí. Y aunque sé que nunca me hubieras creído si lograba nueve, decidí entrenar un poco para la próxima competencia. Había estado lanzándolos mientras recorría lentamente la orilla, cuando…
Se quedó callada, pensativa, y con una sonrisa pícara y curiosa que yo conocía muy bien.
—¿Cuándo qué, Tefi? ¡No me dejes intrigado!
Ella me miró, y pareció estudiarme detenidamente. Me gustaba cuando me miraba así, pero también me hacía sonrojar. Ella lo sabía, y por eso lo hacía a propósito.
—Creo que será mejor que lo veas tú mismo.
Entonces se inclinó, cogió un guijarro, lo examinó buscando su mejor lado, y lo arrojó con fuerzas a baja altitud. La pequeña piedra saltó… y saltó… y saltó… y…
—¡Uaaaaau! —exclamé, sinceramente sorprendido—. ¡Diez saltos! ¿Cómo lo hiciste?
Miré a Estephanie, y mi sorpresa fue mayor al ver su rostro inexpresivo y desilusionado.
—¿Qué pasa, Tefi? Acabas de romper la marca… ¡y no te inmutas!
Ella me miró, y sonrió tristemente. Si había algo que caracterizaba a mi amiga era que su rostro era un lienzo traslúcido a través del cual se evidenciaban sus sentimientos. Dicen que el rostro es el reflejo del alma, y el de Estephanie era quizá la máxima expresión de ello.
—Es que no funcionó como ayer —dijo.
—¿Y qué pasó ayer?
—Quizá no sea el lugar exacto… —murmuró ignorando mi pregunta, y dándose golpecitos en los labios con las puntas de los dedos. Siempre hacía eso cuando estaba tratando de resolver algo, o de llegar a alguna difícil conclusión. A mí me encantaba ese gesto.
—¿Podrías decirme qué demonios pasó?
Estephanie me miró con el ceño fruncido.
—No maldigas, Lucky.
—Lo siento.
—Ven, quizá me equivoqué de lugar.
Me cogió de la mano y me condujo rodeando lentamente la orilla. Miraba aquí y allá, como buscando algún rastro, alguna huella. A veces observaba el lago y murmuraba para sí palabras que no alcanzaba a escuchar.
Entonces, en un momento dado, frenó en seco y exclamó:
—¡Es aquí! ¡Estoy segura! —Me miró sonriente—. Lucky, ven y trae unos cuantos guijarros.
Obedeciendo sus órdenes, fui y traje de vuelta unos cuantos del montón que teníamos apilados. Estephanie estaba en cuclillas, mirando hacia el lago con los ojos entrecerrados, como si estuviese midiendo algunas misteriosas coordenadas. Yo seguía sin entender nada, y por momentos pensaba que mi amiguita sí estaba corrida de la teja después de todo.
—¿Crees que con estos bastarán? —pregunté enseñándole las piedras que llevaba en la bolsa improvisada que había hecho con los fondillos de mi camiseta.
Estephanie estudió los guijarros y asintió.
Cogió uno, y sin mayores preámbulos lo lanzó con fuerzas sobre la superficie del lago.
Recuerdo que en ese preciso instante me distraje por unos segundos descargando mi botín en el suelo, por lo que no vi lo que sucedió en el agua. Solo pude ver conmocionado cómo la piedra que hasta hace unos segundos había sido arrojada regresaba a reunirse con las demás en la orilla de la pequeña playa. Por un momento sospeché que Estephanie me estaba tomando el pelo, pero entonces vi su expresión extasiada y ya no tuve duda de que algo había ocurrido.
—¿Lo viste, Lucky? —preguntó.
—Mmm… La verdad… no —respondí después de balbucear un poco.
—¡Pero sí que eres…! Ven, pon cuidado.
Me cogió de la camiseta y me zarandeó hasta situarme a su lado. Cogió otro guijarro de la pequeña pila; se inclinó un poco y se colocó en posición.
—No te distraigas, Lucky; siempre te distraes.
—No lo haré —prometí.
Estephanie se concentró, y su carita adquirió el semblante de la mujer madura que sería algún día. Supongo que quien lea esto pensará que estaba enamorado ya a los nueve años… y tal vez tenga razón. Aunque en ese momento no tenía muy claro lo que era el amor. Al menos esa clase de amor.
Lanzó el guijarro con fuerza, y a punto estuve de perderme también este segundo lanzamiento por estar admirándola. Desvié la vista justo a tiempo para ver cómo la pequeña piedra alcanzaba una veintena de metros en la superficie del lago, dando saltitos cada vez más cortos… para luego regresar por el mismo camino, dando sendos botes hasta llegar a nuestros pies.
