sábado, 31 de mayo de 2014

El Pasaje, de Justin Cronin

«En lo más profundo de la jungla, un científico, al frente de una expedición, descubre una sustancia milagrosa que tal vez permita aumentar la esperanza de vida de la humanidad y acabar con la mayoría de las enfermedades. Al menos, eso es lo que él cree. Se equivoca. Ningún ser humano sale vivo de la expedición. Los que sobreviven ya no son seres humanos.  

En unas instalaciones ultrasecretas del gobierno norteamericano sucede lo impensable: un fallo de seguridad permite que escapen unos monstruosos seres que habían sido objeto de un experimento militar escalofriante. En un período de tiempo increíblemente corto, desatan el caos y la destrucción a su paso.

No muy lejos de allí, Amy, una niña huérfana, de apenas seis años de edad, inicia un viaje lleno de peligros. Amy es una niña muy especial: eso lo saben los virales sedientos de sangre que la persiguen, y también lo saben los que han ordenado al agente del FBI Brad Wolgast que la localice a toda costa.

Pero Wolgast desobedece sus órdenes y, en cambio, decide proteger a Amy. Intuye que en ella está la clave para detener el horror que se ha apoderado del planeta. Mientras la Tierra tal cual la conocemos se acerca a una velocidad terrorífica a su propio fin, Amy y Wolgast inician su peculiar odisea, a través de un mundo transformado por los sueños más oscuros del hombre, esperando ese momento en que ella pueda poner fin a lo que nunca debió haber ocurrido.»

Justin Cronin nació en Nueva Inglaterra, USA, en 1962. Se graduó en la Universidad de Harvard y en la Iowa Writers' Workshop (Programa en Escritura Creativa) de la Universidad de Iowa. Actualmente es profesor de inglés en la Universidad Rice, y vive con su familia en Houston, Texas. Su primera novela, Mary and O’Neil, le valió los premios Hemingway Award y Stephen Crane. Más tarde escribió la elogiada The Summer Guest. Pero no fue hasta junio de 2010, con la publicación de El Pasaje, su tercera novela y primera entrega de una trilogía, cuando el autor se convirtió en uno de los más comentados del momento, debutando en el puesto número 3 de la lista de best-sellers del New York Times.

Justin Cronin
Y realmente da la impresión de que este autor hubiera salido a escena de la noche a la mañana. Todavía recuerdo cómo, hace unos dos o tres años, de repente todo el mundo hablaba de una novela de más de mil páginas titulada El Pasaje y de su autor, Justin Cronin, un escritor al que el propio Stephen King elogiaba y recomendaba cada vez que podía. «Lee este libro y el mundo cotidiano desaparecerá», así definió la novela el autor de Maine, y muchos amigos, como buenos seguidores del Maestro del Terror, no tardaron en adentrarse en sus páginas.

Desde entonces me pareció curioso que absolutamente todo el mundo hablara bien de la novela. Realmente sorprendía la forma en que la reputación de este libro lo precedía. Aun así, fue mucho lo que tardé en darle la oportunidad. Apenas este año, por allá a finales de enero, decidí lanzarme en pos de las 1.020 páginas que lo integran. Recuerdo haber pensado que esperaba terminarlo antes de que me resultara algún trabajo, pues por esos días estaba desempleado. Pues bien, me zambullí, y el libro me atrapó de una manera soberbia. En ese punto llegué a pensar varias veces que la historia no solo estaba a la altura de su reputación, sino que además la superaba.

La novela, que, como dice la sinopsis, nos presenta un escenario apocalíptico en que un virus salido de control arrasa con casi toda la humanidad a su paso, comienza con un capitulo de nada menos que 300 páginas que hace gala de una acción trepidante y un suspenso constante que logra que te pegues a sus páginas sin querer soltarlo. No hay duda de que es uno de los comienzos más contundentes que he leído en mi vida. Pensaba que si el libro seguía a ese ritmo, terminaría devorándomelo en una semana. Esas primeras 300 páginas que componen el primer capítulo se me fueron en dos días. Todo es muy cinematográfico, la historia te absorbe y el destino de los personajes, todos muy bien dibujados, te mantiene en vilo. Por alguna razón, este tipo de historias en que la humanidad pende de un hilo parece llamarnos especialmente la atención.

Pero entonces, pasadas las 350, sucede lo que todo aquél que leyó la novela ya conoce: de repente, entre un capítulo y otro, la novela da un salto gigantesco, tanto en tiempo como en argumento, y eso, sumado a que por esos días conseguí el trabajo que había estado esperando por mes y medio, hizo que el libro se me estancara y terminara tardando más de tres meses en finalizarlo. :/

No sé si yo sea una de pocas excepciones, pero de verdad me costó mucho engancharme otra vez. Los nuevos personajes y el nuevo escenario no me hechizaron como su predecesor, y fue mucho lo que tardé en sentirme identificado y en cogerles cariño a los protagonistas. Aun así, poco a poco lo seguí leyendo, y aunque lo hice de manera muy lenta, recién en la página 700 la historia alzó el vuelo nuevamente, le hizo honor a su comienzo y a lo que desde antes de leerlo prometía, y comencé a acelerar el ritmo.

Los virales, como denomina el autor a esas criaturas nacidas del fallido experimento, realmente provocan escalofrío. Me recordaron a las criaturas de la última adaptación cinematográfica de Soy Leyenda, la novela de Richard Matheson, aunque las de Cronin posean una inteligencia mucho más perturbadora.

Por otra parte, Amy, la verdadera protagonista de la historia, sin duda hechiza al lector. Todo en ella destila magia, y aunque por momentos parezca que pasa desapercibida, cada aparición suya genera interés y no pocas escenas memorables. Y cuando el listado grande de personajes comienza a depurarse poco a poco, a decir verdad quedan unos a los que les coges cariño, cada uno con sus características bien delineadas por al autor, y que terminan generando su propio interés.

Al final, como dije, la historia levanta vuelo, y la recta final te vuelve a pegar de las páginas en espera de saber cómo terminará todo, y regalándote muchos giros y sorpresas. El final me ha dejado un gran sabor de boca, y muchas expectativas acerca de lo que pueda acontecer en la ya publicada segunda novela: Los Doce.

