sábado, 22 de enero de 2011

RENACER

Este relato fue publicado originalmente el 18 de marzo de 2010 en Ka Tet Corp.

Tal y como sucedió con LA LIBRERÍA, he hecho una nueva y exhaustiva revisión y corrección del relato antes de republicarlo en el blog. Y de igual manera también, lo hice sobre una copia que había sido corregida por el poeta y escritor Hernando García Mejía. En la noche de ayer, añadí más notas y rayones a los que Hernando le había hecho a la copia.

Así que sin más preámbulos, aquí está, nuevamente revisado, mi tercer relato…



RENACER




1

Los peldaños metálicos empotrados en la pared de cemento despedían un brillo opaco a la fuerte luz del mediodía. Sobre éstos, Mario balanceaba las piernas, en la boca del agujero que comunicaba con el alcantarillado municipal. Sostenía un pastel de pollo a medio comer en una mano y una canastilla atada a una cuerda enrollada en la otra.
En ese momento colocó el pastel en su regazo, mientras utilizaba las dos manos para desenrollar con cuidado la cuerda en el interior del hueco, practicado en una ancha acera del centro de la ciudad. El pesado tapón de concreto descansaba a su lado.
Los transeúntes pasaban sin prestarle atención.
La canastilla de plástico transportaba una llave inglesa que Álex, ahora en las profundidades del acueducto, había olvidado meter en su cinturón. La bajó despacio para que no se balanceara demasiado. No quería que la llave terminara perdiéndose en la corriente subterránea.
—¿Cuánto tiempo más tengo que esperar, pedazo de estiércol? —El grito de Álex subió a la superficie con un eco sordo—. No tengo todo el maldito día. Esto aquí apesta y si permanezco diez minutos más creo que voy a vomitar.
—Pues si vomitas, por mí no hay ningún problema —respondió Mario—. No quiero perder la maldita llave y luego tener que pagarla de mi salario. Tú la olvidaste, así que no me jodas con tus sandeces.
—Está bien, capullo, no te sulfures. ¡Pero date prisa!
—Date prisa, mis polainas. Yo no… ¡Oh, mierda!
—Vaya, ¿qué es eso? ¿Es tu…?
Álex atrapó con destreza el objeto que caía. Era el pastel de pollo de Mario. Lo sostuvo ante sí con mirada divertida. Se encontraba justo debajo de la boca de la alcantarilla, con las piernas extendidas a ambos lados de la pequeña corriente que discurría por el canal. Miró hacia arriba de nuevo, con una sonrisa pícara.
—¿Qué te parece, Mario? Es tu pastel —exclamó con sorna, dándole un buen mordisco—. Mmm… Está sabroso y calentito.
—Maldito seas, Álex, devuélvemelo. Es mi almuerzo. No me hagas bajar y darte tu merecido.
—¿Tú, bajar? No me hagas reír. Si te querías morir la vez que te quedaste encerrado en el retrete.
—Maldito… ¡Vamos, devuélvemelo!
—Claro, no te preocupes, capullo. Ya te lo devuelvo —respondió Álex, dándole otro buen mordisco al pastel—. Limítate a bajar mi llave y tendrás tu mordisqueado almuerzo a cambio. Además, deberías estar agradecido. Tu querido pastel podría estar ya corriente abajo si yo no lo atrapo.
—Me lleva el… —masculló Mario, apresurándose a desenvolver la cuerda atada a la canastilla—. Ahí tienes, Álex, y más te vale que me regreses mi emparedado, si no quieres que…
—No me vengas con amenazas.
Cuando la canastilla llegó a su altura, Álex la sostuvo, sacó la llave inglesa y a continuación colocó el pastel en el fondo. Haló ligeramente la cuerda y exclamó:
—Listo, capullo. Ahí tienes tu querido pastel.
—Está bien. ¡Y no me llames capullo, maldita sea!
—Pero, ¿por qué? Si te encanta. Aunque si quieres, puedo llamarte “primor”. ¿Qué dices?
Mario no pudo evitar una sonrisa por la ocurrencia.
—Dejémoslo en “capullo” —dijo, y empezó a subir la canastilla con sumo cuidado.