Me quedé alelado, observando las ondas que se esparcían por la superficie del agua, casi esperando ver alguna extraña criatura surgiendo de las profundidades. Estephanie aplaudía y reía entusiasmada.
—¿Lo viste, Lucky? Dime que lo viste o te arranco las orejas.
—Lo vi… lo… claro que lo vi. Es solo que no puedo creerlo…
—No sé a qué se debe, pero es como si la piedra rebotara contra algo. Ayer lo intenté en muchas otras partes, incluso desplazándome solo unos metros, pero parece que solo sucede en este punto específico del lago. ¿No es genial?
—Lo es, Tefi —contesté, aún conmocionado por el fenómeno—. Es maravilloso, tal como dijiste.
—Pues déjame decirte que aún no has visto nada.
—¿Ah, no? —pregunté, y aunque no tenía un espejo a la mano, creo que puse una cara de tonto de campeonato.
—Sipirili —respondió ella con una sonrisa de oreja a oreja.
Ver su alegre expresión me sacó de mi ensimismamiento. Sonreí y dije:
—Bueno, ¡veámoslo!
—¿Cuántos lanzamientos llevo?
—¿Dos?
—Exacto. Ahora mira esto.
Estephanie lanzó con todas sus fuerzas, pero la tercera piedra rebotó de regreso. Y justo en ese instante se vio un fogonazo verde que se esparció por todo el lago, proveniente del punto en el que el guijarro había rebotado, cambiando el tono de la soleada tarde. Duró apenas unos segundos, pero quedó grabado en mi retina por varios minutos. Fue como una explosión silenciosa y colorida que solo nosotros pudimos ver, pues nadie acudió a mirar y el bullicio lejano de los niños continuó con normalidad.
Estephanie y yo nos miramos; ella con una expresión de complacencia y yo con el rostro demudado por la sorpresa. Algo había allí, en ese punto del lago, y era un mágico secreto que solo los dos conocíamos. No hubo necesidad de palabras; los dos estábamos pensando lo mismo. ¿Qué había en el lago? ¿Qué clase de extraño lugar mágico habíamos descubierto? ¿De dónde procedía?
Entonces Estephanie interrumpió el hilo de mis pensamientos.
—Hazlo tú, Lucky.
—¿Yo?
—Sí, tú, Lucky tonto.
Miré los guijarros, y a continuación observé la superficie del lago, que poco a poco se había aquietado. ¿Por qué no?, pensé. Me agaché, recogí una piedra, miré a Estephanie, que asintió con aprobación, y la lancé.
La piedra dio ocho, diez, doce, ¡trece saltos!, y entonces rebotó de vuelta hasta parar a mis pies.
Estephanie y yo nos miramos, y reímos como tontos.
Recogí otra piedra y repetí el procedimiento, con igual resultado.
Agarré un tercer guijarro, respiré profundamente, y lo lancé con todas mis fuerzas. Tuve el tiempo suficiente para pensar que no sucedería nada, que la magia que había obrado por manos de Estephanie no arrojaría resultados por las mías, pero entonces un fogonazo de luz azul se levantó hacia el cielo, inundando el lago con su impresionante resplandor. El cambio de tonalidad era algo nuevo, lo noté en la expresión de Estephanie, por lo que, teniendo en cuenta su inagotable creatividad, no me sorprendió cuando me dijo:
—¿Y si lo hacemos al tiempo?
Era una gran idea, como todas las que se le ocurrían, y multitud de posibilidades cruzaron por mi mente como un torbellino. Sin pararnos a pensarlo detenidamente, recogimos sendos guijarros de la pila, y de manera sincronizada fuimos lanzándolos. Los primeros rebotaron con más fuerza de lo normal. Los segundos, más aún. Y ya antes de lanzar los terceros guijarros, con matemática exactitud, supimos que algo sin precedentes iba a suceder. Sin embargo, nada nos preparó para lo que ocurrió.
Lanzamos con todas nuestras fuerzas; los guijarros dieron igual número de saltos, y entonces en cierto punto los dos chocaron. Justo en ese momento un fulgor multicolor inundó no solo el lago y el sector donde estábamos, sino todo, absolutamente todo. Y esta vez no desapareció, ni mucho menos, sino que por el contrario pareció extenderse y extenderse hasta invadir nuestra realidad.
Fue entonces cuando, en el centro de todo, vimos la puerta.
  