«Cada tanto aparece una novela que ofrece una historia fascinante y entretenida con una prosa sencilla y ágil, fundamentada en una imaginación extraordinaria. Este año, los lectores de esas novelas podrán disfrutar de El Pasaje, de Justin Cronin. Si lees quince páginas, quedarás cautivado; si lees treinta, caerás prisionero y ya no podrás parar de leer hasta altas horas de la madrugada. Tiene la nitidez que sólo pueden lograr las obras épicas de la fantasía y la imaginación. ¿Qué más puedo decir? Lo siguiente: lee este libro y el mundo cotidiano desaparecerá.»

Las palabras de Stephen King llevan razón. Realmente se trata de una novela inmensa, magistralmente estructurada y que deja muchas puertas abiertas y muchas incógnitas para su continuación. Me deja, no obstante, ese pequeño sabor agridulce de haber tardado tanto, y de haberme estancado en su parte central. Me pregunto si un cambio menos abrupto podría haberla favorecido más, no obstante lo cual la recomiendo fervientemente a todo aquél que le guste este tipo de novelas… y a los que no. ;)


PD: Los derechos cinematográficos ya están en poder de Ridley Scott (Blade Runner; Alien, el octavo pasajero; Gladiador). Habrá que estar pendiente. 



sábado, 24 de mayo de 2014

RETROSPECTIVA


RETROSPECTIVA

Escrito por George Valencia y Pako Becerril


 


Viéndolo en retrospectiva, puedo afirmar sin temor a equivocarme que la muerte de Gonzo marcó, más que cualquier otra cosa, el final de nuestra infancia. Aunque desde luego nosotros no lo supimos en ese momento. Ni siquiera cuando fuimos a observar su cuerpo muerto en la sala de velación.
Parecía dormido. Enfermo y dormido.
No recuerdo claramente con quién fui, o si alguno más de mis amigos lo vio. Lo que sí recuerdo, además de la noche en que lo asesinaron, fue observar su rostro a través de la vidriera del ataúd con una mezcla de sentimientos atiborrándose en mi estómago. Eso, y estar al día siguiente sentado con Chepe en la acera ubicada frente a la puerta de mi casa, sin saber qué decirle, cómo expresarle mi pena por la muerte de su hermano, si es que realmente debía decirle algo. Me sentía muy incómodo, y creo que me sentí peor cuando me di cuenta de que eso era una despedida: Chepe y su familia se mudaban de casa. Después de lo sucedido, no era de extrañar. Perder a un hijo o a un hermano debe de ser algo muy doloroso, y hacerlo de esa manera, terriblemente desgarrador.
Yo no había tenido tal cercanía con la muerte. Mi abuela había fallecido años antes, pero yo solo era un pequeño de ocho años que no entendía muy bien qué sucedía. Ahora tenía trece, y era un poco más consciente de las cosas, o al menos comenzaba a serlo. Cuando tienes trece años crees que eres casi intocable, que nada malo te va a suceder. Las cosas malas le suceden a la gente todos los días, pero nunca a ti ni a ninguno de tus seres queridos. Y entonces sucede algo como lo de Gonzo, y toda tu perspectiva cambia en un abrir y cerrar de ojos.
Sí, cuando tienes trece años nada te pasa a ti, pero cuando tienes treinta y ocho cualquier cosa puede ocurrir.


De niño soñaba con una gran casa. Un auto último modelo, un magnífico empleo y una maravillosa familia.
Ahora tenía un departamento de cuarta y un viejo Mercury del noventa, y mi empleo, aunque gozara de un buen sueldo, no era realmente lo que habría podido esperar. Pero sí tenía una familia hermosa, y eso para mí era suficiente.
Al cumplir la mayoría de edad me enlisté en el cuerpo de policías. Supongo que una parte de mí, alojada en el fondo de mi subconsciente, pensaba que si elegía ese camino algún día tendría la oportunidad de hacer justicia. ¿Qué clase de justicia? No lo sabía. Gonzo había muerto por el simple hecho de estar con las personas equivocadas en el momento y lugar equivocados. Quien se había llevado su vida venía en busca de otra persona e, irónicamente, solo Gonzo, el más honesto y recto del grupo, había pagado caro. Los demás solo habían sufrido heridas leves provocadas por la fuerte detonación de la escopeta, que con solo un disparo había repartido esquirlas como un macabro abanico.
Años más tarde, al morir mis padres, decidí mudarme de ciudad y dejar atrás el lugar que me vio crecer, y con ello todos esos recuerdos de mi infancia. O al menos eso era lo que creía hasta el fin de semana pasado.


Todos los días, al terminar las clases y antes de ir a nuestras casas,  solíamos pasarnos por la tienda del viejo Samuel a jugar «Metegol». Era un viejo gruñón que le molestaba que hiciéramos desorden en su tienda. Odiaba el bullicio y no pocas veces nos amenazaba con echarnos a su viejo rottweiler si osábamos robarnos algo, pero su juego de «Metegol» era el único que funcionaba en veinte cuadras a la redonda, así que aguantábamos sus gritos con estoicismo.
Una tarde, poco antes de terminar el curso y unas seis semanas después de la muerte de Gonzo, una fuerte tormenta impidió nuestra sagrada cita con  el juego mecánico, y nos fuimos directo a nuestro hogar. Nada más el timbre de la escuela sonó, todos salimos corriendo en direcciones opuestas amparados por bolsas de plástico, periódicos o nuestras propias mochilas. Una vez hubo amainado el aguacero, decidimos acercarnos a la tienda a gastar las pocas monedas que habíamos podido birlar de la fuente del parque. Pero al llegar a la tienda una patrulla y una franja amarilla cubrían el lugar.
Había un cuerpo tendido cubierto por una manta. Era el viejo Samuel. Dijeron que había sido asesinado por un hombre al intentar evitar que lo robara. Nosotros realmente no comprendíamos la gravedad de la situación, pero más tarde comenzaron a correr rumores de que se había tratado de una retaliación por la muerte de Gonzo. A decir verdad, no lográbamos imaginar qué relación podía tener la muerte del hermano de mi mejor amigo con un tipo que no salía de su tienda y cuya idea de diversión era ir todos los sábados en la noche a ver peleas de gallos en la zona norte de la ciudad. Pero mi abuela solía decir que cuando el río suena, piedras lleva, y la idea de dos muertes en menos de dos meses se nos antojaba algo perturbadora.


