lunes, 6 de junio de 2011

DIARIO DE UN MUERTO / Capítulo V


Los Renegados presentan:

DIARIO DE UN MUERTO
Capítulo V

Escrito por: George Valencia (Calavera)





30 de mayo de 2011

—¿Pasa algo? —me preguntó Valeria cuando regresé al living.
Yo estaba distraído. El extraño encuentro me había dejado perturbado. Estaba claro que el tipo que me estaba siguiendo desde hacía días me tenía bien ubicado. Si tenía ganas de joderme la fiesta, ya iba por buen camino.
—¿Perdón? —dije.
—¿Que si pasa algo? —repitió Valeria.
—No… Nada… Es sólo que…
—¿Qué pasó, Alan? Dime, déjate de misterios. ¿Por qué saliste corriendo como un maldito loco? —Valeria me miraba fijamente con cara de preocupación.
Yo la observé a mi vez, preguntándome si sería buena idea contarle lo sucedido. No la conocía muy bien, apenas había estado con ella un par de veces y, a pesar de que congeniábamos, aún no sabía qué clase de muertita era. Además, mi naturaleza desconfiada, incrementada desde hacía unos años al permanecer un tiempo al servicio de Carvajal, se mantenía incólume. No obstante, ver la forma en que me miraba, demostrando verdadera preocupación, derribó todas las barreras de la desconfianza y decidí contarle la verdad:
—Creo que me están siguiendo.
—¿Siguiendo? ¿Quién?
—¡No lo sé! ¡No tengo ni puta idea!
—¿Por qué habría de perseguirte alguien? ¡Estás muerto!
—¿Ah, sí? No me había dado cuenta. Siempre pensé que estaba en un sanatorio, con camisa de fuerza y babeando como un maldito lunático, mientras jugaba a ser zombie en mi cabeza paranoide.
—Déjate de estupideces, Alan. En el estado en que estás no me hace ni pizca de gracia.
Muy a mi pesar, tenía razón. Más de una vez, en momentos de tensión, el pendejo que tengo en el fondo toma las riendas y hace lo que se le da la gana.
Continué, más calmado:
—Está bien, discúlpame. Es que lo que me preguntas es algo que ya estoy cansado de cuestionarme. ¿Por qué me están siguiendo? Y por si eso fuera poco, el maldito tiene una cara de lunático que se las trae.
—¿Ah, sí?
—Sí, me dio un susto de muerte.
—Se nota. Estás pálido.
—Estoy muerto, Vale. ¿Qué querías, mejillas sonrosadas?
—¿Vas a empezar otra vez? Porque si es así, me largo ya mismo. ¡Y no me llames “Vale”!
—Ok, discúlpame otra vez. Lo que pasa es que ese maldito bastardo me asustó, y cuando alguien logra que me cague en los pantalones, me pone de mal humor.
—¿Te cag…?
—En sentido figurado.
—Ahh… Bueno, ¿me vas a contar lo que está pasando o no?
Respiré profundo y me arrellané a su lado en el sofá. Después de meditarlo un poco, le conté todo; al menos de lo que estaba enterado, y dejando a un lado cualquier cosa que hubiera podido sospechar hasta el momento, lo cual sólo eran algunas cavilaciones incoherentes. Le expliqué que hacía días, mientras vagaba sin rumbo por la ciudad, había descubierto a alguien que me seguía, y que en un par de ocasiones lo había visto esconderse en el umbral de alguna puerta. Le conté que luego, mientras salía con George en el auto, había conseguido vislumbrar la silueta de alguien que se escabullía por un costado de mi casa; le confesé que aquello me tenía preocupado desde entonces, y terminé narrándole el episodio de la cocina.
Valeria estuvo callada en todo momento, escuchándome con atención.
Al final, asintió meditabunda, y preguntó:
—¿Y no tienes idea de quién es?
—No —le respondí, y era verdad. No tenía ni puta idea de quién era el tipo. Sólo sabía que tenía cara de maniaco.
—Habrá que hacer algo. Todo eso tiene muy mala pinta. Quizá era alguien que conociste en vida y que ofendiste de alguna manera, no sé. A lo mejor después de muerto te descubrió por casualidad y quiere que pagues tu deuda.
Pensándolo bien, Valeria no estaba tan desencaminada. Hice tantos trabajos para Carvajal, vi tantos rostros en esos tres años y pico, que la idea de Valeria era tan buena como cualquier otra.
—Es una opción —dije.
—¿Qué vas a hacer entonces?
—No sé. Quizá tenderle una emboscada, o algo parecido. A lo mejor a George se le ocurre algo.
—Sales mucho con ese George, ¿eh?
—Bueno, un poco —sonreí—. Si te digo la verdad, hasta hace apenas unos días era muy remiso a relacionarme con otros muertos. Pendejadas mías, supongo. Pero George ha resultado ser un buen tipo. Algo loco, todo hay que decirlo, pero buen tipo a fin de cuentas. ¿Qué dices si vamos mañana al Zaguán y te lo presento?
—Puede ser, por qué no.
—Pásate mañana por acá y vamos.
—No te prometo nada, pero lo intentaré. Ahora debo irme; gracias por el desayuno. No es ni de lejos el mejor desayuno de Los Altos, pero tampoco estuvo mal —bromeó guiñándome un ojo.
—Oye, oye —protesté—, no te atrevas a poner en entredicho el famoso Desayuno Psicodélico de Alan.
—¿Qué no es eso una canción de Pink Floyd?
—Ni idea.
—Creo que lo es… Incluso había una vaca de por medio…
—¿Una vaca?
—Da igual. Bueno, basta de cháchara. Me voy. Cuídate —se despidió Valeria saliendo al porche.
—Igual. ¡Te espero mañana! —le grité desde el living, mientras mi mirada bajaba por instinto a su bien torneado trasero.
—¡Ya veremos! —contestó.
        