2

Álex era un caso perdido, o al menos eso pensaba Mario. Mantenía una constante sonrisilla en los labios, que Mario odiaba y apreciaba al mismo tiempo. Tenía que gastar bromas en todo momento, y aunque Mario era su mejor amigo, también era su blanco predilecto. Estaba algo pasado de kilos… Bueno, en realidad era bastante gordo, lento y sufría de una claustrofobia incontrolable. Así que Álex disfrutaba muchísimo gastándole chanzas cada vez que podía. Lo hacía sin malas intenciones, pero Mario pensaba que, muy seguramente, todos sus compañeros de trabajo también se reían de él sin malas intenciones. No obstante, lo apreciaba. Álex era buen amigo, y por alguna extraña razón lo había escogido a él. Algo en la forma de ser suya le agradaba, y todos se preguntaban por qué una persona tan extrovertida, alegre y popular como Álex andaba en compañía de un tipo gordo y lento tan poco interesante.
Pero Álex no compartía la opinión general; le gustaba estar en compañía de su obeso amigo. A su modo de ver, tenía cierta agudeza mental y una inteligencia que le agradaba. Así desde que llegó a la empresa y Mario se encargó de enseñarle sus funciones, hicieron buenas migas.
Por su parte, en su fuero interno, Mario se sentía honrado. Era un hombre solitario, y el hecho de ser el mejor amigo del “chico popular” de la empresa lo hacía sentirse importante.