No hay hombre más ciego que el que no quiere ver. Eso no lo decía mi abuela; lo aprendí con los años, y este fin de semana me di cuenta de su real significado.
Casualmente, el viernes recibí una carta del cuerpo de policías en que se me informaba, con la exagerada parquedad que los caracteriza, que había sido ascendido, y que parte de la labor que me esperaba guardaba relación con la ciudad que me vio crecer. Supongo que saber esto debería haberme traído a la mente multitud de recuerdos. Y viéndolo en retrospectiva, supongo también que, de haber sido así, una cosa habría llevado a la otra y una serie de relaciones entre lo que había sucedido hacía veinticinco años y lo que podría pasar si algunas cosas seguían como estaban, me habría puesto en guardia. Pero con el paso de los años había echado una losa de olvido sobre mi pasado, sobre mi infancia y los hechos que marcaron el fin de esta. Fui ciego, ahora me doy cuenta. Y lo más triste es que solo abrí los ojos cuando recibí la llamada el sábado en la noche.
Cuando ya era demasiado tarde.


A la edad de trece años crees que eres intocable, que las cosas malas le suceden a la gente todos los días, pero nunca a ti ni a ninguno de tus seres queridos. Cuando tienes treinta y ocho ha sido mucho más lo que has vivido, tienes una perspectiva adulta de las cosas y te andas con más cuidado. Pero de alguna manera esa premisa básica aplica también hasta cierto punto: las cosas malas le suceden a todo el mundo, pero a ti también te pueden tocar en cualquier instante. El problema radica en el enfoque de la probabilidad. De chico sencillamente no te lo crees; al crecer, lo crees pero te lo niegas descaradamente.


—Lo siento mucho, Fercho —dijo la voz de mi jefe al otro lado de la línea, y supe de inmediato lo que había pasado. La posibilidad que había estado negándome a mí mismo durante los últimos meses se había hecho una realidad, y junto con el dolor punzante llegó también la comprensión de que gran parte de la culpa recaía en mi ceguera.
Mi maldita ceguera.
—Juanca recibió varias heridas de bala, Fercho, pero solo una fue la causante de su muerte. Perforó su artería aorta. Murió casi en el acto. Los otros chicos están levemente heridos. Juanca se llevó la peor parte.  
Me sorprendió la forma en que me lo decía, como si me estuviera pasando informe de la muerte de cualquier otro cuando en realidad se trataba de mi hijo de dieciocho años. Una parte de mí pensó en David, mi pequeño de trece, y en mi esposa, dormida en el piso de arriba. Pero esa parte se hallaba aletargada, distante. Ahora solo tenía cabeza para Juan Carlos.
Por un momento pensé en sus amigos, una partida de vagos a los que Juan Carlos les guardaba un especial y extraño aprecio. Pensé en Walter, a quien había descubierto por casualidad con un expendedor de droga de la zona. Hasta pensé en el expendedor, en medio de la divagación de mi mente, a quien había visto en la morgue poco después, asesinado con una treintena de puñaladas.
Eran pensamientos inoportunos en un momento tan doloroso como ese, pero mi mente se hallaba adormecida, como si el tremendo golpe la hubiese dejado incapacitada.
—¿Fercho? —escuché que decía el capitán Pineda—. ¿Sigues ahí?
—Sí… Sí, señor… Yo… Voy para allá.
—Aunque cualquier palabra que diga en este momento resulte hueca y vacía, sepa que lo siento mucho, Fercho. De verdad.
—Lo sé —dije—. Gracias.
Y colgué.


Estaba claro. Tanto como el agua.
Y lo peor es que lo había sabido. Sospeché lo que podía pasar, y no hice nada. El colmo de la ironía viniendo de un policía.
Alguien había ido en busca de Walter. Si antes tenía dudas, el asesinato del expendedor de droga debería haberlas despejado. Todo se sucedía como un juego de fichas de dominó. Alguien iba en busca de un traficante de drogas, tal vez como parte de una guerra entre pandillas. De ahí había solo un paso hasta el distribuidor. Y luego Walter, un tipo prepotente y chocante a quien aborrecí desde un primer momento.
Solo que en lugar de Walter quien había caído era mi hijo.
Mi primogénito.
Tal como había sucedido veinticinco años antes con Gonzo, el hermano de mi mejor amigo. Muerto por el simple hecho de estar con las personas equivocadas en el momento y lugar equivocados.


¿Puede uno experimentar un déjà vu por cuenta ajena?
El lunes en la tarde, después del funeral, vino un amigo de David a ofrecerle sus condolencias. Me pareció curioso que no lo hiciera entrar, y que en lugar de eso se quedaran fuera en el camino de entrada. En realidad yo no lo vi llegar; me di cuenta casualmente al ver la puerta delantera abierta. Pensé que alguien se había olvidado, pero cuando fui a cerrarla reparé en la presencia de ambos en el exterior, y sin pensarlo siquiera me descubrí escuchando a hurtadillas la conversación.
Hablaban de temas intrascendentes, con tensos silencios entre un tema y otro, y de pronto me sentí transportado hasta una mañana de hacía veinticinco años, con Chepe y yo sentados en la acera, despidiéndonos en medio de unos intervalos de silencio similares.
Fue una sensación extraña, pero en cierta forma redondeaba todo lo que había experimentado en las últimas horas.
Y también me dio la pauta de lo que debía hacer a continuación.


Mañana domingo los de la mudanza vienen por las últimas cosas. Más que todo se trata de enseres viejos que hemos ido acumulando a lo largo de los años en una pequeña habitación del segundo piso.
Mi esposa estuvo de acuerdo desde un comienzo, y David, sorprendentemente, mostró un inesperado desapego hacia su colegio y sus amigos del barrio. Entre jueves y viernes empacamos todo, y hoy sábado estuvimos llevando todo a la nueva casa, a las afueras de la ciudad. Ahora que Juan Carlos no está, parece la decisión más sana, y todos, dentro de nuestro dolor latente, parecemos movernos en esa dirección con una especie de acuerdo silencioso.
Ausentarme un par de horas anoche no fue problema. Todos estábamos agotados, y David y Laura se acostaron temprano.
Encontré a Walter en un callejón de la parte alta del barrio consumiendo vicio. Estaba solo. El silenciador hizo el resto.
Siento que era lo más justo, y experimenté un inmenso descanso al hacerlo, pero sigo pensando que el verdadero culpable soy yo.