lunes, 21 de noviembre de 2011

DEBAJO DE LA ALFOMBRA


Los Renegados presentan:

Los Misterios de Harris Burdick

DEBAJO DE LA ALFOMBRA

Escrito por George Valencia (Calavera)
Basado en una ilustración de Chris Van Allsburg




Pasaron dos semanas y volvió a suceder.



1

Jeremías Uribe pensaba que asesinar y enterrar a su padre al mejor estilo del relato de Edgar Allan Poe sería la solución.
Estaba equivocado.
Lo planeó durante meses, hasta el más mínimo detalle. Desde la forma en que informaría de su desaparición a las autoridades, y las falsas pistas que dejaría días después en la región de los lagos, hasta el método que utilizaría para asesinarlo y posteriormente enterrarlo tras la pared tapiada del extremo norte del sótano.
Lo había planeado meticulosamente, y todo salió bien.
Todo.
Excepto por una cosa.


2

Jeremías era el bibliotecario de Roca del Castillo, un pequeño pueblo situado a medio día en auto de la capital, Nérida, y como tal era un personaje respetado del pueblo, a pesar de que nunca se había casado ni tenido descendencia.
Era hijo único y siempre había vivido con sus padres. Al menos hasta que su madre, una mujer inestable y depresiva, había muerto a causa de una úlcera crónica el año anterior. Todo había ocurrido de repente, y apenas habían comenzado a asimilar la sorpresa de su imprevista enfermedad cuando se vieron ante la dura prueba de sobrellevar su pérdida.
Tres meses, una corta quimioterapia y ¡zas! Adiós mundo cruel. Como suele suceder en estos casos, la rapidez, aunque dura, fue lo mejor.
Ahora, viéndolo en perspectiva, Jeremías había llegado a la conclusión de que la partida de su madre había desencadenado todo. De hecho, era cuestión de tiempo para que tomara la decisión; la enfermedad y posterior muerte de Dolores Uribe solo había sido el detonante.
Lo que no preveía era que aún después de todo su padre siguiera creándole inconvenientes.


Las autoridades se habían tragado todo.
A pesar de que la soltería de Jeremías era motivo de cotilleo de cuando en cuando, era tenido en estima por los habitantes de la Roca, entre ellos justamente los agentes del Departamento de Policía, que en no pocas ocasiones habían pedido su ayuda para el Fondo Benéfico del Departamento, o para alguna consulta especialmente difícil destinada al colegio de los chicos. Así que no había ningún motivo para sospechar, o tan siquiera considerar, que el viejo Jere tuviese algo entre manos.
¿El bibliotecario del pueblo? ¡Por favor! ¡Pero si es una mansa paloma!
Jeremías sabía lo que la gente pensaba de él. Después de vivir durante cuarenta y siete años en el mismo apartado pueblo era imposible resultar indemne al chismorreo. Aun así, había conseguido mantener una precaria privacidad, que a la larga había evitado que la gente se enterara de la tensa situación que vivía en su interior. Sabían que era un hombre solitario, que no se tomaba más de dos cervezas el sábado en la noche, y que coleccionaba estampillas. Un buen tipo, de calvicie pronunciada y gafas de aumento. Pero por lo demás, su vida era un secreto. Él mismo se había asegurado de que así fuera, lo que le había valido cierta ventaja en el momento decisivo.
Así que en la noche del 19 de agosto, casi diez meses después de la muerte de su madre, y con su padre enterrado dos metros bajo tierra y tras un muro de cemento, Jeremías se dispuso a colocar la penúltima y más delicada ficha de su pequeño y macabro plan.