3

—Bueno, capullo, como tú digas —dijo Álex—. Ahora, si no te importa, tengo trabajo que hacer.
—Está bien… ¡Primor! Tómate tu tiempo —respondió Mario sonriendo.
—Por supuesto.
Álex guardó la llave inglesa en su cinturón y echó un vistazo a su alrededor. El olor no estaba tan fétido en realidad. O quizá ya se había acostumbrado a él.
Bajando sus pies enfundados en botas de los lados del canal, los introdujo en el agua poco profunda y se encaminó corriente arriba. El túnel tenía escasamente un metro y medio de altura, así que tuvo que agachar la cabeza y caminar un poco encorvado. Los chapoteos de sus botas emitían un eco apagado por todo el canal y, mientras avanzaba, el ruido de los carros y el bullicio de la ciudad sonaban cada vez más distantes.
A unos treinta metros de la boca del canal, Álex prendió la linterna acoplada a su casco. Las paredes despedían un brillo acuoso, producto de la lama que inundaba todo el lugar. Esto siempre le había hecho tener la sensación de caminar por las entrañas de una bestia gigantesca, pero aún así le gustaba su trabajo.
Examinó una vez más el plano. El sitio que buscaba distaba todavía un centenar de metros. Siguió caminando un poco más y dobló a la derecha. En ese punto el canal desembocaba en una cámara más amplia donde confluían una docena de tuberías. Al otro lado, el canal principal continuaba, como una hambrienta y oscura boca.
Miró de nuevo el plano. Lo guardó y se dirigió al otro lado del lugar, parloteando alegremente.
—Bueno, amigos y vecinos. Como podrán observar, a su izquierda está la tubería del Tío Tom, donde se pueden tomar un delicioso coctel a base de aguas residuales y vodka los viernes en la noche... Si el Tío Tom está de buen humor, por supuesto. Suele cerrar temprano cuando no lo está. A su derecha está lo que en otros tiempos era Bocados de Ed y…
—¿Hola? —se oyó una voz.
Álex frenó en seco, mirando en todas direcciones. El haz de la linterna bailaba de aquí para allá, enfocando un pequeño radio y dejando el resto en penumbras. O había perdido la chaveta de una vez por todas, o de verdad acababa de oír, muy débilmente, la voz de un niño llamando desde una de las estrechas tuberías laterales. Dirigió el foco de luz a todas partes tratando de vislumbrar algo, con el corazón latiendo cada vez más deprisa.
Entonces la voz se repitió:
—¿Hola?
Álex creyó distinguir la procedencia de la voz, desde un punto a su derecha, y se encaminó lentamente hacía allí, respirando profundo en un vano intento de acallar su miedo. Estaba seguro de que se trataba de un niño pequeño, pero sabría Dios qué demonios hacía un niño allí, a una decena de metros bajo la superficie.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —se animó a preguntar
No hubo respuesta, así que continuó acercándose, escuchando con atención. Le parecía imposible que hubiera alguien en un lugar como ese. Mucho menos un niño pequeño. “Esto no está nada bien”, pensó, “nada bien”.
—¡Auxilio! ¡Ayúdenme! —exclamó el niño.
Esta vez Álex pudo rastrear perfectamente el sonido. Provenía de una tubería ubicada en la esquina posterior de la cámara subterránea. Se apresuró hacía allí y se asomó al pequeño canal ubicado a un metro del suelo, alumbrando con su linterna. No había nada. Sólo una débil corriente de agua que discurría hacia la cámara en monótona sincronía con las otras.
—¿Hola? —repitió Álex—. ¿Cómo te llamas? ¿Cómo has llegado hasta aquí?
Sólo obtuvo por respuesta un tenue gemido, seguido de un llanto desgarrador, que reverberaba por la extraña resonancia de las tuberías. Álex, sin saber qué hacer, optó por lo primero que se le ocurrió. Se encaramó al conducto, que tenía poco más de un metro de diámetro, y empezó a arrastrarse a gatas, alumbrando con el foco de su casco. Si había un pequeño allí, estaba dispuesto a averiguarlo y a hacer lo que estuviera en sus manos para ayudarlo.
Pero algo no iba bien, y Álex no tardó en descubrirlo. Conforme avanzaba, el llanto parecía ir remitiendo, o desvaneciéndose, lo que era aún peor. No obstante el anormal eco de un lugar tan encerrado, pensaba que el sonido no era del todo natural. Parecía como si llegara de un sitio más lejano.
Unos treinta metros más adelante, el lamento había desaparecido por completo.
—¿Sigues ahí, chico? Oye, no estoy para bromas. Quiero ayudarte, pero si no me dices dónde estás será bastante difícil.
Las mohosas y curvas paredes le devolvieron su voz, repitiéndola en descabellada cacofonía. Siguió avanzando con dificultad, guiándose por su intuición. Tenía la impresión de estar metiéndose dócilmente en la boca del lobo, y sentía una rara opresión en el pecho, producto de lo confinado del lugar.
“Ahora sé lo que siente Mario”, pensó, “y no es nada agradable”.
—¿Hola? —repitió. No hubo respuesta—. Maldición, podré estar algo deschavetado, pero que me aspen si no hay un niño aquí adentro.
Con repentina resolución se movió con más rapidez en dirección a la voz, o por lo menos, hacia donde sonaba hacía un momento. Pasado un instante llegó a una bifurcación. Estaba seguro de que la voz había provenido de allí. Miró a su izquierda y algo en el suelo del canal, a unos cuatro metros de distancia, llamó su atención. Parecía un pequeño fardo o algunos desechos estancados tiempo atrás. Se dirigió hacía allí, escuchando atentamente en caso de que el niño dejara a un lado su timidez. El olor a putrefacción era más fuerte allí. El bulto tenía a Álex como hipnotizado, y conforme se acercaba, parecía cambiar de forma. A medida que avanzaba empezó a sentirse observado, vigilado. “Qué estupidez”, pensó.
En ese momento la luz del foco parpadeó y se debilitó. Las sombras danzaron a su alrededor, como si de un aquelarre subterráneo se tratase. Se llevó la mano a su casco y movió ligeramente la linterna. Estaba floja, eso era todo. La apretó un poco y la luz cobró fuerza de nuevo.
Entonces el deforme bulto se reveló como lo que en verdad era.
Unos jeans desgastados, una raída y deshilachada camiseta azul oscuro, con delgadas rayas horizontales de color azul celeste, envolvían a medias lo que sin lugar a dudas eran unos huesos descompuestos. Más allá, como salido de una terrible pesadilla, un pequeño cráneo lo observaba con su mirada vacía. Álex sintió un nudo en el estómago, retrocedió un poco y su mano derecha se posó sobre un objeto informe, que emitió un leve sonido de succión. Miró horrorizado, esperando lo peor.
A través de la capa de mugre que lo cubría se alcanzaba a vislumbrar lo que en otra época había sido una zapatilla negra. Se quedó mirándola un momento, perplejo, como si fuera un extraño espécimen, y desvió la vista de nuevo hacia el esqueleto.
Otra zapatilla igual cubría los huesos del pie derecho.
Fue entonces cuando un suspiro resonó lúgubremente por todo el lugar. Álex se incorporó, como por inercia, golpeándose la cabeza contra el techo de la tubería. Soltando una maldición empezó a volverse. Quería salir de allí cuanto antes, ver la luz del sol y respirar aire fresco. Al diablo si el maldito niño no aparecía. Él había querido ayudarlo, pero el muy estúpido o se había escondido o había decidido prorrogar sus vacaciones subterráneas. Allá él.
Ya en dirección a la salida, vio frente a él que un niño de unos nueve años gateaba rápidamente por la tubería. Álex se quedó pasmado, sin poder articular una sola palabra. El niño pareció recorrer varios metros en cuestión de segundos, abalanzándose sobre él. El rostro, desencajado con un rictus que expresaba un profundo terror, se hallaba a centímetros. Tenía los brazos extendidos hacia él con una muda súplica. Entonces Álex sintió cómo una potente energía lo empujaba con una fuerza descomunal.
Cayó hacia atrás y perdió el conocimiento.