Me cae bien la pelirroja. Me gusta.
Luego de que se fue, decidí salir a echar un vistazo a los alrededores de la casa. Era ya casi mediodía y la fuerte luz del sol ahuyentaba todas las sombras. No obstante, no había rastro del extraño y desaliñado tipejo.
El cansancio por la fiesta de la noche anterior ya me estaba pasando factura, así que me tomé el resto de la tarde para descansar y recuperar fuerzas. He de decir que no me cayó nada mal la siesta.


3 de junio de 2011

La pelirroja está perdida de nuevo.
Ni al otro día, como acordamos, ni en los días subsiguientes ha dado señales de vida… Bueno, como se diga. ¡Esto de estar muerto a veces es complicado hasta para escribir un maldito Diario! El caso es que no ha aparecido, ¿entendido? Y si les digo la verdad, esas misteriosas desapariciones me empiezan a intrigar. ¿Adónde diablos se va? No es que me las dé de galán, ni nada de eso, pero me pareció que existía el feeling suficiente para buscar mi compañía. Sí, soy un muerto apuesto, ¡qué diantres! Modestia aparte, ¿eh?
En cualquier caso, desconozco su paradero.
No me puedo sacar a la colorada de la cabeza.
Y, ya que estamos, en los últimos días la figura de Valeria también me ha hecho pensar mucho en Jessy.
¿Recuerdan que al principio del Diario mencioné que mi único pariente era mi novia, pero que me había echado y que poco me importaba suicidarme? Pues era de Jessy de quien hablaba. Como dije anteriormente, al final había empezado a temer por su vida, por lo que el hecho de que me echara meses antes de mi trágico final había aliviado grandemente mi preocupación.
Me quería mucho, la pobre. Creo que yo era para ella un dolor constante de cabeza. Nunca le gustó trabajase con Carvajal. Decía que hacerlo había sembrado multitud de cambios en mi manera de ser. Yo no lo noté, si les digo la verdad, pero ella sí. Como dije antes, fue ese el motivo de que regresase a Los Altos.
Mis escapadas allí las hacía a escondidas de Carvajal, quien siempre pensó que yo nunca salía de Nérida, la Capital. Me pegaba mis escapaditas, sí. Iba de cuando en cuando a visitarla. Aún la quería y fueron muchas las veces en que le insistí para que volviera conmigo a Nérida, pero ella seguía en sus trece. De todas formas, con el tiempo comencé a temer que Carvajal o alguno de sus hombres terminaran descubriéndome.