Viéndolo en retrospectiva, siento que mi vida describió un grotesco círculo. Solo espero que esta vez haya quedado cerrado.




viernes, 28 de febrero de 2014

La Torre Oscura I: El Pistolero, de Stephen King

«El hombre de negro huía a través del desierto y el pistolero iba en pos de él.» Estas palabras las escribió Stephen King en 1970, cinco años antes de la publicación de su primera novela, y con ellas abrió la puerta a un nuevo mundo que muchos lectores todavía no conocen bien. De esta forma se inició una fantasía épica en siete tomos, La Torre Oscura, que ya se ha convertido en un clásico del género. Stephen King tardó treinta y tres años en terminar el ciclo. Ahora, por primera vez en castellano, ofrecemos la versión revisada de este primer volumen, enriquecido con las ilustraciones de Michael Whelan para una edición limitada que publicó Donald M. Grant en 1982, junto con una nueva introducción y un prólogo del autor.

En un mundo extrañamente parecido al nuestro Roland Deschain de Gilead persigue a su enemigo, el hombre de negro. Roland, solitario, quizá maldito, anda sin descanso a través de un paisaje triste y abandonado. Conoce a Jake, un chico de Nueva York pero de otro tiempo, y ambos unen sus destinos. Ante ellos están las montañas. Y mucho más allá, la Torre Oscura…”

Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que leí esa primera línea con que comienza la saga.

Me hallaba entre dos estanterías de la Biblioteca Comfama de la ciudad de Medellín. Corría el año 2002 y, a esa altura, llevaba cuatro libros del Maestro del Terror en mi haber. Por ese entonces ya era un ratón de biblioteca y, más aún, ya era fan declarado de Stephen King y tenía pensando leerme todo lo que se me atravesara. Solía pasarme por dicha biblioteca en busca de nuevos ejemplares —la mayoría de su obra mantenía prestada, de modo que había que estar yendo con frecuencia—, y cuando vi el primer volumen de la saga no dudé en echarle mano y hacer lo primero que hace uno cuando va a prestar un libro: abrirlo y leer la primera línea y/o el primer párrafo.

Entonces leí lo siguiente:

“El hombre de negro huía a través del desierto, y el pistolero iba en pos de él”.

De inmediato esa frase encendió una luz en mi cerebro y como en un torbellino rondaron montones de posibilidades. ¿Qué desierto era ese? ¿Quién era el hombre de negro? ¿Qué clase de pistolero era el que iba en pos de esa búsqueda? ¿Por qué iba tras el oscuro sujeto?

Me llevé el libro a casa y, hechizado, lo leí en un par de días.

Descubrí que el pistolero era Roland Deschain, de la ciudad de Gilead, último de una antigua estirpe de pistoleros. El desierto era el desierto de Mohaine, a través del cual Roland llevaba persiguiendo al hombre de negro por un tiempo del que ni él mismo estaba seguro. El hombre de negro hacía parte del pasado del pistolero, y tenían una deuda que saldar. Pero ¿qué relación había realmente entre ambos?

Eso estaba por verse…

A primera vista todo lucía como una historia del Viejo Oeste, pero muy pronto descubrí algo de vital importancia para entender a ciencia cierta la saga: el mundo se había movido. Era un mundo directamente conectado con el nuestro, pero por alguna razón todo era un poco diferente. Había chozas y tabernas, diligencias y caballos, castillos y grandes señores —al menos hasta que Roland era aún un adolescente—, pero pinceladas de tecnología muerta aparecían aquí y allá, un tanto ominosas, sembrando la duda de en qué mundo se movía realmente el pistolero…

Había flashbacks, idas y vueltas, atisbos de la juventud de Roland y del comienzo de su búsqueda, había dudas que parecían no ser resueltas, pero en el lejano horizonte de la historia algo se levantaba sin ambages ni rodeos: la Torre Oscura, a la que Roland esperaba llegar algún día, aunque se le fuera la vida en ello…

En realidad ese primer volumen, titulado por aquél entonces La Hierba del Diablo, generaba más preguntas que respuestas, y en honor a la verdad no era el libro más entretenido de Stephen King que había leído, pero tenía una magia especial, un encanto que no sabría muy bien cómo describir. Dicen por ahí con respecto a la saga que “el primero intriga, y el segundo engancha”. Y es verdad. El primer volumen es tan solo un preámbulo de lo que viene después.

Por cosas del destino, con el pasar de los años terminé leyendo ese volumen en tres ocasiones, pero solo hasta ahora, después de casi nueve años de haberlo leído por última vez, he tenido la oportunidad de leer finalmente la versión revisada y ampliada, El Pistolero, que Stephen King publicó en 2003 como antesala de los últimos tres libros que cierran la serie.

Era una deuda pendiente, y confieso que tenía muchas expectativas. Lo único que sabía de los cambios era lo que había leído en los números 77 y 78 de la Revista Insomnia, en los cuales se hace un exhaustivo estudio de todo lo nuevo que trajera en su momento la nueva edición.

Pues bien, a pesar de ser ya la cuarta vez, debo decir que lo he disfrutado mucho. Más aún puesto que ha sido una nueva lectura conjunta con mi amada Sadie, quien ahora se inicia en la saga. :) He notado muchos de los cambios y la verdad es que, habiendo leído ya la saga un par de veces, puedo decir que ahora muchas cosas encajan mejor. Es, como dice el propio Stephen King, como si hubiera “enderezado los cuadros, pasado la aspiradora y fregado los retretes”, haciendo que todo luzca un poco más “organizado”, más coherente con los volúmenes posteriores. Sin embargo, puedo decir, contrario a lo que muchos piensan, que La Hierba del Diablo no está muy por debajo y que perfectamente se puede uno iniciar en la saga con la versión original.

Sea como fuere, esta saga tiene algo especial, y el lector que se adentre en sus páginas se verá atrapado, si no en el primer libro, con toda seguridad en el segundo. Nada más esa primera frase hace que uno quiera seguir leyendo y descubrir todo lo que se esconde tras el enigmático pistolero, tras la naturaleza de su búsqueda y lo que hay en esa ominosa Torre Oscura.