4

Mario miró por enésima vez hacia el fondo del canal. Empezaba a preocuparse.
Habían pasado al menos dos horas y el trabajo de Álex no debería de haber tomado más de treinta minutos, cuarenta como mucho. Sin embargo, eran casi las tres de la tarde y Álex no daba señales de vida. A veces solía quedarse deambulando por ahí, observando con curiosidad las profundidades del alcantarillado, en busca de algún pequeño tesoro. En esas ocasiones tardaba alrededor de una hora, mientras Mario mordisqueaba distraídamente algún emparedado o se tomaba un refresco. Una vez había encontrado un reloj de oro engarzado en una rejilla del acueducto, y lo había exhibido con orgullo a todos sus compañeros. Pero, a menos de que hubiera encontrado un botín pirata, ya era hora de que los dos estuvieran dirigiéndose a la Central Municipal.
—Demonios, Álex, ¿dónde estás? —susurró para sí, mientras se rascaba la cabeza con gesto ansioso—. Ni creas que voy a ir en tu busca.
—¿Hola? —gritó alguien desde abajo. Mario se asomó con rapidez.
Era él.
—Maldición, Álex, ¿qué diablos estabas haciendo allá abajo? Llevo más de dos horas esperándote, insolándome con este calor de mil demonios. El jefe debe estar pensando que nos hemos tomado el día libre y no quiero ni pensar en…
—¡Ayúdame! —pidió Álex con un tono de voz que a Mario le pareció algo raro—. ¡Ayúdame a salir, por favor!
—¡Oh, diantres! Acabas de hacernos acreedores a un regaño de campeonato y aún así tienes ganas de gastar una de tus bromas. ¡No puedo creerlo!
—¡Por favor! —imploró de nuevo su compañero con una voz lastimera que desconcertó a Mario.
—¿Qué te pasó, Álex? ¿Tuviste algún accidente?
Por toda respuesta, Álex comenzó a sollozar desgarradoramente, murmurando palabras incomprensibles.
—Oye, amigo, está bien —lo consoló con una risita nerviosa—. No te preocupes que Tío Mario está aquí. Ven, sube…
—No, no puedo. Tienes que ayudarme. Debo tener una pierna fracturada y me duele muchísimo. A duras penas me he arrastrado hasta aquí. ¡Ayúdame a salir, por favor!
—¡Está bien, está bien! ¡Allá voy! Madre mía, ayúdame, dame fuerzas… —Mario miró a su alrededor, como pidiendo que alguien le diera una mano, pero los transeúntes seguían pasando a su lado sin dedicarle la más mínima atención—. Bueno, estás solo en esto, amigo —murmuró para sí. Y agregó en voz alta—: ¡Allá voy, Álex! ¡No te preocupes, allá voy!
Su compañero seguía sollozando, acurrucado a un lado del canal y mirando hacia arriba con los ojos muy abiertos. Había perdido el casco y su cabello enmarañado le daba cierto aire infantil.
Mario posó con firmeza el pie derecho sobre el primer peldaño, agarrándose con fuerza al borde de la abertura. Puso el pie izquierdo en el escalón inferior. “Dios mío, esto no puede estar pasando”, pensó. Era su peor pesadilla hecha realidad.