A Jessy la había conocido en la Facultad. No asistíamos al mismo curso, pero teníamos horarios similares. La veía frecuentemente en la cafetería, sola, por lo general con un libro abierto al lado del plato. Era estudiosa, inteligente, no era una chica de muchos amigos, y eso me gustaba. Es la clase de chica que siempre atrajo, a pesar de que yo sí era asiduo de las fiestas y el licor. Muy pronto busqué la forma de acercarme e invitarla a salir.
El resto es historia.
Fue una bonita relación. Éramos muy unidos. Había amor ahí, ¡demonios! Y yo lo eché a perder…
Recién terminamos la Facultad, y después de la muerte de mis padres, nos fuimos juntos para la Capital en busca de oportunidades. Los padres de ella no aprobaban mucho la idea; no me querían demasiado si les soy sincero. Éramos jóvenes, pero tampoco unos adolescentes. Yo tenía veintiuno, ella veinte. El caso es que a pesar de sus reservas, sus padres no se opusieron a nuestra decisión.
Nos fuimos para la Capital, rentamos un cuarto en una pensión cerca del centro, y fuimos tirando. Mucho trabajo, poco dinero, pero yo creía que estábamos bien. A pesar de todas las dificultades, éramos muy felices.
Y ya decía yo que todo parecía muy idílico para ser verdad. Nunca he tenido muy buena estrella que digamos, así que tanta dicha me parecía una suerte pasajera. 
Fue entonces cuando conocí a Carvajal.


Ya les conté esa parte, así que no voy a repetirla. Pero sí les diré que Jessy soportó muy poco mi nueva posición. Muy pronto no quiso saber nada del tema, le daba miedo, así que se despidió y volvió a Los Altos. ¿Y yo qué hice? Dejarla ir. ¡Qué imbécil!
Todo cambió a partir de ese momento.
Las visitas esporádicas enfriaron la relación y meses antes del meollo final con Carvajal, me mandó a freír espárragos. Y bueno, fue lo mejor. Lo mejor para ella, y, en cierto modo, también para mí.
Además, me gustan los espárragos.


5 de junio de 2011

Hoy fue un día extraño.
Estos últimos días no ha pasado nada digno de mención, y puesto que Valeria sigue sin aparecer, he estado yendo continuamente con George al Zaguán a tomarnos unas cervezas y charlar de un centenar de temas diferentes. No se ha vuelto a tocar el tema de su pasado, y la verdad hasta el momento yo no le he mencionado nada importante del mío. De hecho, ahora que recuerdo, no le he contado sobre el extraño tipejo que me ha estado siguiendo. Supongo que no he encontrado el momento para hacerlo, o me he olvidado, qué sé yo.
Resumiendo: conversamos, bebemos y agitamos la cabeza al son de la música (sí, ya me estoy volviendo un experto en el tema del heavy metal).
Y hoy no fue la excepción.
Al menos al principio.


George pasó, como de costumbre, a eso de las tres de la tarde. Yo ya me encontraba listo en el vano de la puerta esperando su llegada, así que a las tres y media ya nos encontrábamos en la barra del bar, cada uno provisto de una buena cerveza. Los Maiden atronaban por los altavoces invitando al mundo a que no perdiera su tiempo buscando siempre los años perdidos.
—¿Nada que aparece la pelirroja? —preguntó George de pronto.
—No —respondí—, sigue sin aparecer.
—Es rara esa chica, ¿no?
—¿A qué te refieres?
—A nada en especial. Es sólo que parece que escondiera algo.
—¿Qué demonios va a esconder una chica recién muerta? Además, sólo la viste una vez.
—Ya sé, pero me causó esa impresión. Y lo que me cuentas de sus extrañas desapariciones pues hace que me pique la duda.
—¿Y qué va a esconder?
—¿Y qué sé yo? Algo.
—Estás loco, George. Y si de raros hablamos, pues tú no te quedas muy atrás que digamos.
Mi comentario le hizo gracia y estalló en carcajadas.
—Ándate con cuidado, viejo Alan —advirtió en tono jocoso—. No querrías conocer la ira del gran Skull.
Lo miré sonriendo, y ni por un segundo se me hubiera pasado por la cabeza que más tarde conocería el lado airado de George.
—Además —agregó—, también tienes pinta de esconder algo. —Puso cara de serio y entrecerró los ojos—. Tengo un instinto nato para calibrar a las personas, ¿sabías? ¡Y que me aspen si no estás tramando algo!
—¡Vete a la mierda, George! Creo que aquí el que se las trae eres tú. No estarás metido en el tráfico de pepinos en almíbar del que están hablando tanto en la tele, ¿eh?
—¡Palurdo! —exclamó riendo.
—¡Pendejo! —le respondí yo, y echamos a reír.
En ese momento pasó el barman caracortada y nos miró con expresión de pocos amigos.
—¡Oye! —lo atajó George—. Dos cervezas más, por favor —pidió. Y en tomo más bajo me dijo—: Descuida; tú invitas.
—Ah, graci… —comencé a decir, y entonces caí en la cuenta de lo que había dicho—. ¡Cabrón!
George rió por toda respuesta.
Y así, entre una estupidez y otra, la tarde se fue volando.