3

Para Martín Henao la llamada de esa noche, aunque inesperada, no revistió mayor anormalidad.
El Jefe de policía estaba de licencia y Leo había ido a comprar algunos refrigerios. Por lo general eran unos cafés grandes con mucho azúcar y unos pasteles, pero cuando el Jefe no estaba, “refrigerios” significaba cervezas con mucho alcohol y unos pasteles.
Eran casi las diez de la noche y Martín comenzaba a adormecerse en la silla del Jefe, con los pies bien apoltronados en el escritorio (hecho que sin duda significaría su suspensión en caso de que el Jefe Estrada se enterara), cuando sonó el teléfono. Martín se espabiló de inmediato, y a punto estuvo de caerse.
—Departamento de Policía —contestó.
—Hola, Martín. Soy Jeremías.
—Hola, Jere, ¿cómo estás? —saludó el agente, quien no recordaba haber recibido un llamada del bibliotecario en los nueve años que llevaba de servicio.
—No muy bien, la verdad.
—¿Pasa algo?
—Es el viejo. No lo veo desde el miércoles.
—Ya veo. —Para Martín la noticia no era ninguna sorpresa. En la Roca no era un secreto la afición del viejo Euclides Uribe por la bebida—. Supongo que ya hiciste las averiguaciones de rutina.
—Nuestra familia es poca, Martín. Bastaron cinco minutos y un par de llamadas para cerciorarme. Nadie sabe nada.
—Ya veo —repitió el agente. Suspiró y se mesó los cabellos con aire meditabundo. Le exasperaba un poco lo inoportuno de la llamada. El plan de ese viernes era amenizar el partido de baloncesto con unas cuantas cervezas, y ahora Jere echaba al traste los planes. Comenzar con el procedimiento de rutina para los casos de desaparición de personas a esa hora de la noche, a esa altura de la semana, justo el día en que los Lakers jugaban con los Spurs, le exacerbaba un poco. Era su deber, sí, pero maldito si estaba de ánimo esa noche para cumplirlo.
Al otro lado de la línea se percibía un silencio paciente.
—No quiero incomodarte, Martín —dijo Jeremías como si leyese los pensamientos del agente—, pero supongo que lo adecuado era avisarles. Mi padre siempre ha sido amigo de la botella, no seré yo quien lo niegue, pero nunca ha faltado a casa. Al menos durante tanto tiempo.
—Descuida, Jere, no es molestia. Es solo que el Jefe no está —se excusó Martín en un arrebato de genialidad—, y no estoy muy acostumbrado a esta clase de procedimiento. —Pensó un poco, decidiendo que después de todo no tenía por qué perderse el partido ni las cervezas. Dejaría el caso pendiente para el día siguiente; Leo sin duda estaría de acuerdo—. Te diré lo que haremos, Jere: mañana, a primera hora, me pasaré por la biblioteca y me dirás si tienes alguna noticia. De lo contrario, iniciaremos la búsqueda. ¿Qué dices?
—Perfecto —aceptó Jeremías sin ningún reparo—. Me parece perfecto.
—Así será entonces.
—Que pases una buena noche, Martín.
—Tú también, Jere.
Martín colgó la bocina, sonriendo bobaliconamente, pensando que sin duda esa sería una buena noche.
En algún lugar del sótano de Jeremías Uribe, el viejo Euclides llevaba cinco días siendo pasto de los gusanos.


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...