Esta edición revisada y ampliada cuenta con una nueva Introducción titulada “Sobre tener diecinueve (y algunas cosas más)”, en la cual Stephen King expone los motivos que lo llevaron a escribir una historia tan ambiciosa a tan temprana edad, y un Prólogo en el que enumera las razones que tuvo para retomar el primer libro y sacar a la luz una versión revisada del mismo. Como siempre, hasta estos textos son también amenos. Por el contrario, el Epílogo original ha desaparecido. Supongo que ahora, con la saga terminada, resulta innecesario.

Las ilustraciones, por cierto, sencillamente impresionantes. 




Largos días y placenteras noches…


;)


viernes, 31 de enero de 2014

LA NIEBLA




Aún después de tanto tiempo, Frank seguía sin acostumbrarse a esa niebla pardusca que lo cubría todo. Desde que recordaba, esa bruma se cernía sobre el mundo como una espesa mortaja, y Frank se preguntaba a veces si no sería esa la razón del malestar que lo acompañaba en todo momento como un visitante indeseado.
Siguió pedaleando, procurando apartar esos pensamientos de su mente embotada.
Últimamente le costaba pensar, era como si armar una idea medio coherente en su cabeza le provocara jaqueca, de modo que se limitaba a pedalear con la mente en blanco a un ritmo constante. Suponía que ese extraño síntoma desaparecería con el tiempo junto con ese vago malestar.
La niebla le permitía un rango muy escaso de visión, por lo que cuando vio a los tres caminantes que se acercaban, estos ya se hallaban a escasos siete metros de distancia.
Experimentó un déjà vu. Ya se había cruzado con aquellos tres individuos con anterioridad. O bueno, quizá no fuesen los mismos, pero estaba seguro de que eran tres.
Tres hombres.
Tres siluetas que aparecían de repente, como unas improvisadas parcas que llegaban en medio de la bruma a sellar su destino.
Fue extraño: también este pensamiento le produjo un nuevo déjà vu.
¿Acaso había pensado en las parcas antes?
De pronto, como si esa sola visión hubiese conjurado algo en su interior, sintió una leve punzada en el pecho. Se llevó la mano derecha al corazón mientras sostenía el manubrio con la izquierda, y antes de que pudiera darse cuenta tenía a aquellos tipos en sus propias narices. Frank se abalanzaba inexorablemente al del medio, cuyo rostro apenas pudo distinguir en aquella penumbra naranja.
Sintió que sus párpados se cerraban como por instinto, pero incluso antes de que esto pasara, siguió de largo a través de aquella silueta que ni siquiera pareció inmutarse.
La bicicleta se zarandeó peligrosamente, y Frank llevó de nuevo su mano derecha al manubrio con el fin de estabilizarla. Cuando lo hizo, sintió una humedad en su palma. No tuvo que soltar el manillar para ver la mancha de sangre que cubría sus dedos. Inclinó su rostro y vio la herida de bala que sangraba en su pecho a través de la chaqueta deportiva. La observó un instante con cierto desapegado interés, y después desvió su vista hacia la ruta y siguió pedaleando.
Dejó su mente en blanco, y observó la niebla.
Esa niebla existía desde que recordaba. Un manto ora naranja, ora pardusco, que nunca daba tregua.
Se preguntó si sería eso la causa de su malestar.
No pasó mucho tiempo antes de que viera a los caminantes.
Eran tres, y Frank experimentó un déjà vu.
¿Acaso los había visto antes? No estaba seguro, pero creía que sí. No sabía si eran los mismos, pero no había duda de que eran tres.
Como las parcas.
Mientras se acercaba a las siluetas, Frank decidió que odiaba los déjà vu, así que puso la mente en blanco. 
Era mejor no pensar. Pensar le daba dolor de cabeza. 



viernes, 24 de enero de 2014

Casa Capitular Dune, de Frank Herbert

“Las Honoradas Matres se enfrentan, con sus terribles poderes, a la secular Bene Gesserit. Las Reverendas Madres, ocultas y fortificadas en su planeta Casa Capitular, intentan revivir el viejo orden que les dio su antiguo poder en todo el universo. Un ghola de Miles Teg está siendo adiestrado para superar incluso a su poderoso antecesor. La unión de Duncan Idaho y Murbella, cautivos ambos en la no-nave, puede arrojar luz sobre el traumático fenómeno de la Dispersión…

Sexta entrega de la extraordinaria saga Dune, esta novela, considerada la cumbre de la ficción científica contemporánea, abre insólitas dimensiones…”

Más de un año había pasado desde que terminara el quinto libro, Herejes de Dune, y ya era hora de adentrarme de nuevo en las fascinantes páginas de la saga creada por el legendario Frank Herbert.

A decir verdad, tenía al menos una docena de opciones de lectura para continuar, pero —y esto seguramente le ha pasado a muchos— simplemente el libro comenzó a “llamarme”, a atraerme, y no pude evitar zambullirme en la historia de Dune una vez más. Por otra parte, luego de quince meses, ya era más que justo, sobre todo sabiendo que se acercaba un momento álgido en la serie.

Tal como sucediera en el volumen anterior, leí las reseñas de los cinco primeros libros publicadas por mi amigo Eloy Nogueira, del blog El Consultorio del Doctor, quien ya se ha leído todos los libros publicados en castellano, y rematé ojeando las últimas páginas del volumen anterior. De esa manera, luego de ponerme a tono, la verdad es que comencé la novela con muchas expectativas y no poco entusiasmo.

Y es que Casa Capitular Dune tiene la particularidad de haber sido la última novela de la serie publicada por Frank Herbert, quien falleció poco tiempo después víctima de una embolia pulmonar mientras se recuperaba de una cirugía para curar su cáncer de páncreas. En cierta forma, es como si el libro representara un clímax no solo en la historia en sí, sino también en la vida del autor.

La sexta entrega de la saga comienza justo donde termina el volumen anterior.

La sangrienta guerra entre la Bene Gesserit y las Honoradas Matres se recrudece. La Bene Gesserit va sufriendo las bajas de sucesivos planetas a manos de sus antagonistas, mientras en Casa Capitular, sede central de la Hermandad, la Madre Superiora Darwi Odrade traza un plan que le permita librarse de la amenaza y a la vez asegurar el futuro de la Orden.