Eran casi las siete de la noche cuando un rumor que provenía de una esquina del bar llamó nuestra atención. Le hice un gesto inquisitivo a George, que se encogió de hombros, y juntos nos dirigimos a averiguar qué pasaba.
En un rincón del bar se había congregado un corrillo de personas que vitoreaban y lanzaban exclamaciones e improperios. Nos abrimos paso a empujones, curiosos, y descubrimos el motivo del escándalo.
Ante una mesa rodeada por el gentío dos hombres corpulentos competían al pulso. Uno de ellos, que sobrepasaba al otro en estatura y masa muscular, estaba a punto de derrotar a su contrincante, quien ya tenía su puño a apenas un par de centímetros de la superficie de la mesa. Ambos estaban rojos por el esfuerzo.
George sonrió al ver la escena, me codeó con aire conspirador y me dijo:
—Esto será divertido.
Centramos nuestra atención en la lucha de fuerza.
El tipo más delgado se mantenía inmutable a pesar de hallarse a punto de perder, mientras que el otro echaba madres a diestra y siniestra tratando de intimidar a su rival. Las personas que rodeaban a la pareja de pulsadores animaban a uno y a otro. Había dinero de por medio, y muy pronto se hizo claro que la mayoría había apostado al más fornido. Entonces, para sorpresa de todos, el más delgado respiró profundo y en un impulso tan repentino como inesperado, dio vuelta a la balanza y estampó fuertemente contra la madera el puño de su adversario, dando así final a la contienda.
Todos guardaron silencio por un momento, impactados por el inesperado desenlace. George me miró y guiñó el ojo, divertido.
Entonces volvieron los murmullos, y se repartieron las apuestas entre los lamentos de los perdedores.
—¿Alguien más se anima a pulsar? —anunció el que parecía ser el encargado de recibir y repartir las apuestas.
Yo miré a George, que seguía observando la escena complacido, y de pronto, en un impulso del momento, lo halé de la chaqueta y lo arrastré a la mesa mientras le decía al tipo:
—¡Nosotros! Nosotros pulsaremos.
George me observó sorprendido por un instante, para luego aceptar el reto con una sonrisa.
—Te haré añicos, viejo Alan. Te arrepentirás —me advirtió.
—Ya veremos —dije yo, acomodándome en mi respectivo lugar.
—Perfecto. ¡Tenemos dos nuevos contendientes, señores! —anunció el hombre de las apuestas—. Tenemos al rockero y al hombre de la camisa blanca. Hagan sus apuestas, caballeros.
Luego de un ligero momento de indecisión, en el cual los concurrentes nos observaron midiendo nuestras fuerzas, el dinero empezó a circular.
Pasado un momento, y luego de las advertencias de rigor sobre las normas del juego, George y yo nos pusimos en posición y unimos nuestras manos derechas esperando la señal. George me miraba sin dejar de sonreír, y la verdad es que a mí también me causaba gracia el asunto. Hacía años que no pulsaba, así que me agradaba la idea de medir fuerzas con él. Quizá ganándole se le quitara esa estúpida sonrisa del rostro.
—Bueno, prepárense —advirtió el hombre.
Nos pusimos algo serios y tomamos aliento.
—A la cuenta de tres: uno…, dos… ¡tres!
Y comenzó la contienda. La verdad no esperaba tanta resistencia por parte de George. Supongo que uno siempre se anima a pulsar si cree que puede vencer a su rival, y él no se caracteriza por ser especialmente corpulento, pero resultó que tenía músculos finos el huesudo del George.
La disputa estuvo siempre pareja. A veces uno tomaba la ventaja, pero rápidamente el otro lo subsanaba y recuperaba su posición. Muy pronto ambos estuvimos rojos como tomates.
Los minutos pasaron y seguíamos parejos. Por momentos los puños se detenían en el medio, sin avanzar en ninguna dirección. El brazo comenzó a dolerme horrores, pero no cejé en mi empeño. Los demás asiduos del bar seguían animando a sus respectivas apuestas, pero muy pronto la lucha se volvió monótona y los hombres comenzaron a mirarse unos a otros. A ese paso no habría ningún ganador.
Entonces, a una señal de la multitud, el tipo de las apuestas gritó:
—¡Con las mochas!
Acto seguido, posó su mano sobre nuestros puños, dando por interrumpida la contienda. Por estos lares, “mocha” se le dice a la mano que no utilizas bien. Si eres diestro, la “mocha” es tu izquierda, y viceversa.
—Cambio de brazos, chicos —nos dijo.
—Ríndete de una vez, viejo Alan, llevas las de perder —me aconsejó George.
—¡Primero muerto! —exclamé yo sin pensarlo. Entonces todos los allí reunidos soltaron la carcajada por la ocurrencia. Por un momento, miré a mi alrededor sin comprender. Observé a George, que también reía como loco, y entonces caí en la cuenta de lo que había dicho y me uní a la carcajada general. No había duda de que la cosa tenía su gracia.
El ambiente estaba en todo su furor. La verdad es que le empiezo a coger cariño al Zaguán. Es un sitio agradable.
Pasado un momento, nos acomodamos de nuevo, y el tipo anunció:
—Prepárense.
Cambiamos de brazo, e iba George a tomar mi mano izquierda con la suya, cuando de repente su expresión cambió por completo. Me miró con el ceño fruncido, observó la palma de mi mano izquierda, y se quedó inmóvil, como si estuviera tratando de entender una difícil operación matemática. Yo no comprendía nada. Pensé que era una broma y así se lo hice saber:
—¿Qué pasa, George? ¿Te picó un bicho en el culo?
No respondió. Siguió mirándome fijamente.
—Fin del juego, señores —dijo de repente, levantándose de su puesto—. Y tú, Santos, acompáñame.
Y antes de que pudiera objetar algo, me agarró de la camisa y me arrastró fuera del bar entre el airado abucheo de los presentes.