5

El descenso pareció extenderse por una eternidad. Cerraba y abría los ojos intermitentemente, sin mirar abajo. En un momento dado resbaló un poco y sintió cómo su corazón pugnaba por escapársele del pecho. Empezó a rezar con rapidez febril, mientras recuperaba el equilibrio.
Álex había enmudecido.
Luego de un buen rato su pie derecho se posó sobre el piso de cemento del canal. Suspiró aliviado y abrió los ojos. El sudor le bañaba el cuerpo y el corazón seguía latiendo desesperado.
Miró a su alrededor. Álex seguía en el mismo sitio, encogido, con los brazos abrazando las rodillas. Miró a Mario con una sonrisa de agradecimiento, nada propia de él.
—Vamos, Álex, ¿qué diablos te pasó?
—Sácame de aquí. No quiero permanecer más aquí, por favor. ¡Quiero ir a casa! ¡Quiero ver a mis padres!
—Demonios, Álex, tus padres murieron hace años. Tú mismo me lo contaste.
—¡Por favor! —suplicó, y a Mario no le quedó más remedio que agacharse, cogerlo con firmeza por la cintura y afrontar la difícil tarea de subirlo a cuestas.
Álex parecía estar trastornado. Muy trastornado.


6

Nada más comenzar el ascenso, Mario se dio cuenta de que sería imposible subir de esa manera, así que obligó a Álex a que se abrazara a su espalda, y reuniendo todas sus fuerzas comenzó a subir por la escalera, paso a paso, procurando no resbalar.
Álex parecía aferrarse a él como a la vida misma. Por lo tanto, Mario centraba toda su atención en no dar un paso en falso y en asirse con firmeza a los peldaños metálicos. La abertura se hallaba todavía a unos seis metros de altura.
El sol se había escondido, así que la luz había menguado un poco. Eran las tres y veinte de la tarde.
Cada paso le exigía un esfuerzo sobrehumano, y en la mitad del tramo Mario empezó asustarse de verdad. Sentía los miembros agarrotados y las manos le estaban empezando a doler de forma insoportable. Álex debía pesar unos setenta y cinco kilos, pero su peso muerto hacía que parecieran más de cien. Por un momento pensó que no aguantaría más, que sus dedos se soltarían de los travesaños y los dos caerían como un saco de plomo sobre la corriente del canal.
Entonces Álex susurró a su oído:
—Tú puedes. Yo sé que puedes lograrlo. Vamos, ¡no te rindas!
Mario quiso responder que no podría, que estaba agotado y se sentía desfallecer. Pero ni siquiera tenía alientos para decirlo. Cerró los ojos y se concentró. Tratando de sacar fuerzas de donde no tenía reanudó el ascenso con más brío. Paso a paso, pero decididamente, fue subiendo con Álex a cuestas, respirando hondo con los dientes apretados.
Finalmente su esfuerzo rindió frutos, y aunque se demoró casi veinte minutos subiendo y sentía todo el cuerpo dolorido, al ver la salida reunió nuevas energías y, tomando un último impulso, se agarró al borde de cemento, lanzándose hacia afuera con su pesada carga.
Luego de unos minutos tendidos en el suelo, Mario se incorporó y miró a su amigo. Su ropa, aunque sucia y mojada, no presentaba rastros de sangre en ninguna parte. Lo recorrió con la vista esperando ver sus piernas en alguna rara postura, pero parecían normales.
Con una expresión de perplejidad miró a Álex a los ojos, como interrogándolo en silencio. Este se había incorporado un poco, apoyándose en los codos. Miraba en todas direcciones, como maravillado. Sintió que Mario lo observaba y le devolvió la mirada.
Mario quedó estupefacto con lo que vio. Los ojos negros de Álex se habían mudado en un azul claro, intenso y penetrante. Se miraron un momento: Mario con rostro desencajado y Álex con una extraña sonrisa.
Después la sonrisa desapareció, puso los ojos en blanco y cayó de espaldas, como una marioneta a la que le hubiesen cortado los hilos de repente.
Mario se puso de rodillas al lado de su amigo y empezó a zarandearlo.
—¡Álex! ¡Despierta!
La gente lo miraba con desconcierto, pero por alguna razón nadie le preguntó qué pasaba.
—¡Álex! —repitió.
Y entonces Álex reaccionó, sobresaltado. Aspiró una profunda bocanada de aire, con los ojos como platos, y se puso de pie mirando en todas direcciones. Mario se lo quedó mirando, perplejo.
—Oye, ¿no que te habías roto la pierna? —le preguntó.
—¿De qué estás hablando? —dijo Álex sin mirarlo, como si su compañero le estuviera hablando en otro idioma. Seguía mirando a su alrededor, como si fuera una especie de radio humana tratando de sintonizar una lejana emisora. Su vista se detuvo en dirección norte, como si hubiera encontrado la frecuencia indicada, hacia el Parque Central, y susurró suavemente entre dientes:
—Juan Diego…
Luego miró a Mario con expresión demudada; sus ojos volvían a ser negros otra vez. Lo agarró del hombro y le dijo:
—Ven, acompáñame. ¡Rápido!