A medida que prosigue el proyecto de convertir el planeta en un nuevo Dune que pueda albergar a los gusanos de arena y, por ende, propiciar la creación de la codiciada melange, la Hermandad consigue, mediante la tecnología de los tanques axlotl, crear un ghola —algo así como un clon— de Miles Teg, el genio militar que fuera de vital importancia en los hechos acaecidos en Herejes de Dune, con el fin de hacer uso de sus inigualables conocimientos militares y contar con una buena baza en la guerra contra las Honoradas Matres.

Mientras tanto, en la no-nave en que escaparon de Rakis, el ghola y ahora Mentat Duncan Idaho, la Honorada Matre Murbella, y el último Maestro Tleilaxu, Scytale, permanecen cautivos a la espera de que la Hermandad decida el papel que todos han de jugar en la batalla. Duncan va mejorando sus poderes Mentat, mientras Murbella va siendo adiestrada por la Hermandad, adhiriendo sus nuevos conocimientos a su preparación aprendida de sus anteriores hermanas.

A varios kilómetros de allí, Sheeana, la misteriosa joven que logró dominar a Shai-Hulud, el gigantesco gusano de arena, sigue de cerca la evolución del nuevo desierto, mientras espera ansiosa la aparición de los nuevos especímenes.

Como siempre, cualquier cosa que diga es poco para resumir las connotaciones que alberga esta historia, para dar una idea de la profundidad y magnitud de los hechos que allí suceden, para describir las sensaciones que deja su lectura. Herbert fue un maestro, con todas las letras. Un pensador que dejó plasmada toda su sabiduría en los tomos de la saga cumbre de la ciencia ficción. Aunque, en mi opinión, es mucho más que una historia de ciencia ficción. En Dune hay un estudio profundo del ser humano, de su evolución, de su desarrollo, es un tratado sobre política, religión, filosofía, y por si ello fuera poco Herbert crea desde cero todo un ecosistema nuevo y coherente que desde un comienzo nos deja estupefactos y maravillados. Cada párrafo hace gala de una maestría que si bien a veces se nos antoja un poco enrevesada, destila un virtuosismo que nos subyuga.

Todavía recuerdo cómo me atrapó el primer libro, y aunque siempre será mi favorito, este que recién termino está casi a su altura. Realmente es difícil de describir, pero en este momento me sugiere un gran tablero de ajedrez en el que Herbert va moviendo poco a poco sus fichas, a veces lentamente y sin mostrar su verdadero juego, para que al final, tras una serie de jaques supremamente sorpresivos, nos regale un desenlace que siempre nos deja con la boca abierta.

Siendo este el último libro que publicó de la serie, siento como si hubiera llegado a una esperada meta, pero la verdad es que el final de Casa Capitular Dune deja multitud de interrogantes que, afortunadamente, su hijo logró desenmarañar veinte años después en un par de libros (Cazadores de Dune y Gusanos de Arena de Dune) basados en los cientos de folios y notas que dejó su padre antes de su muerte, y en los que estaba construido todo el esquema de lo que sería el desenlace épico de la serie: Dune 7.




Me ha dicho un par de veces mi amigo Eloy Nogueira que lo mejor es leer las otras dos trilogías (Preludio a Dune y Leyendas de Dune) relacionadas con la saga central antes de acometer la lectura de Cazadores de Dune y Gusanos de Arena de Dune, pero la verdad es que en este momento me muero por proseguir con el séptimo libro y saber cómo sigue la historia. :D

En fin, ya veremos…


:)


domingo, 12 de enero de 2014

Theodore Boone: Joven Abogado, de John Grisham

“Theodore Boone es un chico de trece años con las ideas muy claras: va a ser abogado. Ya conoce todos los pormenores de la vida judicial de su pequeña ciudad, Strattenburg, y espera con ansia el día en que podrá subirse a un estrado. Pero ni en sus mejores sueños hubiera podido imaginar que se vería involucrado en el llamado juicio del siglo… ¡antes siguiera de acabar el instituto!

No hay suficientes pruebas para condenar al rico golfista Peter Duffy por el asesinato de su esposa; pero Theo cuenta con un testigo que puede cambiar el curso de los acontecimientos. Solo hay un problema: un inviolable pacto de silencio le impide llevarlo a los tribunales…”

Segundo de cinco hermanos, John Ray Grisham nació en Jonesboro, Arkansas (USA) el 8 de febrero de 1955. Su padre trabajaba como empleado de construcciones y cultivaba algodón. Después de varias mudanzas, la familia se estableció en 1967 en la pequeña ciudad de Southaven en Misisipi. Alentado por su madre, el joven Grisham era un ávido lector, especialmente influenciado por el trabajo de John Steinbeck, cuya escritura clara admiraba. En 1977, Grisham obtuvo un bachillerato en contabilidad en la Universidad Estatal de Misisipi. Mientras estudiaba allí, el autor llevó un diario, una práctica que más tarde lo ayudaría en su trabajo creativo.

Tras obtener su título de Doctor en Derecho de la Escuela de Derecho de la Universidad de Misisipi en 1981, se dedicó al Derecho general alrededor de una década en Southaven, donde se cansó del Derecho penal y cambió al Derecho civil. En 1983, fue elegido para la Cámara de Representantes de Misisipi, sirviendo hasta 1990.

John Grisham
En 1984 en la corte de Hernando, Misisipi, Grisham presenció el terrible testimonio de una víctima de violación de sólo doce años. En su tiempo libre y como afición, Grisham empezó a trabajar en su primera novela, en la que exploraba qué hubiese sucedido si el padre de la víctima hubiese asesinado a sus agresores. Ocupó tres años en la escritura de Tiempo de matar terminándolo en 1987. Inicialmente rechazado por varias editoriales, fue comprado por Wynwood Press, que realizó una modesta impresión de 5.000 ejemplares y lo publicó en junio de 1988.

Al día siguiente de terminar Tiempo de matar, empezó a trabajar en otra novela, la historia de un joven abogado atraído a un aparentemente perfecto bufete que no era lo que parecía. Esa segunda novela, La tapadera, se convirtió en el libro más vendido de 1991. A partir de allí, Grisham continuó produciendo al menos un libro por año, muchos de los cuales fueron bestsellers. Hoy en día es el novelista norteamericano más vendido de la historia, con unos 250 millones de ejemplares vendidos.