Yo, la verdad, no entendía un carajo. No obstante lo cual lo seguí, en espera de que no fuera nada malo lo que se traía entre manos.
Una vez fuera, me llevó al callejón que queda tras el Zaguán, siempre aferrado a mi brazo. Luego frenó, me zarandeó hasta ponerme frente a él, y antes de que pudiera saber qué estaba ocurriendo, me asestó un fuerte puñetazo en la mandíbula que me arrojó al piso.
—¡¿Para quién trabajas, bastardo hijo de puta?! —me gritó—. Será mejor que me lo digas si no quieres que te mate ahora mismo.
Yo no atiné a responder. El golpe y la sorpresa me habían dejado mudo. La cabeza me dio vueltas antes de conseguir estabilizarme.
—¡Pero qué palurdo soy! —dijo—. Si está claro que trabajas para ese hijo de puta presumido. Más bien dime qué demonios quieres de mí, qué pretendes, si no quieres que te mate. Dilo, Santos, dilo de una puta vez.
Respiré profundo tratando de ordenar mis pensamientos.
—Cálmate, George, no sé de qué diablos estás hablando.
—¿Ah, no? ¿Crees que soy un maldito imbécil?
Se agachó, me agarró del cuello de la camisa y me hizo incorporar empujándome contra la pared.
—Dímelo de una maldita vez, antes de que pierda la paciencia.
—Podrías empezar por calmarte —le dije.
—Calmarme mis pelotas.
—No sé a qué mierda te refieres, George, así que suéltame de una puta vez.
—Si es que son todos unos cínicos hijos de puta, ¿no?
Entonces levantó su brazo con ademán de golpearme de nuevo. Decidí que ya era demasiado, frené su brazo con el mío y lo empujé a mi vez contra la pared opuesta del callejón. El contraataque lo cogió por sorpresa.
—Dime tú de qué mierda hablas —exigí—, que yo no tengo la más mínima idea.
—Tu cicatriz —dijo entonces—. Tu maldita cicatriz. ¿O me vas a negar que existe?
—¿De qué cicatriz hablas?
—¡La de tu palma izquierda, imbécil!
—Ah, esa —dije, cansado de repente—. De nuevo la susodicha marca. Primero Valeria y ahora tú.
—Sí, esa. Ese ojo es inconfundible.
—¡Y dale con el ojo!
Creo que el tono de mi comentario lo dejó fuera de base. George pareció calmarse, o quizá su estupefacción lo obligó a ello.
—¿Cómo es eso de “dale con el ojo”?
—Eso mismo. Valeria también vio la cicatriz y dijo que parecía un maldito ojo, aunque ella no se comportó como una hija de puta golpeándome sin razón.
—Tengo mis motivos, Santos.
—¡Y dale con llamarme Santos! No te luce ese aire bravucón, George. Mejor cuéntame de una puta vez qué es lo que te cabreó tanto. —Me llevé los dedos a la comisura la boca. Ya sentía una pequeña hinchazón. Retiré mi mano, justamente la izquierda, y le mostré la palma llena de sangre.
—Tendrás que tener una buena explicación para esto, George. Hacía mucho que nadie me golpeaba.