7

El Parque Central estaba a sólo dos cuadras de distancia.
Álex corría arrastrando a Mario, sin fijarse en los carros que pasaban a su lado, con los conductores profiriendo insultos y airados bocinazos. Mario le seguía el paso a duras penas, emitiendo jadeos y suplicándole que le diera respiro, preguntándole en vano qué demonios le ocurría. Pero éste no le prestaba atención. Miraba fijamente en dirección al parque, guiando a su amigo por entre el congestionado tráfico.
Llegaron a la esquina y doblaron a la derecha. Pasaron la calle en diagonal y penetraron en el parque por la entrada sur.
El Parque Central ocupaba unas nueve manzanas. Había varias placas polideportivas, juegos infantiles, zonas verdes y una ciclovía.
Álex frenó en seco y observó detenidamente en todas direcciones. Distinguió, a unos cuarenta metros de distancia, entre unos árboles de poca estatura, una zona de juegos con toboganes y unos travesaños que sostenían columpios.
Álex reanudó su carrera.
—Oye, ¿podrías explicarme qué pasa? —pidió Mario.
—Ni yo mismo lo sé —respondió Álex sin dejar de correr.


8

         El parque estaba muy poco concurrido ese día y una quietud casi palpable invadía el lugar.
         A unos quince metros del columpio, Álex se detuvo, mirando fijamente en esa dirección. Una sonrisa iluminó su rostro. Mario lo observó y, siguiendo su mirada, desvió la vista hacia el columpio. No había nadie allí, a excepción de un par de tórtolas que picoteaban el suelo con insistencia.
—¡Ja! Ahora sí que te has vuelto loco. Era cuestión de tiempo. Si antes te faltaban un par de tornillos, ahora has perdido el juego completo.
—Mira —dijo Álex por toda respuesta, señalando hacia los juegos.
Mario se volvió nuevamente, y su sonrisa se esfumó.
Donde hacía un momento no había nadie, un niño rubio de ojos azules, de unos nueve años de edad, se mecía suavemente en el columpio, sosteniéndose de las cadenas. Vestía jeans, zapatillas negras y una camiseta azul oscuro con rayas azul celeste. Miraba hacia el cielo con un aire de satisfacción en el rostro y parecía estar murmurando una melodía infantil. En ese momento reparó en los dos hombres que lo observaban. Se detuvo y se puso en pie. Dio un par de pasos en dirección a ellos y se detuvo nuevamente, mirando a Álex, sonriendo.
Mario lo miraba estupefacto. Álex lo recorría con la vista de pies a cabeza; también sonreía.
Entonces el niño movió sus labios y moduló una palabra inaudible, pero que Álex entendió a la perfección:
—Gracias.
Acto seguido, miró al cielo y cerró los ojos. Estaba llorando, pero su sonrisa se mantenía. El sol había salido otra vez y sus rayos iluminaban su hermoso rostro, confiriéndole un aire angelical y resaltando la expresión de paz y tranquilidad que tenía. Dos gruesas lágrimas se deslizaron por sus mejillas, despidiendo un tenue destello. “Lagrimas de alegría”, pensó Álex, sonriendo a su vez.
Mario seguía a su lado, como una figura de cera mal hecha.
El pequeño abrió los ojos de nuevo, extendió los brazos al cielo y, muy lentamente, se fue desvaneciendo, como llevado por una suave brisa de verano.




Publicado originalmente en Ka Tet Corp. por Calavera en Marzo de 2010.
Edición revisada publicada originalmente por Calavera en Enero de 2011.
Fotografía de Juan García Gálvez.  
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