El primer libro que leí de John Grisham fue El Testamento, por allá a comienzos de 2001, un thriller judicial con toques de aventura que me atrapó desde la primera página. En esa época todavía tenía la costumbre de explorar las estanterías de las bibliotecas en busca de algo que me llamara la atención. Sucede que con el tiempo uno ya conoce cierta cantidad de autores y tiene más o menos claro qué es lo que quiere leer, o bien va escuchando sugerencias o absorbiendo comentarios sobre autores u obras. En ese entonces simplemente iba a la biblioteca y exploraba la estantería. Así fue como descubrí a Grisham.

Esa primera novela me encantó, y con el tiempo se convirtió en uno de mis autores preferidos, leyéndome en un periodo de tres años siete de sus novelas: El testamento, El socio, El jurado, La hermandad, Causa justa, Legítima defensa y La granja, solo el último de los cuales no tenía a un abogado como protagonista —que también fue el único que no me gustó en demasía—. Todos sus thrillers me atraparon y me tuvieron pegado a sus páginas. Recuerdo especialmente El Socio como uno de los que más me gustó.

Sin embargo, por esas cosas de la vida, dejé de leer sus novelas y me enfrasqué en otros temas, y siempre que alguien lo mencionaba lo recordaba con agrado y me decía a mí mismo que debía volver a leer algo de él.

Pues bien, se llegó el día y hoy me sorprendo al descubrir que hacía exactamente diez años desde la última novela que leí del gran John Grisham. Y el regreso a sus letras ha resultado algo realmente grato y a la vez diferente. Se trata de Theodore Boone: Joven Abogado, la primera incursión del autor en la narrativa juvenil. :)

Hace poco gané un concurso del Círculo de Lectores donde me hice acreedor a una suma de dinero en libros. Al ver lo que tenía para escoger, no dudé en hacerme con este libro, y ha sido muy, pero muy grato volver a leer algo de este autor que siempre me gustó tanto.

Como dice la sinopsis, Theo Boone es un chico que quiere ser abogado. Sus padres lo son, su tío también, y en lugar de pasar las tardes jugando al béisbol o compartiendo con sus amigos, Theo disfruta enormemente visitar los tribunales, siguiendo de cerca los casos que más le llaman la atención, observando a los ajetreados personajes trajeados que deambulan de aquí para allá, aprendiendo de todo un poco y granjeándose no pocas amistades. A su edad es todo un experto en el tema y sus compañeros del colegio no dudan en acudir a él cuando tienen algún problema (por ejemplo, un chico le consulta qué hacer para que a sus padres, actualmente sin trabajo, no les embarguen la casa; otro acude a él porque su hermano fue arrestado por posesión de drogas y no sabe qué hacer para que no termine en la cárcel). Realmente es muy entretenido ver cómo Theo va por todas partes, montado en su bicicleta, ayudando a sus compañeros o investigando por su cuenta casos de actualidad.

El argumento central comienza a desarrollarse cuando un hombre es acusado del asesinato de su esposa, lo que lleva a lo que en el pequeño pueblo de Strattenburg es denominado “el juicio del siglo”. Theo, desde luego, no quiere perderse el más mínimo detalle, siguiendo día a día los pormenores, e incluso ayudando a su profesor de Gobierno a conseguir puestos de preferencia en una de las jornadas para presenciar el juicio.

Debido a su fama de chico abogado, termina enterándose de algo que podría ser crucial en el veredicto final del jurado, pero una promesa irrompible le impide revelar la identidad del testigo…

La novela, de apenas 230 páginas, se lee rápido. Es muy amena, interesante, y las andanzas del “joven abogado” son realmente muy entretenidas. Aunque esperaba algo diferente del final, me ha gustado mucho, y me ha gustado aún más leer de nuevo algo de Grisham. Esa mezcla de literatura juvenil con thriller judicial es verdaderamente genial. :)

Mientras investigaba un poco para la realización de esta reseña, descubrí con sorpresa que las aventuras de Theo Boone se han convertido en una serie de novelas que al día de hoy totalizan cuatro publicaciones:

Theodore Boone: Joven abogado (2010)
Theodore Boone: El secuestro (2011)
Theodore Boone: El acusado (2012)
Theodore Boone: El activista (2013)

La serie cuenta incluso con su propia página web: www.theodoreboone.com. La verdad es que me apuntaría sin dudarlo a leer los otros libros de la serie.

En suma, una novela muy recomendable de un autor que nadie puede dejar de leer.

;)



lunes, 6 de enero de 2014

Doctor Sueño, de Stephen King

“Stephen King vuelve al mundo de El Resplandor, una de sus novelas más queridas y emblemáticas.

Ahora Danny Torrance, aquel niño aterrorizado del Hotel Overlook, es un adulto alcohólico atormentado por los fantasmas de su infancia. Un día se siente atraído por una ciudad de New Hampshire, donde encontrará trabajo en una residencia de ancianos y donde se apuntará a las reuniones de Alcohólicos Anónimos. En ese lugar le llega la visión de Abra Stone, una niña que necesita su ayuda. La persigue una tribu de seres paranormales que vive del resplandor de los niños especiales. Parecen personas mayores y totalmente normales que viajan por el país en sus autocaravanas, pero su misión es capturar, torturar y consumir a estos niños. Se alimentan de ellos para vivir y el resplandor de Abra tiene tanta fuerza que les podría mantener vivos durante mucho tiempo.

Danny sabe que sin su ayuda Abra nunca conseguiría escaparse de ellos; juntos emprenderán una lucha épica, una batalla sangrienta entre el Bien y el Mal, para intentar salvarla a ella y a los demás niños que sacrifican.”

Hace mes y medio, como contara en esta otra entrada, mi novia me regaló la última novela del Maestro del Terror, un presente muy especial del que aún le estoy agradecido y que venía aderezado además con el hecho de ser el ítem con que nuevamente completo mi colección en castellano del autor de Maine. :)

Hace una semana lo comencé y, puesto que ahora me encuentro sin trabajo, pude leerlo tan rápido como me gusta, a razón de unas cien páginas por día, devorando la historia con avidez. Anoche lo terminé, y la primera sensación es un gran “sabor de boca” por haber leído una historia llena de tensión, acción, terror, fantasmas y no pocos conocidos personajes de la obra de King. Y es que esta, su última novela, lleva el peso de ser nada menos que la secuela de uno de los grandes clásicos del escritor: El Resplandor.