—Tú también tendrás que tener una para eso —dijo, señalando la marca en mi palma, que con la sangre había adquirido cierto matiz ominoso.
—La mía es muy simple: no tengo ni idea de cuándo ni cómo me hice la maldita cicatriz. Y si te digo la verdad, tampoco me importa. Ahora tú —dije.
George pareció considerar sus opciones unos momentos. Me miraba fijamente, calibrándome. Yo no entendía nada de lo que pasaba, y como dije antes no recordaba cómo me había hecho la marca. Así que su comportamiento resultaba un enigma para mí.
Entonces pareció tomar una decisión y me dijo:
—Esa cicatriz con forma de ojo, que llevas precisamente en la palma izquierda y no en la derecha, es la marca inconfundible de los muertos de un poderoso mafioso de apellido Carvajal.
Al oír el nombre me puse de piedra. Ya el apellido generaba multitud de implicaciones, pero el contexto en que lo decía George y el hecho de que todo su comportamiento tuviera algo que ver con el tipo para el que trabajé los últimos años de mi vida, me produjo un nudo en la garganta. Por un momento me quedé de una sola pieza.
George lo notó y dijo:
—Conque te suena el nombre, ¿eh?
—Sí…, sí…, claro que me suena —balbucí—, pero parece que tenemos una imagen muy distinta de lo que es y lo que hace Carvajal. ¿Qué es eso de “sus muertos”? —pregunté.
—¿De dónde lo conoces? —preguntó el a su vez sin responder la mía.
—Bueno, trabajé para él durante un tiempo.
—¿Trabajaste o trabajas?
—Trabajé, por supuesto. Estoy muerto, ¿recuerdas?
George se quedó pensativo de nuevo, analizando mis palabras y mirándome persistentemente. Luego de un rato que se me hizo eterno, asintió para sí, se me acercó y extendió su mano derecha.
—Discúlpame, Alan. Siento haberte golpeado. La cosa es que tenía que asegurarme de ciertas cosas, ¿vale?
Yo lo observé un momento, asentí y le estreché la mano.
—Vale. Me debes un puñetazo, pero luego veré la forma de saldarlo. De momento, al menos quita esa maldita expresión de pocos amigos. No te luce.
George sonrió, pero fue una sonrisa a medias. No hay duda de que gran cantidad de cosas pasaban por su cabeza y, por un momento, llegué a pensar que no volvería a ver al George alegre y loco de las últimas semanas.
—Tenemos que hablar, Alan —dijo entonces.
—Sí, seguro que sí —accedí.
—Pero no ahora. Hay muchas cosas en las que debo pensar antes.
—Si tú lo dices.
A decir verdad, tampoco tenía ánimos para más sorpresas ni para hablar al respecto.
—Vamos, volvamos al Zaguán. Te invito a una cerveza.
—De hecho, hay varias que aún no hemos pagado —observé.
—Tienes razón. Es un milagro que caracortada no haya salido detrás de nosotros.
—Seguro que no se dio cuenta.
—Seguro… Bueno, vamos.
Y eso hicimos. Nos tomamos unas cuantas cervezas más y no se habló más del tema por el resto de la noche.


