Los Renegados presentan:
DIARIO DE UN MUERTO
Capítulo X
Escrito por: Adrián Granatto
12 de junio de 2011
No estoy acostumbrado a escribir tanto.
Verdaderamente estos días pasados han trascurrido en un frenesí de letras que me ha dejado exhausto, así que luego de un merecido descanso para mi mano, hoy retomo este diario para volcar las novedades recientes.
De Valeria no tengo noticias. No me preocupo por eso. El que sí me preocupa es George. Todavía no le conté lo del sueño (o recuerdo, ya no sé como llamarlo) y sé que le va a interesar, pero lo noto raro y me preocupa. Capaz son sólo ideas mías y la cosa pasa por otro lado; después de todo, no conozco a George tan bien y tal vez esos raptos de introspección en él son cosa normal.
Preferí dejarlo con sus cuitas, así que ayer salí de casa dispuesto a despejar la cabeza, pero no más cerré la puerta me encontré con un Sedán verde estacionado frente a la casa. En la puerta del conductor se leía:
INMOBILIARIA DE LOS ALTOS
DANNETTO & HNOS
PRIMERA EN VENTAS
Y en la luneta trasera llevaba una calcomanía que decía:
LOS ALTOS
UN BUEN LUGAR PARA VIVIR LA VIDA
Y la muerte, pensé. Es un buen slogan.
Del auto bajó una mujer muy atildada vestida con falda, saco y el pelo recogido en un tirante rodete. En la mano traía una carpeta. Cerró la puerta y se apoyó en ella. Miró su reloj y luego el camino. Resopló y cambió el peso de su cuerpo de una pierna a la otra.
Estaba claro que tendría que hacer mi acto fantasmal antes de marcharme, porque si no corría el riesgo de quedarme sin casa.
La mujer volvió a resoplar y comenzó un leve taconeo. No creo que fuera consciente de ello. Parecía como si de pronto hubiera sido poseída por el espíritu de una bailadora de flamenco.
Volvió a mirar el reloj y, al levantar la vista hacia el camino, vio venir un auto. Era viejo y llevaba el paragolpes delantero sostenido por alambres. La patente había pasado a mejor vida, vaya uno a saber en cuál de los tantos caminos recorridos.
Un hombre de edad bajó del vehículo con dificultad y estrechó la mano de la mujer que ahora sonreía de forma ladina. Mientras el hombre se disculpaba por la tardanza, abrió la puerta trasera y sacó una silla de ruedas. La desplegó delante de él, le puso los seguros, y la llevó rodando hasta la puerta del acompañante. Ayudó con delicadeza a una anciana a trasladarse a la silla y, lentamente, recorrieron los tres el camino de piedras que conducía a la casa.
La mujer de la silla llevaba un pañuelo en la cabeza, de donde sobresalían mechones de cabello blanco, y una manta cubriéndole las piernas. Una de sus manos descansaba en su regazo, mientras que la otra se posaba sobre la diestra del hombre que empujaba la silla. El anciano continuamente se acercaba al oído de la mujer y le susurraba. Ella sonreía y asentía con la cabeza.
Automáticamente empaticé con la pareja de viejitos y me sentí una basura por tener que echarlos, pero no quedaba otra. Conseguir casa en Los Altos es complicado, a menos que tomes una casa abandonada como George; pero siempre me gustó el confort y no iba a dejar que una pareja de ancianos, por más bien que me cayeran, me arrebataran ésta que estaba bastante bien.
Llegaron al umbral y la mujer sacó una llave del bolsillo del saco. La introdujo en la cerradura y se sorprendió cuando notó que la puerta estaba abierta.
—Debieron ser los de la limpieza —mintió—. Todas las semanas pasan para quitarle el polvo a las propiedades que tenemos en venta. No se dan ustedes una idea de la cantidad de suciedad que acumula una vivienda deshabitada. Es increíble.
Entraron a la casa y yo con ellos. Recorrieron la planta baja y, al llegar a las escaleras, el hombre se arrodilló frente a su mujer, ocultando una mueca de dolor.
—Voy a arriba unos minutos, mi vida. ¿Vas a estar bien?
Ella le acomodó el pelo en un gesto lleno de ternura.
—Claro. Pero no tardes.
El hombre le besó las manos y subió las escaleras acompañado de la mujer de la inmobiliaria.
Fui tras ellos para comenzar con el espectáculo, cuando la anciana de la silla dijo en voz baja:
—No me deje sola, muchacho. Venga y hágame compañía. Y, mientras tanto, me cuenta cómo es el asunto de ese lado.
Me quedé patitieso al oír a la mujer y sentí cómo la mandíbula me caía laxa hasta el ombligo. Ella soltó una carcajada.
El viejito se asomó por la barandilla.
—¿Pasa algo, Curru? —preguntó preocupado.
—No, nada, mi amor —dijo la mujer todavía riendo—. Me acordé de algo gracioso, nada más que eso.
El hombre se quedó unos segundos más observándola, supuse que preguntándose si debía bajar o no, y al final volvió con la profesional de la inmobiliaria.
Mientras tanto, yo seguía en los primeros escalones, estático y sin saber qué hacer.
—Vamos, muchacho, no sea tonto y acérquese. Me va a hacer hablar alto y mi esposo va a creer que estoy loca en serio.