Principalmente recordada, para bien o para mal, por la adaptación cinematográfica de Stanley Kubrick, El Resplandor cuenta la historia de Danny Torrance, un niño con un insólito talento, una especie de sexto sentido, cuyo padre (interpretado en la película por el inolvidable Jack Nicholson) los lleva a él y a su madre a pasar una temporada en el Hotel Overlook, donde hará las veces de cuidador del hotel en el momento en que el invierno se cierne sobre la región y las puertas se cierran al público. Al comienzo todo transcurre con normalidad, pero Jack Torrance, en cierto modo vulnerable por el consumo de alcohol y en medio del profundo aislamiento, será presa de los fantasmas que habitan el inmenso hotel (que el pequeño Danny, gracias a su resplandor, percibe desde un comienzo), y no pasará mucho tiempo para que se convierta en un peligro para su propia familia.

La película de Kubrick pasó a la historia y ahora es un clásico del cine de terror, en gran parte gracias a la actuación formidable de Nicholson, y hoy en día los personajes, los escenarios y muchos momentos del film son íconos indelebles del género. Pero, la verdad sea dicha, como adaptación de la novela es un completo desastre.

Stanley hizo lo que le dio la gana con la historia, dándole otro trasfondo y tergiversando el mensaje que King quiso expresar. Este último nunca estuvo a gusto con lo que hizo el aclamado director, y aún hoy no duda en decirlo a los cuatro vientos. En 1997 se estrenó una miniserie dirigida por Mick Garris y con guión del propio Stephen King, que tenía como plus haber sido filmada en el Hotel Stanley, el mismo en que se basó el autor para escribir su obra. Yo no he tenido el placer de verla, pero dicen los que la han visto que, irónicamente, sucede todo lo contrario que con la película: es decir, en este caso la adaptación es sumamente fiel (King, como dije, escribió el guión), pero es una miniserie lenta y aburrida. Habrá que verla, por supuesto, para valorarla nosotros mismos.

La única conclusión determinante, a fin de cuentas, es que si quieres conocer la historia original antes de adentrarte en las páginas de Doctor Sueño, más vale olvidarte de las adaptaciones y leer la novela. Allí está la verdadera historia.

Partiendo de eso, y aunque leí El Resplandor hace unos diez años (y, sinceramente, nunca ha sido de mis favoritos), Doctor Sueño me ha parecido una digna continuación.

La novela inicia retomando algo de los hechos que sucedieron al final del primer libro, y nos muestra a un Danny de unos ocho o diez años que se encuentra siendo visitado de nuevo por algunos de los seres que los aterrorizaron años atrás. En esos primeros capítulos entrará en escena un conocido y entrañable personaje que, junto con Danny, nos regala unas escenas que personalmente me gustaron mucho. No quiero entrar en detalles sobre ese punto para no estropearle a nadie la sorpresa.

Más adelante vemos a un Dan Torrance ya adulto que, muy a su pesar, ha caído en el mismo vicio que llevó a la perdición a su padre: el alcohol. Trabaja en empleos de poca monta que no le duran mucho y va de aquí para allá ahogando sus carencias en licor. Luego de tocar fondo decide ir al norte en busca de nuevos aires, y es allí, en un pequeño pueblo de New Hampshire, donde conocerá nuevas personas que le ayudarán con su adicción y que además le proporcionarán un empleo para rehacer su vida.

Es en este punto donde entra en acción la otra protagonista del libro, Abra Stone, una niña con un poder similar al de Dan pero muchísimo más inmenso. No pasará mucho tiempo para que sus facultades atraigan la atención de unos seres que se hacen llamar a sí mismos “El Nudo Verdadero”, criaturas centenarias que viven del resplandor de las personas y que están dispuestas a hacer lo que sea para conseguir su sustento. Con la apariencia de personas comunes y corrientes, viajan de aquí para allá a través del país en sus autocaravanas, asesinando niños y robándose su vapor, como ellos lo denominan. El poder que posee Abra podría no solo alimentarlos por mucho tiempo sino significar la diferencia entre la vida y la muerte.

Además de tocar el tema de la adicción al alcohol, que marcó al propio King y a quien esta novela seguramente le ha servido para expresar una serie de cosas que quería decir al respecto, Doctor Sueño, en mi opinión, retoma el tipo de novelas por las que más se dio a conocer: personajes con extraños talentos que inevitablemente son arrastrados a enfrentarse a sus antagonistas en una carrera de hechos que llevará a una confrontación final, marca registrada del escritor de Maine. Se me ocurren en este momento novelas como Carrie, Ojos de Fuego, La Zona Muerta, Apocalipsis, Insomnia, Corazones en la Atlántida, Cazador de Sueños, que, muy a grandes rasgos, conservan una línea similar. En ese aspecto, Doctor Sueño me ha gustado mucho, y me he sentido leyendo un King “de los viejos tiempos”, puesto que, en mi opinión, sus últimos libros (Todo Oscuro, Sin Estrellas, La Cúpula, Blockade Billy, 22/11/63, El Viento por la Cerradura, Joyland) transcurren por derroteros muy diferentes.

Aparte de eso, King cada día escribe mejor. En sus últimas obras se nota una madurez que no se debe necesariamente a su edad, sino al hecho de llevar a cuestas una gran carrera como novelista (con sus respectivos altibajos, claro), y en la que demuestra novela tras novela que puede seguir mejorando y que lo está haciendo, y que aún tiene mucho para ofrecer, por lo que sus seguidores, desde luego, decimos gracias, sai. ;)

Algunos han criticado la novela diciendo que llega demasiado lejos con el tema de lo sobrenatural, incluso siendo algo de King, pero aunque el tramo final me ha parecido un pelín enrevesado y rápido, en general he disfrutado como un enano con la lectura y ha sido genial ver de nuevo a personajes que conocimos mucho tiempo atrás. La historia es muy amena, se lee muy rápido y nunca decae. Hubiera querido saber un poco más de la historia del Nudo Verdadero y de los años siguientes en la vida de Danny y Wendy Torrance tras los hechos de El Resplandor, pero en suma he quedado muy satisfecho. :)

¿Es necesario leer El Resplandor para poder leer Doctor Sueño? Diría que no, pero es posible que esta última novela te estropee algunos hechos importantes de la primera.


Los dejo con algunas ilustraciones geniales pertenecientes a ediciones limitadas publicadas por la editorial Cemetery Dance:




















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