6 de junio de 2011

Parece que las sorpresas no cesan.
Esta tarde, más por costumbre que porque lo esperara realmente, me paré en el porche a ver si George aparecía. Lo dudaba, ¿eh? Después de lo de anoche, pensé que el maldito pasaría algunos días sin aparecer, a pesar de que al final él me pidió disculpas e hicimos las paces.
Pues a eso de las tres y veinte de la tarde vi a asomar su viejo Mustang. Aparcó en el lugar de siempre y ya me dirigía a su encuentro, cuando comenzaron las sorpresas: George venía acompañado.
El lado del conductor estaba en mi dirección y la luz del sol no me permitía ver bien quién se hallaba en el otro asiento.
George se apeó, cerró la puerta y se me acercó.
—Hola, viejo Alan.
—Hola, George.
—Te tengo una sorpresa.
—Sí, eso veo. ¿A quién trajiste? Debiste haberme avisado para haber preparado unos panecillos.
—Aún estás a tiempo, viejo Alan. Hasta yo te echo una mano.
—Suéltalo ya, George. Tantas sorpresas no me gustan; me dan agriera.
George sonrió, se volteó y llamó por encima de su hombro:
—¡Eh, chica! ¡Ven aquí!
—Conque una chica, ¿eh?
George me guiño el ojo.
Observé el coche con curiosidad y cuál sería mi sorpresa al ver a Valeria en persona apeándose del auto.
Miré a George, pero este se hizo el tonto.
Valeria se acercó a nosotros y algo en su postura me indicó desde un comienzo que algo no andaba bien.
—Hola, Alan.
—Hola. ¿Puedo saber qué demonios pasa aquí?
—No te sulfures, viejo Alan, ni tampoco te nos pongas celoso —dijo George—. La cosa es más simple de lo que crees. Anoche, luego de traerte, me volví para el Zaguán. Tenía mucho en qué pensar, como te dije. ¿Y adivina a quién me encontré? ¡Exacto! A tu pelirroja. Y no, no te preocupes por presentarnos. Ya nos conocimos, ¿no es así, Vale?
—Así es. Y no me llames “Vale”, que no me gusta.
—Es verdad. Lo siento.
—Bueno, ¿y qué te traes entre manos ahora? —le pregunté. La verdad es que no entendía un carajo. Verlos a los dos juntos me parecía rarísimo, a pesar de que yo mismo apenas me había visto con Valeria en dos ocasiones.
—Viejo Alan, la cosa empieza a ponerse interesante. Primero que todo, Vale me ha confirmado que eres un zopenco y que no recuerdas cómo te hiciste la cicatriz de tu palma izquierda. Al verla, se me ocurrió que podría confirmármelo, y en efecto así fue. Además, hemos hablado un poco de todo, una cosa ha llevado a la otra y…, bueno…, creo que es mejor que ella misma te lo diga.
Observé a Valeria y la noté ansiosa, preocupada. No la había visto así hasta ese momento. Todo eso no me gustaba nada.
Valeria, por su parte, nos observaba a ambos. Quizá se preguntaba si podía confiar en un par de muertos que apenas conocía. El caso es que tanto ella como nosotros no teníamos muchas opciones para relacionarnos con otros. Los Altos es una ciudad pequeña, un pueblo para muchos, a pesar de contar con una zona industrial, y no se caracteriza precisamente por su abundante población. Además, aunque uno esté muerto siempre hace falta algo de compañía.
—Vamos, Vale, no te preocupes. Puedes confiar en nosotros. En realidad parece que los tres tenemos algo en común, algo no muy bueno, por cierto, y será mejor que decidamos juntos las implicaciones que esto puede tener —dijo George, adoptando de repente un tono serio más acorde con el momento. La verdad es que le agradecí el gesto. Valeria también pareció notar su actitud, pues ni siquiera le importó que volviera a llamarla “Vale”.
A mí sólo se me ocurrió sonreírle, infundiéndole confianza para que dijera lo que tenía que decir. De repente me acordé del tipo que me ha estado siguiendo en los últimos días. ¿Estaría por ahí en alguna parte observando nuestra pequeña reunión?
Valeria inspiró hondo y nos soltó la bomba:
—También conozco a Carvajal —dijo—. Él acabó con toda mi familia.



Fotografía: José Ruiz Quesada 
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