—¿Puede verme? —logré decir mientras me acercaba.
—Bueh… —dijo ella revoleando los ojos—. Tal parece uno pierde la inteligencia cuando pasa para el otro lado. Me imaginaba cualquier cosa, menos eso. ¡Y claro que puede verlo, hombre! ¿O usted cree que de verdad estoy loca y hablo sola?
—Es que pensé que éramos invisibles para ustedes —traté de defenderme.
—Y lo son, no se preocupe por eso, muchacho. Yo comencé a verlos hace ocho meses, cuando enfermé. Supongo que eso tendrá algo que ver. Lo digo por lo de la cercanía con la muerte y todo el blablabla. El médico me dio seis meses. —Hizo un silencio y luego repitió—: Seis meses. Ya llevo ocho, lo que significa que ese matasanos no sabía un carajo de nada.
—Ajá —dije yo.
—¿Esta es su casa? Muy linda, acogedora. Me gusta. ¿Le molestaría si nos quedáramos? Mi marido quiere que mis últimos momentos sean al aire libre, con el verde, los árboles y los pajaritos. Yo no le quiero cagar la ilusión, le soy sincera. Me da lástima verlo así. No sé qué va a ser de él cuando yo me vaya…
»Pero a mí el verde como que me repele, ¿vio? A mí deme el cemento de la ciudad y el sonido del tránsito. Llego a oír el piar de un pajarito y le juro que lo bajo de un hondazo. Lo que pasa es que me da cosa contradecirlo y lo dejo que haga.
—Ajá —volví a repetir.
—La primera vez que vi a uno de ustedes me cagué en las patas. Estábamos en la calle, paseando. Yo en esos momentos podía caminar; poco, pero podía. Y vi venir a un hombre que observaba la numeración de las casas. Pensé que buscaba una dirección. Pero al acercarnos noté que estaba pálido, casi blanco, y me detuve a preguntarle si estaba bien. Mi marido frunció el ceño y miró para todos lados. Yo seguía preguntándole al paisano éste, que me miraba con los ojos bien abiertos y más pálido que un cirio de semana santa, si necesitaba algo, si se sentía mal. “Vamos, Curru”, lo oía decir a mi marido mientras me tironeaba del brazo, “Vamos que hace frío”. “Pero el pobre hombre…”, dije yo. “¿Qué hombre?”, se detuvo en seco mi marido volviendo a mirar alrededor. “El hombre, Beto, el que está allí”. Señalé con el dedo por detrás de nosotros. El hombre estaba a no más de dos metros de distancia, pero Beto parecía no verlo…
»Después empecé a encontrármelos por todos lados. Ya empezaba a parecerme al nene de la película, ese que decía que veía gente muerta.
»La cuestión es que yo soy muy dada y empecé a hablar con ellos de la misma forma como hablo con usted, y mi marido empezó a creer que deliraba. Consultó con el boludo ese de los seis meses y éste le dijo que hablar incoherencias era parte de la enfermedad, que era uno de los tantos síntomas. Ahí fue cuando habló de la internación. Le juro, muchacho, que se me frunció el culo al escucharlo decir eso. ¿Yo internada y a merced de ese inconsciente? ¡Ni en pedo! Empecé a temblar y mi marido se avivó al toque. Le dio las gracias al medicucho y, desde ese momento, se le puso en la cabeza lo de llevarme a vivir mis últimos días en las afueras de la ciudad.
—Ajá.
—¿Teniendo un idioma tan rico en expresiones, muchacho, y a usted lo único que le sale decir continuamente es “Ajá”?
—Es que estoy sorprendido —dije—. No me esperaba esto.
—Esto puede llegar a ser interesante —dijo la mujer, sonriendo. La cara se le iluminaba al hacerlo—. Mi marido necesita ir seguido a la ciudad, cosas de negocios, y podríamos usar ese tiempo para conversar. La idea de él era ponerme una dama de compañía para que me cuide, pero yo sé cuidarme bastante bien sola. —Me miró fijamente—. Entonces, ¿qué le parece? ¿Le gustaría pasar algunos momentos conmigo? Así como hablo hasta por los codos, también soy muy buena escuchando.
Abrí la boca para decir que no, pero lo que salió fue:
—Sería un honor, bella dama.
Ella se rió teniendo la precaución de taparse la boca.
—No sea tan lisonjero con esta anciana, muchacho. Guarde los piropos para señoritas más jóvenes.
Luego estiró su mano y yo se la tomé entre las mías. La sentí cálida y deseé un abrazo. ¿Cuánto hace que no siento el calor humano de un abrazo? Mucho tiempo, lamentablemente.
—Me llamo María Dorrego —se presentó—, pero mis amigos me dicen Curru.
—Encantado, María. Yo soy Alan, Alan Santos.
El marido de María y la mujer de la inmobiliaria bajaron las escaleras. Ella le mostraba algo en la carpeta y él asentía seriamente. Al llegar junto a su esposa, volvió a arrodillarse frente a ella.
—Arriba no es la gran cosa —dijo él—. Tres habitaciones y un baño. Tenemos todo lo necesario para nosotros aquí abajo. Sólo necesito saber si te gusta la casa.
Ella le besó la frente, me echó una mirada fugaz, y respondió:
—Claro que sí, mi vida. Me encanta.